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Festival de San Sebastián 2015

Cine en torno a la más rabiosa actualidad

Festival de San Sebastián 2015, 24 de septiembre: el matrimonio gay de Freeheld, los refugiados de los caballeros blancos y el final de ETA según Uribe

Las películas siguen a la actualidad, pero a veces la actualidad les toma la delantera: ahí están para probarlo la decisión del pasado mes de junio del Tribunal Supremo americano, el desbordamiento de la crisis humanitaria de los refugiados que huyen a Europa, o la reciente detención de la cúpula de ETA.

Festival de San Sebastián 2015, 24 de septiembre: el matrimonio gay de Freeheld, los refugiados de los caballeros blancos y el final de ETA según Uribe

En los festivales se supone que deben competir películas arriesgadas y de vanguardia, que abren caminos narrativos inexplorados y ofrecen tratamientos estéticos novedosos. Vistas así las cosas desentona la presencia de Freeheld en la sección oficial a concurso, pues se trata de la típica producción de Hollywood, convencional en su planteamiento y desarrollo, con un puñado de actores de tirón popular, hecha, sí, con oficio, y de vocación claramente comercial en su apartado sensiblero. A no ser que... A no ser que navegue con las velas desplegadas y el viento ideológicamente a favor, que venda una idea políticamente correcta, apoyada por un grupo de presión con tal influencia que quien cuestiona mínimamente sus planteamientos corre el riesgo de ser tachado de homófobo o intolerante, o tal vez algo peor. Está claro que Freeheld responde al paradigma, por su apoyo al matrimonio gay, que recientemente recibió el espaldarazo del Tribunal Supremos de los Estados Unidos.

Se diría que el modelo de Peter Sollett es Philadelphia, la cinta que dirigió hace dos décadas Jonathan Demme sobre un homosexual con sida al que sus jefes ponen de patitas en la calle. Aquí se parte de una historia real ocurrida en Nueva Jersey, la de la condecorada agente de policía Laurel Hester, enamorada de una mujer mucho más joven que ella, Stacie Andree, mecánica en un taller. Pareja de hecho, cuando a la primera le diagnostican un cáncer en fase terminal, solicita a las autoridades municipales de las que depende laboralmente que la pensión que correspondería a su cónyuge vaya a parar a Stacee. La aplicación estricta de la ley no lo permite, por lo que con el apoyo de un compañero policía y activistas gays se tratan de enmendar las cosas, mientras la enfermedad progresa.

El espectador inevitablemente empatiza con la pareja, y es que en semejante trance tener que discutir por cuestiones económicas parece penoso, como afirma Stacee en su alegato final. Estamos ante un film de “main stream”, que busca al público general, con el deseo de que comprenda a gays y lesbianas; de ahí la decisión de no incluir en absoluto escenas gráficas, al estilo La vida de Adèle. Más o menos habilidoso, también tiene aspectos grotescos, sobre todo con Steve Carell de activista gay que trata de dar un contrapunto humorístico y parece algo pasado de rosca; tampoco es muy hábil el simplista argumento de un sacerdote episcopaliano para dar su bendición a los homosexuales; en cambio Michael Shannon encarna bien algunas virtudes como la compasión y la lealtad. En fin, que el potencial público del film no debe esperar demasiadas honduras, y sí algo cercano al panfleto, servido con el trabajo de dos grandes actrices, Ellen Page –también productora, y que confesó hace cosa de un año su lesbianismo– y sobre todo la todoterreno Julianne Moore, que tras el alzheimer del año pasado en Siempre Alice, en esta ocasión ha pasado a padecer otra grave dolencia, un cáncer.

Los blancos lo resuelven todo en África... o no

Más inteligente es el tratamiento verista, casi documental, de la historia inspirada en hechos reales Los caballeros blancos. En ella una ONG francesa, Move for Children, pretende llevarse, al margen de los cauces oficiales, a 300 niños huérfanos de un innombrado país africano, para darlos en adopción y procurarles una vida mejor. Una reportera documenta la operación, que se hará pública una vez concluida. Mientras, nadie conoce los propósitos del grupo liderado por Jacques Arnault, tampoco los jefes de la aldea que cooperan creyendo que los niños van a ser vacunados para luego recibir una educación durante 15 años in situ, hasta que alcancen la mayoría de edad.

Quizá el belga Joaquim Lafosse resulta algo premioso en su narración, no hay concesiones sensibleras, las interpretaciones de Vincent Lindon y compañía son sobrias. Pero logra que el espectador se crea lo que ve: la mentalidad africana tranquila, la mentalidad neocolonialista del hombre blanco a pesar de sus buena intenciones, las deserciones, la lucha de egos, la corrupción... Hay un problema complejo y las soluciones no son sencillas.

La reportera viene a ser como un eco de la pretensión objetiva del film, y la distancia que guarda junto a su paulatina implicación nos recuerdan que a veces hay que tomar partido, con todas sus consecuencias. El final tal vez sea previsible pero no es nada acomodaticio, y en su brusca sobriedad sigue manteniendo al espectador con los pies en el suelo.

El terrorista y su víctima

Forma parte de la sección oficial, pero no ha habido valor para ponerla a concurso. Cierto que Imanol Uribe ya tiene en propiedad dos Conchas de Oro, gracias a Bwana y Días contados. Tras ver Lejos del mar, no puede uno dejar de pensar si no son demasiados premios; en cualquier caso, de lo no te queda ninguna duda, es que el film que nos ocupa resulta completamente fallido, seguro que sembrado de buenas intenciones en el regreso del cineasta a territorio etarra, y cerca del mar. Pero deja pasmado, si se nos permite usar este adjetivo, contemplar una cinta con una estructura dramática tan inconsistente, que se da vueltas y revueltas sin avanzar hacia ningún sitio, con frases y situaciones sonrojantes, que se intentan justificar bajo el paraguas de una frase que podría ser “han sufrido tanto”.

La idea es que Santi ha salido de la cárcel, y parece que ahí ha sido un preso ejemplar, que tomó bajo su protección al yonki Emilio, al que va a visitar a su pueblo en Almería. Pero se cruza casualmente con una doctora, Marina, que se desmaya al reconocerle. Pues se trata de un etarra, el hombre que disparó a bocajarro a su padre cuando ella era una niña. Con tal planteamiento, Uribe y su coguionista Daniel Cebrián intentan explorar en la psicología de estos personajes. Pero la cosa no funciona en absoluto.

Y es que a los elementos traumáticos que afloran en este cuadro, se suma la situación familiar de ella, casada y con un niño, con discusiones e incomunicación entre marido y mujer. Y no existe vertebración, en la jaula de personajes, la mayoría planos y bastante grillados, el más sensato parece el etarra; pero nada pueden hacer Eduard Fernández y Elena Anaya para levantar mínimamente la película. Todo es gratuito –no sólo los ridículos desnudos playeros– y carece de explicación, disparar para curar, idas y venidas a Madrid, relaciones disparatadas, escándalos en primera plana de los periódicos. Una pena, vaya.

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