En esta nueva entrega de “¿Hablas conmigo de cine?”, el videopodcast de Decine21, recibimos a Rodrigo Sopeña, director de la serie "Atasco" —cuya cuarta temporada acaba de llegar a Prime Video—. Repasa el origen casi accidental de una ficción que nació de una reunión sin ideas y acabó convertida en uno de los fenómenos recientes de la comedia española. Entre la improvisación, los atascos reales de Madrid y una cadena de ocurrencias de última hora, el creador explica cómo una imagen cotidiana se transformó en una serie coral en constante expansión, donde decenas de historias breves conviven en un mismo embotellamiento narrativo que no deja de crecer temporada tras temporada.
JOSÉ MARÍA ARESTÉ: Rodrigo Sopeña tiene una trayectoria de más de quince años en el mundo audiovisual y, verdaderamente, no sé si estarás de acuerdo conmigo, pero creo que has dado la campanada con la serie Atasco. No sé si será la serie española más vista o una de las más vistas, porque hay otras, como Su Majestad, que también tienen repercusión, pero realmente te está dando muchas alegrías.
RODRIGO SOPEÑA: Sí. Nosotros, al estar en Prime Video, no sabemos cuánta gente la ve. No tenemos datos. Sabemos que está en el ranking y que el ranking de series que aparece en Prime es real, pero no tenemos cifras de visionados ni nada parecido. Por tanto, esto del éxito es relativo. Solo podemos medirlo por la muchísima gente que nos comenta cosas o porque los actores notan que, de repente, hacen un papel muy breve y reciben muchas respuestas de personas que los han visto. Pero no tenemos un dato concreto con el que calcularlo. Lo que sí sabemos es que nos renuevan temporada tras temporada. Ya estamos trabajando en la quinta y acaba de estrenarse Atasco 4. La señal de que está funcionando es que nos piden más.
JOSÉ MARÍA ARESTÉ: Está clarísimo: si quieren más, es que funciona; si no, te dejan fuera. Quizá la primera pregunta obligada sea cómo surge la serie. Todos conocemos el clásico de Luigi Comencini, El gran atasco. No sé si ese era el referente o si, sencillamente, un día estabas atrapado en un atasco y harto.
RODRIGO SOPEÑA: Sí, fue algo parecido. Me reuní con un productor y me preguntó si tenía algún proyecto de serie con pocas localizaciones y muy basado en el diálogo, de manera que se pudieran rentabilizar mucho las sesiones de rodaje. Yo le dije que sí, que tenía un proyecto —y era verdad—, pero añadí: "No te lo quiero contar de cualquier manera. Si quieres, nos reunimos la semana que viene y te traigo un dosier". Me respondió: "Perfecto, te pongo en la agenda. El miércoles que viene tienes una cita y me presentas el proyecto". Cuando salí de la productora, recordé que ese proyecto ya se lo había presentado a otra productora, así que no podía presentarlo a dos a la vez. Pensé: "Ostras, voy a llegar el miércoles con las manos vacías". Me entró un agobio enorme: tenía una cita con un productor para presentarle un proyecto y no tenía ningún proyecto que presentar. Iba andando por Madrid, por la calle Príncipe de Vergara, que estaba hasta arriba de coches, y de repente lo vi claro: un atasco con muchas personas que viven distintas historietas breves. Eso permitía trabajar en una misma localización, sin traslados ni pérdidas de tiempo, y contar con muchos actores que vinieran a muy pocas sesiones. La mayoría de las estrellas que aparecen en Atasco vienen un día; alguna viene dos, pero casi todas participan en una sola sesión. Así puedes tener un tráiler de un minuto y medio con treinta actores muy conocidos y muy diferentes. La gente piensa: «¿Toda esta gente va a estar en la serie?». Pues sí, toda esa gente está.
JOSÉ MARÍA ARESTÉ: ¿Cómo abordas una temporada? No sé si dices: "Me voy a un atasco a inspirarme". ¿Cómo lo haces?
