Tim Burton anda intentando vendernos el mismo perro, con distinto collar. Estuve viendo recientemente en buena compañía Frankenweenie ,
Tim Burton anda intentando vendernos el mismo perro, con distinto collar. Estuve viendo recientemente en buena compañía Frankenweenie, su nuevo trabajo, que se estrena este jueves. Me hizo reflexionar sobre si un buen cineasta puede permitirse el lujo de estancarse y hacer lo mismo siempre. Creo que por regla general si hacen eso acaban aburriendo a las ovejas. A la hora de la verdad los que se han mantenido arriba son los que arriesgan y se reinventan, como un Martin Scorsese, un Steven Spielberg o un Clint Eastwood, que ahora anda liado con un musical por lo que supone el reto de no haber rodado –como director– ninguno hasta ahora. Existe algún genio como Alfred Hitchcock que se ha podido permitir repetirse, pues en esencia la fórmula de 39 escalones es la misma que utiliza en Con la muerte en los talones, pero es que esta segunda le salió tan extremadamente divertida que a ver quién le pone pegas. ¡Todo lo contrario! Pero claro, pocos llegan a la suela de los talones al británico.
Espero que no se me malinterprete. Tengo que decir que lo pasé bien con Frankenweenie, que me ha reconciliado con Burton, que me tenía un poco mosca tras el patinazo de Sombras tenebrosas. Los muñecajos son encantadores y se ve con agrado, pero no llega a ser ni de lejos tan redonda como las otras dos propuestas animadas del realizador, Pesadilla antes de Navidad, y La novia cadáver, rebosantes de ideas y frescura. Sin ir más lejos, el corto de Burton en el que se basa Frankenweenie en su día era sorprendente y novedoso, adjetivos que no se pueden aplicar a su nuevo trabajo.
El film está dirigido a los apasionados del fantaterror con abundancia de referencias a los clásicos, pues alude no sólo a Frankenstein, de donde toma prestado básicamente el argumento, sino también a Drácula, Godzilla, La Momia y hasta los Gremlins. Pero a veces resulta cansina tanta referencia, por ejemplo, parece que todos los nombres tienen que ser una cita a algún personaje o autor, como en el caso de una niña que se apellida Van Helsing gratuitamente.
Hasta Burton y su colaborador habitual el guionista John August (Big Fish) son conscientes de que ya no son lo que eran. La clave está en un diálogo metacinematográfico del profesor de ciencias (una fotocopia de Vincent Price a la que le pone la voz Martin Landau), que conversa con el protagonista en torno a los dos experimentos de resucitar animales muertos que éste ha llevado a cabo. El primero salió bien, porque lo hizo lleno de ilusión, pero el segundo fue un fracaso porque “sólo estaba deseando que acabara”. Pues bien, Burton rueda por segunda vez la misma historia y le ocurre lo mismo, la primera vez destilaba fantasía y ganas de hacer cine, pues las imágenes del corto estaban llenas de fuerza. Pero la repetición no es lo mismo, no dudo que tenga ciertas ganas de que le quede algo digno, pero parece que su prioridad es concluir cuanto antes para cobrar e irse a su casa con Helena Bonham Carter, o sea, su señora. Y eso se nota en el resultado final.
