Me quitaron de en medio (Nicholas Ray, con prólogo de Susan Ray y traducción y comentarios de Manuel Martín Cuenca, Colección Imprenta Dinámica, 464 págs)
Un libro absolutamente singular, que de algún modo viene a ser el autorretrato de Nicholas Ray (1911-197), conseguido mediante el ensamblaje de elementos muy diversos. De entrada, Ray encomienda a la que fue su última esposa, Susan Schwartz, que se ocupe de su autobiografía en la última etapa de su vida, cuando su salud ya ha sufrido un fuerte deterioro, primero a causa de sus adicciones a las drogas y al alcohol, que logra superar, y luego al diagnóstico de un cáncer. Ella no tiene muy claro cómo o cuándo acometer la tarea, aunque irá grabando en cinta horas y horas de consideraciones del cineasta, de tinte personal, ya sea de sus orígenes, biografía, varios matrimonios, ya sean existenciales, ya sean sobre el oficio de hacer películas. En cualquier caso, Susan explica cómo conoció a Ray sin saber que era un cineasta más o menos célebre ni haber visto sus películas, la notable diferencia de edad entre los dos, y sus dudas sobre si era o no un maestro en su arte, que deja en el aire, aunque subrayando lo que a su juicio es lo más importante en cualquier ser humano que trata de vivir una vida plena, y es que era un buscador.
Por otro lado, están las clases de dirección de cine e interpretación, quince sesiones, que ofrece en el instituto de Lee Strasberg, y que han sido transcritas para la ocasión, donde conviven las prácticas y talleres sugeridos a los alumnos, con pensamientos y recuerdos que surgen, y acotaciones a los ejercicios desarrollados, no siempre de fácil interpretación pues se habla de algo que han hecho los estudiantes, pero que los lectores del libro no pueden apreciar.
Y en fin, aparte de un epílogo compuesto por algún elemento disperso, como una carta no enviada a Wim Wenders, con quien trabajó en El amigo americano y Relámpago sobre agua –este una curiosa e inclasificable película sobre el propio cineasta–, está la interesante capa final de los extensos comentarios del traductor del libro, el cineasta y también profesor de cine Manuel Martín Cuenca.
Creo que en el conjunto es inevitable que se dé una sensación de dispersión, es imposible lograr una completa cohesión en una autobiografía concebida de esta manera, con rasgos también de manual. Pero esto no quita para que podamos otear una obra valiosa sobre un gran cineasta, que tuvo que lidiar con una larga etapa autodestructiva que le marcó, pero que le fue haciendo paulatinamente más sabio, y que en cualquier caso tuvo el fruto de una filmografía valiosísima, con un dominio de la puesta en escena, la composición del plano, el uso del color, la dirección de actores, difícil de discutir. De modo que se disfruta con sus reflexiones sobre los actores “naturales”, en que ocupa un puesto especial James Dean, al que se dedica espacio, y al que dirigió en Rebelde sin causa, pero también a otros como John Wayne con quien hizo Infierno en las nubes, o ideas de estuvo mejor en teatro Anthony Quinn –le dirigió en Los dientes del diablo– que Marlon Brando en la película de Un tranvía llamado deseo; o comentarios sobre el cromatismo de las películas, con el rojo sobre rojo que utilizó en alguna escena de Johnny Guitar, y otras decisiones vistas en Chicago, años 30.
Son especialmente emotivos los fragmentos de diario de Ray de 1978 y 1979, en que explica cómo es lidiar con su enfermedad, practicando la humildad que recomendaba a sus alumnos, cierta sensación de paz, de no tener miedo, inesperada, con ese impresionante interrogante, “¿Debo aprender ahora a temer al Dios con el que apenas estoy aprendiendo a entrar en contacto y al que rezo con fe?”, la certeza de que la muerte está cerca, y que al mismo tiempo tiene un papel que hacer como actor, increíble, en la película Hair.
A destacar la maravillosa edición del libro, donde han intervenido la ECAM, DAMA y Caimán. Cuadernos de Cine.