RODRIGO SOPEÑA: Hay mucho de observación. Lo que me interesa es que todas las historietas tengan un final. Algunas incluyen un giro de guion, pero, sobre todo, quiero que el espectador perciba que las historias han terminado. No me gusta cuando una película se basa en muchas tramas breves y no terminas de saber si una de ellas ha acabado o no porque tiene un final demasiado abierto. Por eso me obligo a que los finales sean muy cerrados. También me obligo a no tratar temas de estricta actualidad. Intento evitarlos porque, sobre esos asuntos, la gente ya suele tener las ideas muy claras. Prefiero plantear cuestiones que quizá alguien no se haya planteado. Y, sobre todo, busco historias que puedan suceder, aunque el hecho de que ocurran todas a la vez haga que el conjunto resulte un poco surrealista y disparatado. Mi manera de concebir una temporada es como hacer un disco. Tiene que haber distintos tipos de canciones. Si todas son iguales, te pasa como con AC/DC, que te dicen: "Es la misma canción quince veces". Pero, si todas son completamente distintas, te dirán: "Esto no tiene personalidad ni unidad; este grupo no sabe qué hace porque compone una canción folk, otra de rap y otra de cualquier otra cosa". Yo intento mantener un punto intermedio. Sé que a Prime Video le gusta que haya mucha comedia, así que varias historias son cómicas. Pero también sé que, si todas lo fueran, la serie ya estaría muerta porque empezaría a repetirme. Ya hay demasiados elementos que se repiten siempre: la realización dentro de los coches, la localización, el hecho de que todo suceda durante el mismo día... Si, además, repitiera siempre el mismo estilo de humor, la serie se agotaría. Por eso me gusta que aparezca de repente una historia de thriller, como la de Fernando Cayo y Yune Nogueiras en la cuarta temporada; una historia de fantasmas, como la de Pepe Sevilla e Ingrid García-Jonsson; una trama de humor muy negro, a lo Álex de la Iglesia, como la de Bárbara Rey; una historia que provoque una sonrisa y otra que genere mucha risa, como la de Manuel Baqueiro y Vanesa Romero. Busco una variedad muy grande para que la serie no se agote. También me interesa que, cuando ves a Diego Martín y Esperansa Grasia y crees que vas a reírte muchísimo porque son dos cómicos geniales, te encuentres de repente con la historia más emotiva de todas. Ese tipo de juego me gusta mucho y así enfoco la serie. Además, escribo las historias sin pensar en los actores. Después se realiza el proceso de asignar los papeles, así que, cuando estoy escribiendo los guiones, no sé quiénes van a interpretarlos.
JOSÉ MARÍA ARESTÉ: En la parte de comedia imagino que te habrá servido mucho haber estado en la órbita de José Mota. Me gustaría saber cómo es ese aprendizaje, sobre todo porque quizá ya sea un lugar común decir que la comedia es el género menos valorado y el más difícil.
RODRIGO SOPEÑA: Yo no estoy de acuerdo en que sea el menos valorado. Creo que, a veces, utilizamos unos baremos de valoración en los que no deberíamos fijarnos. Si miramos la crítica o los premios, puede parecer que la comedia no está valorada. Pero, si observamos el apoyo del público y el éxito de series como La que se avecina, ¿a qué reconocimiento mayor puedes aspirar? Hay una enorme cantidad de público pendiente de esas producciones y esas comedias, y la gente las ve una y otra vez. En el caso de La que se avecina, hay un canal de televisión que prácticamente repite de forma cíclica todos sus episodios y, además, siempre está en el top diez de Prime Video. ¿Qué mayor reconocimiento puede tener la comedia? Quizá no tenga los premios, pero al final somos profesionales, no concursantes. Creo que la comedia recibe un aplauso inmenso del público. En cuanto a José Mota, para mí el aprendizaje con él fue enorme. Es un cirujano de la comedia, muy perfeccionista con el ritmo, con lo que necesita una escena para resultar graciosa, con el lugar exacto de un gesto o de una pausa. Gracias a él he aprendido a detectar cuándo algo no está bien hecho y a saber, en montaje, a qué hay que darle más tiempo y a qué menos. Hay además una faceta de José Mota que no todo el mundo conoce, pero que descubres cuando trabajas con él: es un maravilloso director de actores. Lo he visto escoger a alguien del equipo, de un departamento que ni siquiera tenía relación con la interpretación, y decirle: «Haz tú este papel». Luego le explica: «Aquí haces este gesto; aquí miras, pero no dices nada; aquí fumas, tiras el cigarrillo y lo pisas sin mirar». Le da cuatro indicaciones mecánicas y, de repente, alguien que no tenía gracia pasa a tenerla. José Mota consigue eso mediante una dirección de actores casi de otra época, parecida a las técnicas que podían utilizar Buster Keaton o Charles Chaplin. Es un genio de la música de la comedia. Yo he estado muchísimos años a su lado y he aprendido todo lo que he podido. También he aprendido a no tener prisa en un plató y a saber que quizá todavía no tienes la toma buena, pero que acabarás consiguiéndola. Dices: «Hay que hacer una más». Y alguien responde: «Pero si el texto ya está dicho». Sí, pero todavía no tiene gracia. Eso lo aprendí mucho con él.
