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El legendario Alain Delon ha hecho una excepción para interpretar a Julio César

Aunque proclamó a los cuatro vientos que se retiraba del cine, el legendario Alain Delon ha hecho una excepción para interpretar a Julio César, en Astérix y los juegos olímpicos. A sus 72 años, el actor se mantiene bastante bien –el que tuvo, retuvo– y conserva sus dotes de seductor. Se detiene para saludar, encandilar e incluso abrazar a algunas de las asistentes a la rueda de prensa que el actor dio en Madrid para presentar la película. A pesar del aire de astro del celuloide que le envuelve, Delon se muestra amistoso y accesible con la gente que se queda mirándole a su alrededor. Aunque presenta el film a los medios con los dos directores del film (Frédéric Forestier y Thomas Langmann), Santiago Segura y la actriz y modelo Vanessa Hessler, Delon monopoliza casi al completo la atención de los periodistas.

El legendario Alain Delon ha hecho una excepción para interpretar a Julio César

Ha decidido volver al cine, después de casi una década para interpretar a un hombre excepcional, Julio César, maduro, preocupado por el paso del tiempo. ¿Se siente identificado con ese personaje?

A decir verdad, no encuentro ninguna similitud entre él y yo. Pero no me preocupa eso. No he vuelto al cine porque me identificara con él. Eso es lo de menos. Llevo cincuenta años dedicándome a interpretar. A veces te identificas con el personaje en cierta medida, pero otras veces no, y tienes que hacerle creíble de todas formas.

Entonces, ¿qué le atrajo del personaje para aceptar volver a la pantalla?

En realidad, mi personaje es secundario, no es un papel principal. Los protagonistas son Astérix y Obélix. Lo que me gustó no fue sólo mi personaje sino el proyecto en su conjunto. Me pareció un proyecto divertido. He vuelto, después de diez años, porque me apetecía y me gustaba.

¿Era apasionado de los comics de Astérix antes de participar en el film?

Confieso que no. Soy de otra generación. A mí el éxito de Astérix ya me pilló muy mayor. Confieso que siempre me ha gustado más Lucky Luke.

En un diálogo paródico divertido del film, dice su personaje que no le debe nada ni a Rocco, ni a sus hermanos. ¿Usted sí que le debe algo a Rocco y a sus hermanos?

Hombre, yo a Visconti, y a su película Rocco y sus hermanos se lo debo todo (risas). Ha citado un título mítico. Debo mucho a bastante gente, sobre todo a algunos personajes inolvidables que desgraciadamente ya no están entre nosotros. Debo mucho sobre todo a René Clément, a Luchino Visconti, a Michelangelo Antonioni y a Jean-Pierre Melville. Son los directores más importantes con los que he trabajado, sin duda, aunque se podía citar a alguno más menos conocido. Por ejemplo, ahora que estoy en España me viene a la memoria Christian-Jaque, un hombrecillo muy sabio, artífice de uno de mis mayores éxitos de público, que rodamos aquí, en este país, y que se titulaba El tulipán negro.

¿Volverá a rodar más películas?

Si encuentro un proyecto lo suficientemente atractivo, seguro que sí. Lo dejé bien claro cuando anuncié que me retiraba del cine. No he dejado la televisión ni el teatro, he seguido bastante activo en ambos medios. Y además, siempre he dicho que si era para una película que mereciera la pena, podían contar conmigo. De hecho es de imbéciles no rectificar y dar marcha atrás cuando la ocasión lo requiere.

Dejé el cine por razones personales. No me apetecía seguir. Lo he conocido todo, he trabajado con los mejores, y no tengo por qué hacer cosas que no me interesen.

Es usted un mito. ¿No intimida a los directores jóvenes con los que trabaja, como Frédéric Forestier y Thomas Langmann, los directores de Astérix?

Eso habría que preguntárselo a ellos. Supongo que algo de eso hay, porque me ha ocurrido a mí, muchas veces, cuando empezaba. Yo era un joven con poco mundo, y de repente tenía que trabajar con Jean Gabin o Burt Lancaster, que para mí eran figuras inaccesibles a las que conocía de la pantalla. Pero hay que apechugar y seguir adelante, porque creo que así es como se avanza y se aprende en este oficio, trabajando con los veteranos que saben cómo se hacen las cosas.

¿Ha cambiado mucho el cine desde que usted empezó?

Es totalmente diferente. El cine del siglo pasado no tiene nada que ver con el de ahora. El cine que conocí ya no existe. En cualquier caso, no clasifico las películas por años, sino que las películas son muy distintas en función de los directores. Yo he trabajado siempre con grandes personalidades, que tenían métodos muy personales de hacer las cosas.

Desde hace cincuenta años he tenido la suerte de dedicarme al oficio más bello del mundo y no lo cambiaría por nada. Y en esos cincuenta años, he trabajado con grandes personalidades que hacían buenas películas. Ahora existen otros, grandes nombres, que harán cine de calidad, aunque no se parezca en nada. Por ejemplo, quisiera trabajar antes de morir con algún que otro maestro actual, como Steven Spielberg, Pedro Almodóvar y Luc Besson.

¿Lleva bien el peso de la fama?

Me parece un regalo la fama; mentiría si dijera lo contrario. Lo importante es ser amado por el público y por eso hago películas. Creo que esa fama y ese cariño del público es consustancial a este oficio al que me dedico. Si no la tuviera, sentiría que he fracasado. Si un actor es famoso, es porque algo ha hecho bien, y sino, pues me habría planteado dedicarme a otro oficio diferente.

Ese reconocimiento del público es para mí la sal de la vida. Me emociona que la gente me diga ‘muchas gracias’. A veces me dicen que me han visto en películas, a lo largo de los años, y que han pasado buenos ratos, y eso me alegra el día. ¿Por qué? Yo no soy cirujano, ni científico, ni he hecho nada importante, pero he hecho lo que realmente sabía hacer, que es actuar, así que la fama me proporciona cierta sensación de felicidad.

¿Y nunca se le ha subido a la cabeza ser un mito?

Eso es muy malo. Si un actor no sabe controlar eso, está perdido. Esto es una regla absoluta. Hay que saber separar el mundo del cine de la vida cotidiana, porque no tiene nada que ver. Además, lo de ser ‘un mito’ me parece exagerado. Eso nunca me lo he creído. Lo dicen algunos medios de comunicación, así que siempre me digo que al menos tengo la suerte de ser ‘un mito viviente’, porque los mitos normalmente son gente muerta (risas). Yo no me he propuesto ser un mito, aunque mi compañero de reparto en esta película, Santiago Segura, siempre dice que él sí que se ha propuesto serlo

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