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"El tercer hombre", de varios autores, con David Felipe Arranz editor

El tercer hombre. 14 visiones de una obra maestra (Varios autores, David Felipe Arranz editor, Silex Ediciones, 259 págs)

"El tercer hombre", de varios autores, con David Felipe Arranz editor

Hay películas en las que el paso del tiempo hace estragos, y otras que se conservan frescas como una rosa. El tercer hombre, estrenada en 1949, pertenece a la segunda categoría, es una suerte de milagro, una obra maestra perfecta, que cumple 75 años en perfecto estado de revista. En este libro 14 hombres y mujeres capitaneados por David Felipe Arranz, con piedad y mucho amor al cine, miran desde todos los ángulos a esta maravilla dirigida por Carol Reed, con guión del novelista Graham Greene, interpretada en los roles principales por Orson Welles, Joseph Cotten, Alida Valli y Trevor Howard, con una música de cítara legendaria a cargo de Anton Karas, fotografía expresionista en blanco y negro de Robert Krasker, y titanes de la producción que responden a los nombres de David O. Selznick y Alexander Korda.

La erudita y sugerente visión de cada uno se ofrece por estricto orden alfabético de los autores, y cosas de la providencia, le toca abrir fuego a quien corresponde, o sea al editor, o sea, a Arranz, quien nos recuerda que el cine es un arte colectivo, en que todos hacen su parte, la importancia de las localizaciones, esa Viena de postguerra irrepetible, y que en la trama del film se ven tensionados hasta el desgarramiento el amor y la amistad de los protagonistas.

La ventaja de una obra colectiva, estriba en la mirada poliédrica, donde a veces, sí, se repiten ideas –todos coinciden, o casi, en desechar la leyenda de que Welles sería el verdadero responsable final del film, en mencionar el reloj de cuco, y en referirse al final del cementerio obra de Reed, por ejemplo–, pero esta circunstancia le sirve al lector para remachar ideas, mientras que, sin duda obra del pulido final del editor, se consigue una obra armoniosa con aportaciones complementarias, un autor enriquece lo que dice el otro.

Al hablar Guillermo Busutil de las imágenes, geometría y simetría, paleta de grises que concuerda con la psicología y estado anímico de los personajes, y mencionar referencias pictóricas, Zurbarán, Goya, Rembrandt, Caravaggio, nos descubre la luz en la oscuridad. La luz remite a la infancia, y Rafael Gordon recuerda que un tal Adolfo Hitler nacido en Austria fue niño, y su gozo infantil de las películas de Alexander Korda, antes que ésta Las cuatro plumas o Rembrandt. Eloy Tizón habla de cómo en Viena descendemos a “un infierno líquido” donde nos esperan sonrisas y máscaras, y el prestidigitador Welles. Y es que casi el espectador es una suerte de Dante, donde conoce a ese arcángel de las cloacas, feliz expresión de André Bazin, que es Harry Lime.

Lucía M. Cabanelas nos descubre la sonrisa triste a lo Greta Garbo de Alida Valli, e ilustra las resonancias de vida y cine con el caso del asesinato de una joven italiana en 1953, al que se vio inopinadamente ligada. La ligazón del film con Greene y las historias de espías, cortesía de Peter Smolka y Kim Philby está en el meollo del ensayo de Juan Manuel Corral. Mientras que Juan Carlos Laviana propone la conexión periodística del novelista, y Manuel Hidalgo aborda la evolución del texto literario base del film, cuyo resultado final, evidentemente, es la película. Muy personal es el recuerdo de Nuria Verde, evocando la muerte de Greene que hace llorar a su padre, quien compartió veranos y amistad con el autor.

Se explaya Juan Ramón López buscando a Harry Lime, setenta páginas en las que toca todos los palos, y donde nos recuerda que –lo mismo que le ocurrió a Casablanca– nadie pensaba que el film estaba destinado a convertirse en un clásico mientras se rodaba, y que sirvió a Reed para descubrir los ángulos inclinados, entre otra muchísima información que proporciona. Por su parte César Antonio Molina se nos pone metafísico, “el ser preexiste al amor”, “pero el amor se adelanta al ser”. Mientras que de Gerardo Sánchez tal vez cabría decir que muestra su faceta coppoliana –él diría felliniana–, por el interés de Francis Ford Coppola en considerar el paso del tiempo y el modo en que funcionan los recuerdos y la memoria; por qué no recuerda lo concreto de la primera vez que vio el film pero sí han quedado indelebles las impresiones duraderas, como la de la turbiedad moral.

Encuentra Manuela Partearroyo tres sombras en El tercer hombre, una partida de ajedrez que le permite citar a Stefan Zweig y a las ruinas de Europa. Y le pone el cascabel al gato Jaime Vicente Echagüe hablando de la cítara de Karas y de una música inesperada e irrepetible.

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