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"Cómo ser Bill Murray", de Gavin Edwards

Cómo ser Bill Murray (Gavin Edwards, Blackie Books, 309 págs)

Bill Murray es un actor divertido. Yo aún diría más: Bill Murray es un actor muy divertido. Además, como se encarga de recordar este libro de Gavin Edwards, Bill Murray es también un ser humano inclasificable y digno de estudio, aunque tal vez más de uno podría replicarme, “¿hay algún ser humano clasificable?”, y en fin, aunque todos tendemos a poner etiquetas al prójimo, el interrogante sería muy oportuno, y la respuesta probablemente tendría que ser “no”.

Preámbulos pintorescos aparte, hay que reconocer que Bill Murray cultiva un tipo de humor que huye de aspavientos o trucos facilones de comicastro, su rostro muchas veces imperturbable y esa “boca pequeña” con la que es capaz de decir cualquier cosa, y que hacen pensar en un Buster Keaton, rompen el saque con frecuencia a sus compañeros de reparto cinematográfico, y también, cómo no, al espectador.

Pues bien, el libro de Edwards no responde al esquema de la biofilmografía al uso, pues nos expone la filosofía vital del artista, que desde luego no es nada convencional, hasta el punto de que ha alimentado las leyendas urbanas de Hollywood más insospechadas. En las páginas de “Cómo ser Bill Murray” se recogen cientos de anécdotas graciosas en torno al actor y su “tao”, que invitan a la alegría y el buen humor, a poner buena cara al mal tiempo, a no dejarse dominar por la rutina y el abatimiento. Al parecer es proverbial que Murray sorprenda a la gente en la calle, haciendo alguna travesura, como arramblar con una patata frita del plato de un comensal de un restaurante, y cuando la “víctima” le reconoce, el otro sonríe levemente y le espeta un “nadie te va a creer”, tan surrealista es el hecho del que acaba de ser testigo.

Cualquiera que aprecie el humor de este comediante curtido en el programa televisivo “Saturday Night Live”, y protagonista de películas legendarias como El pelotón chiflado, Los cazafantasmas, Atrapado en el tiempo, Lost in Translation, St. Vincent y, últimamente, On the Rocks, disfrutará con un libro que sabe combinar el perfil biográfico de Murray con sus singulares principios para sacar a la vida su mejor jugo, acerca de las oportunidades y las sorpresas, las fiestas que uno organiza o a las que se autoinvita, la generosidad y la perseverancia, o la capacidad da aportar algo al mundo, “mientras siga dando vueltas”. Además, se hace un atinado repaso a su filmografía, hasta 2016.

Confieso haber caído subyugado ante la simpatía de Murray, y quizá también por coincidir con él en el hecho de ser el quinto hermano de una familia numerosa, y en la formación católica, me he reído a gusto cuando menciona a su hermana monja Nancy y la visita a su convento donde no faltó la broma. De la forma de conducirse el actor llama la atención el hecho de que no tiene un agente o representante, por lo visto tiene un teléfono con un contestador, donde los que no le conocen pueden intentar hacerle propuestas profesionales, y tal vez tener éxito, como le ocurrió a Theodore Melfi, cuando le propuso hacer St. Vincent, aunque tuvo que armarse de paciencia y aguardar respuesta en su móvil, y luego encajar agendas de un modo surrealista. El libro da cuenta de la relación de Murray con Ivan Reitman, Harold Ramis o Sofia Coppola, y de cómo alguna vez, por las "rarezas" murrayanas. se han enfriado las relaciones, para finalmente ser recuperadas, el caso del fallecido Ramis. También se alude a los dos matrimonios por los que ha pasado, y a lo unido que se siente con sus seis hijos.

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