La comedia más fresca y rompedora de la temporada bebe de numerosas fuentes, y llega en un momento propicio, en que la crisis dificulta la risa y las tensiones nacionalistas producen a veces crispación. Quizás ahí reside el secreto de por qué “Ocho apellidos vascos” ha encandilado a seis millones y medio de espectadores en España, lo que la convierte en la película española más vista de la historia en nuestro país.
Vino viejo en odres nuevos. Es lo que los guionistas de la comedia Ocho apellidos vascos ofrecen. El esquema del film básicamente aplica a la realidad sociológica española la fórmula de Bienvenidos al norte, del galo Dany Boon, donde el jefe de una oficina postal del sur debe trasladarse al norte del país, que presenta un paisaje de costumbres y formas de ser completamente opuesto. El film, que explotaba a la perfección los tópicos regionales, supuso todo un acontecimiento en Francia, y tuvo una versión aplicada a Italia, Bienvenidos al sur, que arrasó allí hasta el punto de que incluso se rodó una secuela, Benvenuti al nord. Parecía casi cantado que si alguien utilizaba la idea confrontando algunas de las Comunidades Autónomas de España más singulares, y lo hacía con gracia, el éxito iba a ser sonado.
El guión supone una nueva colaboración de los vascos Borja Cobeaga y Diego San José, que han sabido hacer reír a costa de las particularidades de sus paisanos en el programa televisivo Vaya semanita, y que también escribieron conjuntamente Pagafantas y No controles, dirigidas por el primero. Su construcción del relato de Ocho apellidos vascos está anclada en la mitología griega, rica en cuanto a la presencia de doncellas en apuros, como Andrómeda, atada a una roca en el mar como sacrificio a la bestia que ataca su reino, lo que obliga a Perseo a enfrentarse a ésta (liquidar al monstruo parece incluso fácil frente a los retos que tendrá que afrontar el protagonista del film, Rafa, para ayudar a Amaia). Los autores sin duda conocen también las comedias del Siglo de Oro, como La dama duende, de Calderón de la Barca, donde la protagonista femenina, motor de la acción, teje una compleja trama liando al galán.
Por lo demás, en el terreno de las risas cinematográficas ya está todo inventado, pero no resulta fácil hacer las cosas bien (numerosos filmes cómicos que no funcionan llegan regularmente a las carteleras). En este caso, se resucita una vez más el viejo e infalible esquema de la comedia más brillante e influyente de todos los tiempos, La fiera de mi niña, de Howard Hawks, que partió de un guión del gran Dudley Nichols (La diligencia) y Hagar Wilde, autor del relato que sirvió como punto de partida.
Muchos son los puntos en común con el clásico protagonizado por Cary Grant y Katharine Hepburn. La iniciativa siempre la lleva ella, más osada y agresiva, que pone en marcha una serie de tácticas para ir enredando progresivamente al varón, tímido, apocado e indefenso ante tales artimañas. Una serie de sucesos encadenados, llegan a poner incluso en peligro su integridad física (allí, por culpa de un leopardo, aquí a través de la violencia callejera del País Vasco). Como en aquélla, existe un proceso de maduración del personaje masculino, que al comprobar cómo se derriban poco a poco las barreras, acaba desinhibiéndose y alcanzando cierta liberación.
Vasco por un día
Los más cinéfilos detectarán inmediatamente la influencia decisiva de otro de los grandes títulos de la época dorada de Hollywood, Dama por un día, de Frank Capra, que llegó incluso a versionarse a sí mismo, con Un gángster para un milagro, el eficaz remake. En el film escrito por el genial Robert Riskin, Annie, una anciana alcohólica que vive de la venta callejera de manzanas ha hecho creer a su hija (criada en un convento en España) que es una mujer de la alta sociedad. Cuando la joven anuncia su visita para presentarle a su prometido, uno de sus clientes, mafioso convencido de que las frutas que le vende le traen suerte, moverá Roma con Santiago para engañar a los visitantes.