JOSÉ MARÍA ARESTÉ: Lo tuviste en una temporada, ¿no?
RODRIGO SOPEÑA: Sí, en la primera temporada, junto a Henar Álvarez. Me gustaba mucho el contraste entre un cómico de la vieja escuela y una cómica que estaba empezando a arrasar. Mira hasta dónde ha llegado en tres años. Se llevaron muy bien y creo que la historia funcionó estupendamente para cerrar la primera temporada. Además, hay cosas que José Mota hace mejor que nadie: esa sensación de estar superado por la vida, ese tipo de humor gestual... Es muy brillante en ese terreno.
JOSÉ MARÍA ARESTÉ: Tengo la sensación de que en esta cuarta temporada te has venido muy arriba. No sé si...
RODRIGO SOPEÑA: ¿En qué sentido?
JOSÉ MARÍA ARESTÉ: Me has sorprendido. Pienso: "Ya está con la quinta; ahora va a tocar el infinito y más allá". Me refiero a que las historias y las tramas son ya un poco más locas: fantasmas, zombis...
RODRIGO SOPEÑA: Puede ser.
JOSÉ MARÍA ARESTÉ: Lo digo sin hacer spoilers...
RODRIGO SOPEÑA: No pasa nada. En esta serie casi no se pueden hacer spoilers porque son dieciocho historias por temporada. A la gente de prensa le digo: "No importa que enseñéis cualquier imagen porque aquí no se puede destripar nada". Intento que el nivel de disparate sea homogéneo. Es verdad que las historias que has mencionado son muy locas, pero, por ejemplo, en la tercera temporada estaba la discusión entre los lingüistas camioneros por una tilde, que también era muy disparatada. Y en el primer capítulo de la segunda temporada, Carlos Areces y Edurne protagonizan una especie de cine negro a partir de quién se ha tirado un pedo en un BlaBlaCar. Esa historia es muy surrealista. Creo que el nivel de disparate se mantiene. Como te decía con la comparación del disco, intento mezclar historias muy locas con otras más normales o verosímiles y procurar que el conjunto sea homogéneo. Una cosa que me gusta de la respuesta de la gente es que cada persona tiene sus favoritas. No me gustaría que todo el mundo dijera: "Las tres buenas son estas y las tres malas son aquellas". Prefiero que alguien elija cinco y otra persona escoja otras cinco sin coincidir en ninguna. Quizá la peor para uno sea la mejor para otro. Eso significa que consigues llegar a públicos muy distintos. También me ha sorprendido que a los niños les guste mucho la serie. No sé si es porque se sienten adultos viendo algo de mayores que, sin embargo, pueden entender; porque son historias cortas, de unos ocho minutos; o porque el nivel de atención que exige no es tan alto. Algunos taxistas de Madrid me dicen que la ven mientras esperan diez minutos para recoger a un cliente: miran una historia, se ríen y se lo pasan bien. La posibilidad de verla de manera fragmentada, dentro de la vida que llevamos hoy, creo que ha contribuido a que funcione.
JOSÉ MARÍA ARESTÉ: Precisamente, hablando de forzar los límites: esta temporada estamos en un atasco, pero nos llevas hasta el Vaticano. Se lo cuentas a alguien y piensa: "¿Cómo vas a ir a Roma si estás atrapado en un atasco?". A eso me refería.
