“Lovecraft en el cine. Monstruos, mitos y dioses arcanos” (Alfonso Bueno López, Diábolo Ediciones, 288 págs)
Hay algo casi inevitable en que Alfonso Bueno López haya terminado escribiendo “Lovecraft en el cine”, pues ejerce como guionista en la revista “Cthulhu”. Como autor de libros de cine, no es un recién llegado ni un aficionado entusiasta sin red: su trayectoria incluye volúmenes sobre el musical (“Más allá del arco iris. Clásicos perdidos y nuevas joyas del cine musical”), el western (“¡Desenfunda, forastero!”), el cine pugilístico (“Sangre, sudor y puños”), los dramas judiciales (“Visto para sentencia”) o los relatos en espacios cerrados (“Dejadme salir de aquí”). Esa amplitud prueba una mirada transversal y bien entrenada: pasión cinéfila, conocimiento sólido de la historia del cine y una capacidad notable para documentarse y analizar con criterio. El libro arranca con un prólogo firmado por José Luis Alemán, cineasta responsable de “La herencia Valdemar” y figura clave del fantástico español gracias a su vinculación con el Festival Nocturna.
El autor avisa de que la literatura lovecraftiana es especial, incluso esquiva, poco dada a adaptaciones literales y mucho más fértil cuando se filtra como influencia. Esa idea vertebra uno de los mayores aciertos del volumen: no limitarse a catalogar adaptaciones, sino rastrear la huella lovecraftiana antes incluso de H.P. Lovecraft en el cine. Así aparecen títulos como El enigma de otro mundo, La noche del demonio de Jacques Tourneur o El experimento Quatermass, donde ya late ese terror cósmico, esa insignificancia humana frente a lo desconocido que luego asociamos al escritor de Providence.
El recorrido histórico está bien articulado y ofrece momentos especialmente jugosos. Los años 60, por ejemplo, se abren con Psicosis, adaptación de Robert Bloch, discípulo de H.P. Lovecraft, y continúan con la figura de Roger Corman, responsable de la primera adaptación de este autor de relevancia, El palacio de los espíritus. Los 70 amplían el campo con títulos tan dispares como Alien, el octavo pasajero o Stalker, demostrando que lo lovecraftiano no depende de tentáculos, sino de atmósferas y conceptos. Especialmente brillante resulta el capítulo dedicado a John Carpenter. Aquí el libro alcanza una de sus cumbres analíticas al desmenuzar cómo La cosa, La niebla, El príncipe de las tinieblas o, sobre todo, En la boca del miedo capturan la esencia del horror cósmico sin necesidad de adaptar directamente ningún relato. También tiene interés el apartado dedicado a Stuart Gordon y Brian Yuzna, responsables de Re-Animator y Re-Sonator, donde el exceso y la serie B se convierten en inesperados aliados de H.P. Lovecraft. El libro también se abre a finales del siglo XX y al XXI con inteligencia, conectando a Stephen King con La niebla de Frank Darabont. Incluso hay espacio para fenómenos populares como Los Simpson, South Park o Scooby-Doo: Misterios S.A., prueba de que el tentáculo lovecraftiano llega a todas partes.
Entre los capítulos, uno de los más sugestivos es “Lovecraft espectador”, donde se explora la relación del propio autor con el cine. Resulta revelador comprobar que, pese a sus recelos hacia el terror cinematográfico —incluidos Drácula o Frankenstein—, sí encontró interés en El hombre invisible. Ese contraste ayuda a entender por qué su obra ha sido tan difícil de trasladar a la pantalla: no encaja del todo en los códigos clásicos del género. El cierre, “Mirando al futuro”, describe proyectos soñados como la adaptación de “La llamada de Cthulhu” por parte de James Wan o el eterno anhelo de Guillermo del Toro con “En las montañas de la locura”.
“Lovecraft en el cine” es, en definitiva, un ensayo sólido, muy bien documentado y, sobre todo, inteligente en su enfoque. No cae en la trampa de buscar fidelidades imposibles, sino que entiende que el verdadero legado de H.P. Lovecraft está en lo que sugiere, no en lo que enseña. Y ahí, Alfonso Bueno demuestra que sabe mirar donde otros no ven nada.