Atención al golpe de varita mágica de Cobeaga y San José. Aquí reside su mayor mérito, ya que no cuentan con un mcguffin tan sólido como el de Riskin. Lo que allí funciona solo, aquí es totalmente disparatado, pues no se acaba de entender por qué resulta fundamental para Amaia que el padre del que está distanciada no se entere de que ha roto con su novio. ¿Qué más da? ¿Tanta importancia tiene como para organizar una simulación tan rocambolesca? ¿Por qué de repente ella pone tanto empeño a recuperar el amor de su progenitor después de tantos años? ¿No se descubrirá el pastel antes o después si el plan triunfa y como su “aita” promete, acudirá regularmente a visitarla? Además, por mucho que el film le saque mucha tajada a los tópicos de ambas regiones, en la vida real muy extremista tendría que ser un padre vasco para estallar en cólera si su hija se echara un novio andaluz.
Se podría pensar que para arreglar este problema, durante las reuniones de trabajo los guionistas han barajado una motivación económica (la hija está en apuros monetarios, mientras que el padre parece tener una posición desahogada y se ofrece a pagar lo que haga falta para la boda de su hija). Finalmente esta idea se apunta en el film, pero parece haber sido desechada.
En cualquier caso, abracadabra, un par de gags memorables y el espectador se deja llevar de la mano, sin cuestionar el punto de partida durante el metraje. Contribuyen en gran medida 'a que la película' cuele la eficiente realización de Emilio Martínez Lázaro, y la esforzada interpretación del reparto (el monologuista Dani Rovira en su primera aparición en el cine sorprende muy gratamente, Clara Lago realiza un gran trabajo, y los veteranos Carmen Machi y Karra Elejalde vuelven a demostrar que son actores de primera categoría). Chapeau, maestros.
Estructura clásica
Como buenos artesanos de la comedia, los guionistas saben muy bien que para imprimir un ritmo ágil necesitan apoyarse en una estructura clásica, en tres actos. En el primero, Rafa (Rovira), joven andaluz, conoce fugazmente a Amaia (Lago), una chica vasca de la queda tan prendado que llega a cometer la locura de ir a visitarla a su pueblo natal. Una vez allí, se encuentra con que ésta aparentemente no siente nada por él, y le echa a patadas de su casa. Pero pronto ella reaparece con un grave problema, necesita que finja ser su novio Antxón, vasco de pura cepa que le ha plantado en el altar, para mantener la ficción de que la boda sigue frente a su aita, Koldo (Elejalde), que iba a acudir a la ceremonia tras pasar seis años en su barco pescando atunes.
La motivación de Rafa está muy clara: hacerse pasar por vasco es la única forma que tiene de que la chica de la que se ha enamorado le haga algo de caso. Cobeaga y San José son expertos en pusilánimes capaces de ceder en lo que haga falta con tal de conseguir al amor de su vida, como se vio en la hilarante Pagafantas. En esta ocasión, el personaje contará para lograr su objetivo con una única pero valiosa aliada, Merche (Machi), una viuda extremeña instalada en el lugar, a la que conoce casualmente en el autobús.
Marca el inicio del segundo tiempo la llegada de Koldo, ilusionado por recuperar a su hija, aunque para ello vaya a coincidir en la boda con su ex mujer, la madre, que se ha echado un novio... ¡andaluz! A lo largo de este tramo, Rafa tiene que enfrentarse para mantener la ficción a una sucesión de retos cada vez más complejos que los guionistas saben resolver con gracia.
Cuando está claro que las dotes como imitador de Rafa dan el pego, su futuro suegro le pregunta por sus supuestos ocho apellidos vascos. Debe improvisar a base de citar los que cualquier español conocería: Gabilondo Urdangarín Zubizarreta Arguiñano por parte de su aita. ¿Y por su ama? Igartiburu, Erentxun, Otegi… y Clemente. Este último resulta no ser vasco, a pesar de que a Rafa le ha venido a la mente tras una rápida mirada a un póster donde se puede ver al antiguo seleccionador nacional de fútbol, vizcaíno. Pero la jugada del protagonista más o menos surte efecto.
