Neil Armstrong pisó la Luna, y Ryan Gosling pisa, por primera vez, salvo error del cronista, San Sebastián. Y las fans han respondido, lalalá, más allá de que les guste o no, “El primer hombre”, el relato heroico de la llegada del hombre a la Luna en su 50 aniversario.
No, El primer hombre no compite por la Concha de Oro, lástima, simplemente forma parte de la sección de Perlas de otros festivales, y es que en efecto, el film inauguró de modo brillante el reciente Festival de Venecia, y han venido a presentarla Ryan Gosling y Claire Foy, nada menos. Y es que uno ha de mencionar esta película, o la maravillosa Cold War, otra Perla que ha venido a defender su director y guionista, Pawel Pawlikowski, para consolarse ante la jornada negra de películas de sección oficial, dos películas de género difícilmente soportables, aun con la mejor voluntad del mundo.
Folletín fallido
En 2010, la adaptación de un obra de Camilo Castelo Branco dio pie a Misterios de Lisboa, que valió al chileno Raoul Ruiz la Concha de Plata al mejor director en San Sebastián. El premio era justo, pues lograba dotar a una historia decimonónica de particular encanto, la acercaba a la sensibilidad actual sin renunciar a sus señas de identidad. Ahora es la viuda de Ruiz Valeria Sarmiento quien intenta de nuevo la misma empresa con otra folletinesca novela de Castelo Branco, pero los resultados alcanzados con El cuaderno negro son decididamente inferiores.
No es fácil señalar el porqué, quizá es simplemente cuestión de talento y capacidades. Aquí la narración fluye artificiosamente, los elementos melodramáticos se detectan casi de inmediato, y chirrían, con cambios continuos de escenario y de temperamento de los personajes. El envenenamiento de un conde a manos de un cardenal, al más puro estilo de los Borgia, sigue la adopción de Sebastián, un niño que tutelaba el conde por un marqués, sin que se sepa de quién era hijo. El chaval era cuidado por una niñera, Laura, que el marqués acepta en su casa y convierte en su amante, hasta que se compromete con una dama de la alta nobleza, amiga de la reina María Antonieta. Llega la revolución francesa, se descubren unos padres inesperados de Laura. Y en fin, se recurre a detalles mil de este tipo de historias, como el criado negro espía, las conversaciones escuchadas al azar, los mensajes leídos por quien no debería.
El cuaderno negro del título aparece al principio, desaparece como si siguiéramos el curso del río Guadiana, para ser rescatado al final, sin que al final no importe demasiado su contenido, pocas veces se ha usado con menos talento un mcguffin. Las burdas escenas de catre también sorprenden por lo innecesario de las mismas, incluida la no-reacción del niño que descubre a su querida Laura con su tutor en plena faena.
El vestido rojo
Engendro. Película bizarra. Una broma pesada. In Fabric encontraría fácil acomodo en un festival de cine fantástico de serie Z, pero no parece su sitio el Festival de San Sebastián. Y sin embargo, ahí está. La historia de un vestido rojo, puesto a la venta, ejemplar único, en las rebajas de unos pintorescos grandes almacenes, y el modo en que afecta a sus propietarios, pues se diría que está maldito, he ahí la trama.
Primero llega a las manos de una mujer negra, separada y con un hijo mayor que vive con ella, empleada de un banco, que busca pareja respondiendo a anuncios por palabras, y piensa que el vestido puede ayudarle en tal empresa. Luego lo poseerá el tímido empleado de una empresa reparadora de lavadoras, y la chica con la que se va a casar.
La película bebe del terror setentero, pueden detectarse influencias de Roger Corman, de la Hammer, del giaillo, con un humor negro y surrealista que quiere, y no puede, parecerse al primer Jean-Pierre Jeunet, el de Delicatessen. Una atmósfera enfermiza, con elementos de fetichismo sexual, la jerga infumable del personal de los grandes almacenes, las bromas de la pareja de banqueros. Sarpullidos en la piel y lavadoras que se vuelven locas son algunos de los efectos que produce el vestidito de marras.
Peter Strickland, director y guionista, se lo ha pasado seguramente en grande rodando su film, con su paleta de colores primarios y llamativos, con protagonismo sobre todo del rojo y el negro. Pero resulta evidente que su disfrute exige la complicidad incondicional del espectador, que conseguirá sólo en casos muy contados.