RODRIGO SOPEÑA: Sí, es algo llevado al extremo. Pero una de las maneras de generar ideas para la serie consiste en pensar en tipos de vehículos: "Me gustaría ver un camión de bomberos; a ver qué se me ocurre". "Me gustaría ver un camión de perritos calientes, un food truck; a ver qué historia sale de ahí". Yo quería ver un papamóvil porque es un vehículo reconocible, con todo el glamur y la solemnidad de una pieza única vinculada al sumo pontífice, y al mismo tiempo quería introducirlo en algo tan mundano como un atasco. La imagen ya resulta atractiva. Quería incluir el papamóvil desde la primera temporada, pero pensaba: «Es imposible que el papa se quede atrapado en un atasco, porque siempre habrá un dispositivo de seguridad». Hasta que di con la clave: se trata de un papamóvil fabricado por encargo de la Conferencia Episcopal, un regalo de una fábrica española de vehículos que se va a enviar a Roma en avión. Un pobre hombre tiene que transportarlo y acaba atrapado dentro porque es un vehículo de máxima seguridad y la clave para abrir la puerta la ha configurado el papa desde Roma. Me gusta esa escalada: un hombre que trabaja transportando cosas recibe el encargo de llevar el papamóvil y todo empieza a crecer hasta que acaba implicado el propio papa. El papa muere, hay que celebrar un cónclave y resulta ser el más largo de la historia. La historia va escalando y haciéndose cada vez más grande. Eso es algo que aprendí de Asghar Farhadi, que fue profesor mío. Decía que las buenas historias comienzan lanzando una piedrecita al centro de un lago: esa piedra genera ondas que se abren cada vez más hasta cubrir el lago entero. Me gusta mucho que una cosa pequeña desencadene algo enorme. Eso es lo que sucede en la historia del papamóvil. Empieza a escalar y cada vez se hace más grande la aventura de ese pobre hombre, interpretado por Pepe Viyuela.
JOSÉ MARÍA ARESTÉ: Me decías que para Prime es un lujo poder montar un tráiler con tantísimos actores y que, cuando escribes, no tienes previamente en mente quién va a interpretar cada papel. ¿Cómo consigues repartos tan buenos, aunque los actores solo vengan uno o dos días?
RODRIGO SOPEÑA: Cuando le pides a un actor que es una estrella que vaya a una serie para una única sesión, lo normal es que no le entusiasme demasiado. Puede pensar: «¿Qué voy a hacer en un solo día? ¿Seré el camarero que dice: “Aquí tiene su café”? ¿El dentista que atiende al protagonista, le saca una muela y desaparece?». Aquí vienen un solo día, pero son protagonistas de una trama. Al final es como hacer un cortometraje. En esa historia tienen un arco de transformación: empiezan con una emoción y terminan con otra; les suceden muchas cosas. Además, los actores odian esperar, como todo el mundo, pero en su profesión les toca hacerlo continuamente. A veces ruedan una escena a primera hora, pasan tres horas en el camerino jugando al Candy Crush, graban otra escena y, cuando creen que van a irse a casa, les dicen que deben quedarse otras tres horas porque aparecen en la última secuencia del día. En Atasco no sucede eso. El actor llega y está rodando todo el tiempo. Aunque haga frío y sea invierno, resulta un rodaje agradable porque los actores están ahí por vocación, hacen algo que les gusta y son protagonistas absolutos de una historia que empieza y termina. Creo que los tratamos bien y que les gusta el resultado. Por eso también hablan bien de la serie entre ellos. Marta Hazas, por ejemplo, contará a sus amigos y amigas: «He estado en Atasco y me lo he pasado genial». Cuando preparemos la siguiente temporada, habrá actores que dirán: «Sí, ya me comentó alguien que estuvo allí y le gustó mucho». Así vamos creando una pequeña fama.
JOSÉ MARÍA ARESTÉ: Qué bueno. ¿Cómo haces casar los distintos tonos? La comedia domina, pero también tiene fuerza cierta crítica social, y el paso de un género a otro resulta muy suave.
