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Se murió Elías Querejeta, se acabó el cine

Los cinéfilos conocen bien la anécdota del funeral de Ernst Lubitsch . Alguien dijo "Se acabo Lubitsch", y el siempre ingenioso y

Se murió Elías Querejeta, se acabó el cine

Los cinéfilos conocen bien la anécdota del funeral de Ernst Lubitsch. Alguien dijo "Se acabo Lubitsch", y el siempre ingenioso y preciso Billy Wilder replicó "peor aún, se acabaron las películas de Lubitsch".

Estos días se podría comentar que se acabaron las películas de Elías Querejeta. Pero es que es peor aún. Se acabaron las películas de Carlos Saura, Jaime Chávarri, Emilio Martínez Lázaro, Víctor Erice, su hija Gracia Querejeta y Fernando León de Aranoa. O sea, nos hemos quedado sin el 90 por ciento del cine español, así de repente.

Cabría argumentar en la línea de Cahiers du cinema que el que dirige es el máximo responsable y autor total del film. Pero no creo que esto se ajustara a la realidad cuando estaba implicado Elías Querejeta. Se ve bien en el caso de Carlos Saura, con el que hizo más películas. Me apasiona esa etapa del realizador, con films tan redondos como La caza, Peppermint Frappé, La prima Angélica, Cría cuervos, Deprisa, deprisa y Dulces horas. Por contra, detesto El 7º día, Pajarico, la tremenda Buñuel y la mesa del rey Salomón, y aunque reconozco los logros visuales de films como Tango o Goya en Burdeos, lo cierto es que tampoco me interesan nada. En suma: no me gusta Saura desde el preciso momento en que se separó del productor vasco.

Jaime Chávarri rodó con Elías Querejeta la excelente El desencanto. Sus posteriores bodrios sin este productor como Las cosas del querer, Las cosas del querer 2, Gran Slalom o El año del diluvio me traen al pairo. Emilio Martínez Lázaro hizo con él Las palabras de Max, lo más decente de su filmografía (no, Las 13 rosas o El otro lado de la cama no son lo mismo). Gracia Querejeta empezó bien, cuando su papá le respaldó en Una estación de paso y El último viaje de Robert Rylands. Lo siento, pero 15 años y un día, sin su colaboración, no llega a la misma altura.

Me van a matar los cinéfilos duros y puristas, pero me atrevo a escribir en público, con dos narices, que ni la gran vaca sagrada, Víctor Erice, funciona igual sin él. Quizás es el que mejor resiste su ausencia, pero aún así –yo lo siento– El sol del membrillo, con sus interminables planos de Antonio López dándole al pincel, no llega a ser tan buena como El espíritu de la colmena y El sur.

El caso más evidente es el de Fernando León de Aranoa. Qué buena Familia, su mejor película, con un tipo contratando a actores para que hagan de familiares, muy parecida a Dulces horas (una de las de Querejeta con Saura), donde un tipo se vale de una compañía para reconstruir su pasado. Qué interesante Barrio, con unos adolescentes deudores de los jóvenes marginales de Deprisa, deprisa (también de Saura/Querejeta). Ya independizado, el director entrega la decepcionante Princesas y la poco estimulante Amador. Sin su descubridor, De Aranoa se ha reconvertido en literato, pues acaba de publicar "Aquí yacen dragones", su primer libro de cuentos.

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