Nostalgia inspirada por una canción de John Lennon, política inspirada por un cómic de Christophe Blain y Abel Lanzac. David Trueba con “Vivir es fácil con los ojos cerrados” y Bertrand Tavernier con “Quai d'Orsay” prueban que las historias fílmicas pueden surgir de cualquier parte.
Vivir con los ojos cerrados de David Trueba transcurre en 1966, el año en que nació quien estas líneas escribe. La cinta rezuma nostalgia, más allá de los nubarrones que se apuntan por la situación política, donde el director y guionista es capaz de sutileza -las ventanas abiertas en el coche para limpiar la atmósfera contaminada por un puro- y de tosquedad -la foto de Franco donde un chaval limpia sus manos grasientas-. Hay muchos elementos reconocibles para quien haya vivido la época y alrededores -las familias numerosas, el peluquero que viene a cortar el pelo a casa, el rigor educativo en casa y en el colegio...-, traspasados de evocación romántica, y sin acritud en los pasajes, pocos, con aristas. Dice Trueba que se inspira en la canción de John Lennon que da título a la película, pero también parece una adaptación de la canción emblemática de la transición, “libertad, libertad, sin ira libertad, guárdate tu miedo y tu ira”. Con buen rollito.
La idea es hablar de anhelos de libertad, con la juventud que necesita respirar, y los mayores que han asumido el estado de las cosas tras una guerra. Un poco Cuéntame cómo pasó, vaya. La cinta sigue a Antonio, un profesor de inglés, que enseña el idioma a sus alumnos con las letras de las canciones de su admirado John Lennon. Sabedor de que el mítico cantante de los Beatles está en España rodando una película mientras afronta cierta crisis personal, decide viajar hasta Almería, y en el camino recogerá primero a una joven de veinte años, Belén, que espera un niño, y que ha huido del lugar donde debía dar a luz lejos de las miradas de sus conocidos; y luego a Juanjo, joven de 16 años, el mayor de 6 hermanos, hijo de un gris, que tras la última pelotera con su padre también se ha dado la fuga.
La película desprende encanto en gran parte gracias al trabajo de Javier Cámara, pues su Antonio, maestro sobre todo en humanidad, está lleno de matices y te lo crees. El modo en que afronta las diversas situaciones de su periplo, y el modo en que sabe tratar a los chicos, es sencillamente sensacional. Cámara es un serio candidato a ganar el premio al mejor actor, Trueba le ha dado un magnífico personaje. La recién llegada Natalia de Molina es carne de cañón para ser nominada al Goya a la mejor actriz revelación, la chica tiene frescura, recuerda a María Valverde. Precisamente Francesc Colomer, más soso, ganó ese premio en su momento por Pan negro. Los secundarios tienen gracia, incluso los simples figurantes, véase el conserje del “hotel”.
David Trueba compite por primera vez en San Sebastián, por donde sí ha pasado varias veces ya su hermano Fernando. Pensando en los Beatles, es mucho mejor su trabajo que el de Manuel Gómez Pereira en El amor perjudica seriamente la salud, también inspirado nostálgicamente en los Beatles. Lo que no significa que sea perfecto, el film podía haber sido mejor pulido, y pierde parte de su inocencia encantadora con el modo en que evoluciona la relación de Belén y Juanjo. Quiere ser delicado Trueba, pero no hay color entre la escenas de Molina y Cámara, y la que viene a continuación entre ella y Colomer.
Los discursos de un ministro arrollador y un cineasta indiscutible
El veterano Bertrand Tavernier, cuarenta años ya dirigiendo películas, estructura su nuevo film, a concurso en San Sebastián, con lo que parecen viñetas de la diplomacia francesa, cada una encabezada con una frase de Herodoto alusiva a los temas tratados. Enfoque adecuado si se tiene en cuenta que Quai d'Orsay adapta el cómic homónimo de Christophe Blain y Abel Lanzac, premiado en Angoulême en 2012, autores que se inspiran para su protagonista en Dominique de Villepin, de modo especial en su discurso ante la ONU sobre la no-intervención en Irak.
El joven Arthur Vlaminck acaba de ser fichado por el flamante y carismático ministro de asuntos exteriores francés Alexandre Taillard de Vorms, para prestar su ayuda en el lenguaje de sus discursos. Allí va a descubrir cómo son las bambalinas del poder: el modo en que trabaja el equipo del ministro con su infatigable jefe de gabinete Claude Maupas al frente, la paciencia de las secretarias, y los diversos egos entre los que descolla el de su máximo jefe, de arrolladora personalidad pero difícil de complacer, porque nadie sabe lo que quiere, ni él mismo.
Al estilo de El ala oeste de la Casa Blanca, versión francesa, y con bastante sentido irónico del humor, Tavernier juega un curioso juego, pues por un lado se diría que quiere restar trascendencia al modo en que se toman las decisiones políticas, subrayando el papel que juegan la vanidad y la teatralidad, pero por otro no dejan de ser cuestiones de máxima importancia, que requieren en ocasiones bastante coraje, véase el viaje a África. En tal sentido hace pensar en algunas novelas ligeras de Evelyn Waugh, como “Merienda de negros”. El resultado es entretenido, pero resulta difícil que pueda ser considerado como un agudo análisis político. El ministro encarnado por Tierry Lhermitte resulta caricaturesco en extremo, aunque hay que reconocer que el contrapunto del jefe de gabinete Niels Arestrup sirve de equilibrio para que la mirada de Raphaël Personnaz, el recién llegado, que coincide con la del espectador, sea de un estupor aceptable.
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