RODRIGO SOPEÑA: Eso es lo que intento y lo que más me importa que funcione bien. No me preocupa demasiado la crítica social. No me considero un crítico y procuro que no haya ninguna moraleja en la serie. No quiero que el espectador piense: «Me están intentando convencer de esto» o «me quieren educar». Como espectador, no me gusta que las películas traten de catequizar. Intento contar historias con conflictos y con paradojas que encontramos en la sociedad. Los personajes que tienen razón no siempre piensan como yo. Procuro que haya mucha disparidad de opiniones y de personajes. Luego está el trabajo de escaleta. Por ejemplo, al plantear el primer capítulo sé que Prime quiere que el inicio de cada temporada sea muy luminoso, simpático y divertido. Tengo la historia de Asier Etxeandia con su hijo, Pablo Cavestany. No esperaba que fuera a quedar tan graciosa como quedó. Asier Etxeandia insulta a su hijo porque ha abollado el coche y el resultado fue mucho más divertido de lo que aparecía en el guion. Es una comedia familiar: son padre e hijo, hablan de la hermana... Después está la historia de Gorka Otxoa, Marta Hazas, Inma Cuevas y Jordi Aguilar, la del zapato rojo. Es muy divertida, visual y física, y funciona como una comedia de pareja. Ya tenemos dos tipos distintos de comedia: familiar y de pareja. Y luego está la historia de Raúl Cimas y Javier Coronas, la de los nazis, completamente surrealista y muy llamativa para empezar la temporada. Veo esas tres historias sobre la mesa y pienso que encajan porque son tres clases de comedia muy diferentes. Así se va construyendo poco a poco la escaleta. En montaje trabajo con Juan Carlos Arroyo, el montador con el que llevo diez años. Organizamos todas las historias buscando la mayor variedad y originalidad posibles. Esa distribución nunca estuvo fijada así en el guion. Puedo tener, por ejemplo, la historia de la violinista, misteriosa y enigmática, y colocar al lado algo muy chorras, como la trama de los bomberos de Jaime Ordóñez y Daniel Fez, para que el contraste dentro del capítulo sea lo más grande posible. De ese modo vamos ordenando las historietas a lo largo de la temporada. Cuando los actores vienen a Atasco, tampoco saben si su historia estará en el capítulo uno o en el tres. Eso no se decide hasta el montaje.
JOSÉ MARÍA ARESTÉ: Al final es como un concierto con distintos instrumentos: vas marcando un ritmo.
RODRIGO SOPEÑA: Esa es una gran ventaja. En una serie narrativa convencional, si tus primeras escenas son flojas porque las rodaste el primer día, porque llovió o por cualquier otra razón, no puedes cambiarlas de orden. Tienen que permanecer al principio y pueden penalizar la recepción de la serie desde el primer capítulo. Aquí, en cambio, puedes dosificar y reordenar las dieciocho historietas de la forma que crees que mejor va a funcionar.
JOSÉ MARÍA ARESTÉ: Dices que no quieres catequizar ni dar lecciones, pero creo que a veces hay cosas que no puedes evitar. Pienso en el padre y el hijo: "Es solo un coche, no pasa nada", hasta que resulta que es tu propio coche el que...
RODRIGO SOPEÑA: Sí, pero creo que eso es real. Pasaría en la vida real y el espectador puede identificarse.
JOSÉ MARÍA ARESTÉ: Ahí hay un padre que está dando una lección.
RODRIGO SOPEÑA: Sí, pero precisamente esa lección se desmonta muy rápido. El padre le dice: "No te preocupes. De todas las cosas malas que hoy nos entristecen, cuando pase el tiempo acabaremos riéndonos". Pero bebe su propia medicina al instante. Eso no implica una moraleja sobre cómo hay que comportarse para ser un buen padre.
JOSÉ MARÍA ARESTÉ: Hombre, no lo parece.
RODRIGO SOPEÑA: A mí me gusta porque, además, es una historia verídica. Le pasó a un amigo mío cuando tenía dieciséis años. Su padre le dijo: «No te preocupes, tu cuñado no va a descubrir el golpe del coche porque va a entrar por este lado, no va a fijarse y no se dará cuenta». Cuando el chico ya estaba muy tranquilo, el padre añadió: «Vale, pues ahora vas y le dices que le has abollado el coche». Y él pensó: «¿Para qué me has explicado entonces que podía librarme?». Esa es la buena lección de ese padre, que era un gran educador. Me interesa ese contraste, ese absurdo del ser humano: lo que ves muy claro cuando le sucede a otra persona empieza a rechinarte cuando tienes que aplicártelo a ti mismo.
JOSÉ MARÍA ARESTÉ: ¿Dónde rodáis? No sé si ocupáis un tramo de autovía...
