Cuando escribí en 2006 “Escritores de cine. Relaciones de amor y odio entre doce autores y el celuloide” (Espasa), cuatro de los
Cuando escribí en 2006 “Escritores de cine. Relaciones de amor y odio entre doce autores y el celuloide” (Espasa), cuatro de los personajes de los que describía su relación con el mundo del cine vivían todavía. Hoy sólo quedan dos, Paul Auster y David Mamet. Murió Michael Crichton, y ayer nos dejaba el gran Ray Bradbury.
Titulé las páginas que dediqué a Bradbury “El hombre ilustrado”, tomado de una de sus obras que reunía una serie de relatos apasionantes unificados con la excusa de las mágicas viñetas tatuadas en un personaje de feria, el hombre ilustrado, que cobraban vida y contaban cada una una historia. Se trata de un juego de palabras, porque Ray Bradbury no era para nada el clásico hombre tan pegado a la ciencia y a la tecnología que ignorara las grandes cuestiones del ser humano, las preguntas del para qué estamos aquí. Además, lo sabemos bien, amaba los libros, depósitos del conocimiento humano, que más de uno y más de dos poderosos, querrían que ardieran como en “Fahrenheit 451”, para mantener a los hombres esclavizados por su ignorancia y cortedad de miras.
A Bradbury le encanta el cine, y aseguraba que forzó a sus amigos siendo joven a ver Ciudadano Kane ocho o nueve veces: “la considero una de las cinco mejores películas de toda la historia del cine”. Sin embargo, no se prodigó en el celuloide, aunque pienso que su relación con John Huston para escribirle el libreto de Moby Dick daría para una buena película, y en cualquier caso dio para un buen libro de Bradbury, “Sombras verdes, ballena blanca”.
A la hora de hablar de Dios, decía “creo en Dios y en Darwin al mismo tiempo. Es lo mismo. Todo es misterio.” Algo buscaba sin embargo Bradbury que escribió la parte del narrador en La historia más grande jamás contada y firmó un cuento precioso en “El hombre ilustrado”, sobre el viajero espacial que viajaba de planeta en planeta, y nunca lograba llegar en el momento justo en que Jesús había predicado en ese lugar, quería la vivencia directa, no le bastaba el relato de los testigos.
Muchos admiradores han mostrado su pena por la muerte de Bradbury. Leo que así lo ha hecho el presidente Obama. Pero también Steven Spielberg que dice que “fue mi musa para la mayor parte de mi carrera de ciencia ficción”. Otro escritor, Stephen King, comenta parafraseando uno de sus relatos que “el sonido que oigo hoy es el trueno de los pasos de un gigante desvaneciéndose”. El director Cameron Crowe cita simplemente a Bradbury y dice “No hables de ello... Escríbelo”. Mientras que Brad Bird dice “espero verte en el futuro”. Quien no ha dicho ni mu ha sido cierto director que le robó el título de su obra más conocida para titular un demagógico documental, algo que molestó bastante a Bradbury. Me refiero, claro está, al director en declive Michael Moore y su Fahrenheit 9/11, una Palma de Oro que vista hoy produce sonrojo.
