"Del guión a la pantalla. Lenguaje visual para guionistas y directores de cine" (Antonio Sánchez-Escalonilla, Ariel, Ciencias Sociales, 276 págs)
Escritura visual. Ésta es la atractiva y paradójica expresión que usa el profesor Antonio Sánchez-Escalonilla para recordar que el guión de una película ha de ser evocador de imágenes, hasta el punto de que en caso contrario será un rotundo fracaso, nunca debería confundirse ese tipo de escritura con la de un texto teatral o novelesco, incluso conviene trabajar con la humildad de la renuncia a las pretensiones artísticas.
Con los pies en el suelo, el autor advierte del error del principiante capaz de llenar su libreto de indicaciones técnicas, travellings, panorámicas y movimientos de grúas, que corresponden más al director y a su equipo artístico, de modo principalísimo el director de fotografía y el diseñador de producción, que lo plasmarán en el guión de rodaje o técnico. El guión literario, ese texto con el que empieza todo, es otra cosa, y advierte Escalonilla, conviene tener las cosas claras desde el principio.
Para los que hayan degustado sus obras anteriores, “Estrategias de guión cinematográfico” y “Fantasía de aventuras”, la que nos ocupa es el complemento ideal, porque no es más de lo mismo, pues en vez de centrar el tiro en la estructura o en la creación de personajes, el acento se pone en ayudar a crear un texto que al ser leído esté pidiendo a gritos el ser trasladado a la pantalla.
Las páginas que constituyen el guión son el inicio de algo, nunca el fin, la “película soñada”, según la expresión citada de Jean-Claude Carrière y Pascal Bonitzer, o “escritura de transición”, en palabras de Pier Paolo Pasolini. Y la idea es dar al aspirante a guionista recursos para lograr captar la atención de los otros creadores de este arte compartido en que consiste el cine. Además, bien visto por el autor, el libro puede inspirar a los directores, que quizá no se dan cuenta de que un buen guionista les está dando ya imágenes y acciones para la futura película, no sólo texto o diálogos.
De este modo, Escalonilla, con múltiples ejemplos muy ilustrativos, desarrolla el modo en que se pueden trabajar siete componentes visuales básicos de la imagen fílmica: espacio, línea, forma, tono, color, movimiento y ritmo. Y recuerda que cada uno debe tratarse desde la dinámica de los conflictos, propia de toda estructura narrativa de guión. Poco sentido tiene sugerir que un personaje luzca un sombrero de determinado color, si eso no crea conflicto con su modo de pensar o con determinada acción, por ejemplo.
Se puede pretender crear tensión con un plano secuencia sobre el inminente estallido de una bomba (Sed de mal, de Orson Welles), o con un plano fijo de un personaje situado a contraluz que llega a casa (Centauros del desierto, de John Ford). El ejemplo del personaje de Dwayne (Paul Dano) descubriendo su daltonismo, que dará al traste con su sueño de ser piloto en Pequeña Miss Sunshine, es sólo un botón de muestra del modo exhaustivo con que el autor sabe poner en valor el trabajo del guionista Michael Arndt, que luego facilita el trabajo de los directores, el matrimonio compuesto por Jonathan Dayton y Valerie Faris.
