No es lo mismo cine de mujeres, que cine dirigido por mujeres, aunque a veces ambas cosas coincidan. La sección oficial abrió espacio para “Visión” de Naomi Kawase y “High Life” de Claire Denis, con repetida presencia de la francesa Juliette Binoche en el reparto, pero toca hablar desde “Roma” en San Sebastián, la película perla de Alfonso Cuarón, ganadora del León de Oro en Venecia, habla de mujeres con fuerza y lirismo inusitados.
Había expectación. Aunque Netflix la estrenará en su plataforma de streaming, ver Roma en una sala de cine la última película de Alfonso Cuarón merece la pena. Sí, es una película intimista, la historia en barrio de Roma en México de una empleada doméstica indita, Cleo, que trabaja al principio de los 70 para una familia acomodada, en la casa viven la abuela, el matrimonio y cuatro niños, más otras dos personas del servicio, y el perro que se hace popó en la entrada con demasiada frecuencia. Pero con un amplio lienzo de glorioso blanco y negro, una maravillosa recreación de la época, que incluye salas de cine, desfiles militares, manifestaciones violenta de índole política, baños en la playa. Con una puesta en escena perfecta, propia de un director talentoso, demuestra además una enorme sensibilidad al explicar sin palabras la suerte de hermanamiento que se va a producir entre Cleo y la señora de la casa –“las mujeres siempre estamos solas”, le dice ésta a la otra–, ellas son mujeres sometidas a duras pruebas, que demuestran entereza y fuerza de voluntad en sus tribulaciones, donde los hombres, el novio, el esposo, no están a la altura. La película atrapa un cúmulo de sensaciones nostálgicas perfectamente reconocibles –de algún modo el fin puede hermanarse en ese sentido con una primera película que se ha podido ver en San Sebastián, Viaje al cuarto de una madre–, Cuarón vive de su vivencia personal y se nota. El reparto es fantástico, pero sin duda que sobresale Yalitza Aparicio en su primer papel en la pantalla.
En busca de la planta perdida
Me explayaría más, pero se supone que hay que prestar más atención a las películas que compiten por la Concha de Oro, de modo que allá vamos. Visión. Naomi Kawase es una directora con visión. Nadie que conozca su obra puede dudar de su sensibilidad y maestría narrativa, a mí Una pastelería en Tokio y Hacia la luz me parecen unas películas muy valiosas. Eso sí, su cine es arduo, y a veces en vez de visión, la directora parece padecer cierta ceguera, o bien tiene alucinaciones, un punto de pedantería trascendente con el que pierde el norte, ciertas disquisiciones y ocurrencias herméticas agotan.
Su nueva película empieza bien. Atrapa la fuerza de los elementos naturales de un bosque, el viento entre los árboles, las nubes, la niebla, la luz, el follaje... Y también la intervención del hombre, cazador, o talador de árboles. Tomo vive solo en una zona remota de Japón, no es campesino, pero estaba “cansado” de la vida ahí afuera. Su única compañía es una anciana que vive en los alrededores, con sabiduría arcana, que el ofrece sus consejos. Rompe la rutina la llegada de una mujer francesa que escribe libros de viajes, Jeanne, en busca de visión, el nombre de una legendaria medicina que se supone que acaba con las desgracias y da la felicidad. La acompaña una joven intérprete. Compartirán unos días juntos, y Tomo y Jeanne intiman. Hasta aquí la cosa marcha.
Pero empiezan a asomar elementos mágicos, llámase chamanismo, new age, o lo que uno quiera. Y la cosa se enturbia, con cerradísimo simbolismo, y nuevos personajes. Nacimiento y muerte, celos, las identidades de cada uno se pierden, ya no se sabe quién es quién y lo que pasa. De modo que queda un ejercicio de estilo irregular, que deja mal sabor de boca. Aunque Juliette Binoche está correcto, mejor aún se nos antoja el trabajo de Masatoshi Nagase.
Una odisea del espacio
No, no es Stanley Kubrick, ya quisiéramos. Es la septuagenaria directora parisina Claire Denis, que nos ofrece una película de ciencia ficción en inglés, High Life, que juega al despiste. Porque arranca con un astronauta reparando su nave espacial en el exterior, mientras tiene entretenida a su bebé en el interior de la nave, le habla y le ríe las gracias mientras trabaja, como orgulloso papá. Tiene que pasar casi media hora de metraje para que entendamos que Monte, que así se llama el astronauta era uno de los supervivientes de una singular misión espacial para hacer experimentos de reproducción asistida, ir más allá del sistema solar, y hasta probar la gravitación de un agujero negro. Lo peculiar es que todos los viajeros espaciales eran presos y criminales, alguno incluso condenado a muerte, que han aceptado el trato de ser cobayas humanos en los citados experimentos. Les preside una doctora, también convicta, que debe presentar resultados diarios de su experimento, que el ordenador de abordo valida para concederles un día más de vida.
De desarrollo irritantemente lento, pinta a un grupo variopinto de tipejos, algunos francamente desagradables, y otros que parecen incapaces de matar a una mosca. Con una antropología bastante pobre, Denis no nos ahorra pasajes escabrosos, como la máquina folladora, para tener un placer sexual que no está permitido obtener directamente entre viajeros. Llama la atención como se filma con mirada condenatoria una violación, un hombre agrede a una mujer, pero el caso opuesto, el abuso que comete una mujer mientras duerme quien ha decidido vivir castamente, se describe en términos bastante diferentes.
Película pretenciosa, con aires de estar expresando algo importante acerca de la condición humana, véase su final interestelar, se trata en realidad de una cinta bastante hueca y prescindible. Aunque Robert Pattinson ocupa la mayor parte del metraje, y el chico se esfuerza, su personaje no da para mucho, la verdad, las comparaciones son odiosas, pero le da mil vueltas el astronauta Ryan Gosling en El primer hombre. Mientras que Juliette Binoche tiene que lidiar con una doctora poco creíble.