RODRIGO SOPEÑA: Rodamos entre Pinto y Valdemoro. Parece un chiste, pero es verdad. Allí está el centro penitenciario de Valdemoro y, junto a él, hay una especie de urbanización que está urbanizada, pero no edificada. Las calles están construidas, aunque no llevan a ninguna parte, y entre unas y otras hay parcelas en venta. Alquilamos —no sé exactamente cuál es el acuerdo— una recta muy larga y con pendiente. Pintamos las líneas, colocamos las señales, los bloques de hormigón y el poste del teléfono SOS; es decir, montamos toda la decoración de la autopista y la llenamos de coches. Es más trabajoso de lo que parece. Las baterías de los coches duran muy poco, de modo que todos tienen que estar enchufados a la corriente para que no se apaguen las luces. Hay días que llueve, otros en los que no; días grises y jornadas con niebla. El rodaje tiene su complicación, sobre todo porque siempre nos ha tocado hacerlo en invierno. Este último invierno fue durísimo. Pasamos allí dos meses rodando. La gente se queja cuando permanece una hora atrapada en un atasco; nosotros nos pasamos dos meses sin salir de él.
JOSÉ MARÍA ARESTÉ: Muy bueno. Empezaste, o al menos muy al principio, haciendo cine con La habitación de Fermat, una película muy interesante. Ha pasado mucho tiempo. ¿Lo añoras? ¿Piensas volver?
RODRIGO SOPEÑA: No me interesa nada hacer cine, la verdad. Me ha costado decirlo en voz alta y asumirlo yo mismo. Con lo que más feliz he sido es con el entretenimiento, más que con la ficción. He sido muy feliz haciendo programas como LOL: Si te ríes, pierdes, cuya primera temporada dirigí, o Me resbala, con Arturo Valls. En la ficción se sufre, aunque estoy contento de las tres series que he hecho. El cine, en cambio, fue para mí una experiencia muy dura y desagradable. Es verdad que el cine suele ser tu sueño, porque antes existía la sensación de que duraba para siempre, de que una película iba a existir eternamente. Pero ahora mismo no hay tanta diferencia entre el cine y la televisión. Además, la televisión la hacemos sin subvenciones ni ayudas, con empresas privadas y dinero privado, creando muchos empleos y con una enorme profesionalización. La respuesta del público es inmediata. Sabes enseguida si ha gustado, si no ha gustado, si has tenido éxito o has fracasado. Y, cuando tienes éxito, te piden otra temporada. Creo que en televisión se vive muy bien. Yo soy muy feliz trabajando en ella. Mi mala experiencia con el cine no tiene que ver con el resultado de la película. Me gusta mucho La habitación de Fermat. Creo que ha quedado como una película que los profesores de Matemáticas más enrollados ponen en los institutos. Mucha gente joven sigue viéndola porque se la ha puesto un profesor. Me encanta haberla hecho, pero estoy completamente cerrado a volver a hacer cine. No me interesa.
JOSÉ MARÍA ARESTÉ: Se nos ha pasado el tiempo volando. Aquí no nos hemos atascado para nada. Solo quería pedirte un consejo final: si tuvieras que recomendar a nuestro público alguna comedia, ya sea una película, una serie o un programa de entretenimiento, ¿cuál elegirías?
RODRIGO SOPEÑA: Tengo mucha curiosidad por LOL 3, que ya se ha anunciado y va a estrenarse estas Navidades. Es un formato que me gusta muchísimo: Si te ríes, pierdes. Espero y deseo que esa temporada esté muy bien, porque yo me lo pasé genial haciendo la que dirigí. Hay que esperar hasta Navidades, pero tengo muchas ganas. También vi el otro día en Prime Video Aída y vuelta, la película de Paco León sobre Aída, y me sorprendió muchísimo para bien. Casi todo lo que he visto de Paco León me ha gustado; me gusta mucho Kiki. Yo pensaba que había que ser fan de Aída para disfrutar de esta película. Había visto algún episodio, lógicamente, pero nunca seguí el día a día de la serie, y aun así la comedia me gustó mucho. Quien no la haya visto porque crea que debe ser experto en Aída para entenderla debería darle una oportunidad. Es muy divertida y, además, retrata muy bien el mundo de la televisión: lo que sucede detrás de las cámaras, entre los actores y durante los rodajes. Está francamente bien. Así que recomiendo Aída y vuelta.