Si bien la película logra reírse de los prejuicios sin ofender a nadie, gracias a su tono amable, y a su humor blanco, roza terreno peligroso cuando entran en escena los abertzales radicales y la kale borroka. Lograr sacar punta a tema tan espinoso y trágico podría haber dado al traste con el film. Pero cuando por una serie de infortunios el personaje central debe ponerse a jalear a los integrantes de una manifestación ilegal de violentos, la situación se salva con gran habilidad provocando carcajadas: justifica hablar en castellano para que le entienda el gobierno español (el enemigo), y entona la hilarante canción ‘Euskadi tiene un color especial’.
Aparte de los personajes citados, existen otros dos personajes secundarios de importancia, los amigos andaluces de Rafa (interpretados por Alfonso Sánchez y Alberto López, El Cabeza y El Culebra en El mundo es nuestro, escrita y dirigida por el primero). Éstos tienen fundamentalmente un efecto humorístico motivado por sus reacciones ante la evolución del protagonista.
En este punto, la acción funciona con fluidez gracias a la química establecida entre los protagonistas. Él se ve obligado a llevar su imaginación al límite, gracias al chantaje sentimental al que ella le somete. En general se suceden los diálogos ágiles, dignos de la mejor ‘screwball comedy’. “No me quites la medalla de la Macarena, esto es lo más grande”. “Lo más grande es el guantazo que te va a dar mi padre como se entere de que no eres vasco”.
Tercera parte: nos vamos de boda
El segundo punto de giro lo constituye el hecho de que el plan sale finalmente demasiado bien, lo que puede conducir nuevamente al desastre. Koldo ha quedado bastante convencido de las bondades de su yerno, se siente atraído por la supuesta madre de éste, Merche, y está emocionado por haber recuperado a su hija. Así las cosas, decide que se quedará para la boda. Se vislumbran nubes negras en el horizonte. Rafa quiere huir, pero Amaia acude a interceptarle vestida de novia, vuelve a surgir la atracción repentina entre ellos, y él acepta quedarse.
En esta ocasión, Rafa debe enfrentarse a sus propios principios morales. Casarse con una mujer que no le ama sería para él traspasar los límites, así como mentir ante el altar, pues es católico. No se parece a su ‘prometida’, a la que le da igual todo.
Finalmente, presionado por su propia conciencia, no puede dar el sí. Ha habido un proceso de maduración del personaje, que ha seguido un mínimo arco de transformación. En este punto ya ha sido capaz de dejar atrás sus inhibiciones iniciales, pero también se ha dado cuenta de que no debe dejarse manipular de por vida sin poner límites. Decide volver a Sevilla.
También el personaje de Amaia ha evolucionado. No sólo ha abandonado sus prejuicios iniciales hacia la gente del sur (al igual que Rafa ha aprendido a conocer a los del norte). Además, ha aprendido el valor de decir la verdad a su padre, y que su respuesta no es tan mala como ella había imaginado. Por otro lado, se ha enamorado realmente de Rafa, hasta el punto de que es capaz de acudir en su busca. Que para declararle su amor vaya vestida de andaluza en calesa con el conocido dúo musical “Los del Río” también arranca risas.
Por otro lado, se resuelve con bastante inteligencia la otra subtrama romántica, relativa a los personajes maduros. Koldo pasa la noche con Merche, pero al despertar descubre que su marido era un guardia civil. El subtexto apunta a que su prematuro fallecimiento del mismo se debe a un atentado terrorista, pero los guionistas han preferido sugerir antes que aclarar para no pecar de sentimentalismo ni de pisar terreno resbaladizo. En cualquier caso, la secuencia se entiende como la síntesis de lo que pretende contar Ocho apellidos vascos, que apunta a la reconciliación nacional.
