Las nominaciones a los Oscar anunciadas el pasado jueves han dejado un titular, replicado en muchísimos medios como si fueran bots sin capacidad reflexiva: lidera la competición por las estatuillas doradas “Los pecadores” con 16 opciones, un récord histórico.
¿Pero qué lectura hay que hacer del innegable récord de 16 nominaciones a los Oscar conseguido por Los pecadores? ¿Tan meritorio es? ¿Significa que es una gran película? ¿Quién lo dice? ¿Los que se alegran son los mismos que hasta hace dos días señalaban a Una batalla tras otra como la mejor película de los últimos tiempos? ¿No deberían estar desolados, a pesar de que el otro título tampoco esté mal servido de nominaciones, 13? ¿Se trata del signo de los tiempos?
En mi modesta opinión, los Oscar y quienes los conceden han perdido desde hace tiempo la conexión con el público, ya no combinan en sus nominaciones, como antaño, el reflejo de los gustos populares, la recompensa a la excelencia y el reconocimiento a algún título exótico. Y a las pruebas me remito. Los pecadores no la ha visto en España casi nadie. Y hace tiempo que está disponible en plataformas de streaming en España dentro de la tarifa de suscripción, primero en HBO Max y luego en Movistar+, más fácil de acceder a ella imposible. Antes, en abril de 2025, pasó en salas, donde el resultado fue bastante modesto, 338.638 espectadores según datos de Comscore, desde luego una cifra bastante inferior a la del fenómeno de Estados Unidos, donde la candente cuestión racial explica sus estimados 24,3 millones de espectadores, una cifra importante y sorprendente.
Mucha gente que conozco, a la que le gusta el cine, pero no lo ve todo, me pregunta, ¿qué tal es Los pecadores?, y cuando les digo que no me apasiona excesivamente, aun reconociendo algunas cualidades visuales y narrativas, pero que ellos pueden juzgar por sí mismos, por tener la película a un click, se sorprenden, porque no saben nada de la película, no les ha llamado la atención, creían que estaba pendiente de estreno. Es el triste sino de muchas películas oscarizadas recientes, si sales a la calle y preguntas a alguien al azar, “¿Qué le ha parecido la película Los pecadores?”, la mayoría no la habrá visto. Si pides que te digan al menos si les suena de qué va, el nombre de algún actor, etcétera, la mayoría no tendrá ni idea. Si les explicas algo de la trama, no se sentirán demasiado seducidos, aunque el reclamo del “récord histórico” puede hacer que algunos piquen y empiecen a verla. Pienso que muchos no aguantarán sus dos horas y cuarto de metraje. ¿Significa esto que es mala? ¡No! Significa que no es una película para un público amplio, y que requiere esfuerzo y complicidad.
Llueve sobre mojado, desde hace mucho tiempo no son premiados títulos que antes todo el mundo conocía, Titanic, El Señor de los Anillos: El retorno del rey, El padrino, Eva al desnudo, En el calor de la noche, La lista de Schindler, Carros de fuego, Sonrisas y lágrimas, Gandhi... Serán mejores o peores, aguantarán con más o menos fortuna el paso del tiempo, pero eran relevantes, se hablaba de ellas antes y después de las nominaciones a los premios, influían en la opinión pública. Eran auténtico entretenimiento popular, pero también historias poderosas, épicas, para nada de consumo rápido, de usar y tirar, que apelaban a las pasiones, miserias, virtudes, grandeza, del ser humano...
Si vuelvo al juego de preguntas y respuesta, e interrogo, ¿qué título fue el año pasado Oscar a la mejor película?, cuesta acordarse. Si digo que se trata de Anora, muchos, muchísimos de los que me están leyendo, no sabrán de qué rayos hablo. Si pinchan y leen sobre el título, quizá les suene, quizá no, esta historia de prostíbulo de lujo y gángsteres rusos, pero pocos la han visto, ni tienen un recuerdo memorable. O qué decir de Todo a la vez en todas partes, que en la memoria del espectador sería “en ninguna parte”. De nuevo, no son malas películas, pero desde luego no memorables, no encajan con lo que en tiempos solíamos considerar una gran película, genial, inolvidable, de las que hacen época, de las que no te cansas de ver una y otra vez.
La cuestión aquí no es sólo si los que premian se equivocan en lo que premian, va más allá, el cine ha perdido relevancia, esto es indudable, y lo triste es que por el camino que va, la seguirá perdiendo. Y los Oscar, que solían poder presumir de entender los gustos del público, o de saber guiarle por caminos insospechados, ya no cumple esta función, se han vuelto elitistas, un poco pedantorros, por qué no decirlo claramente. Se solía decir que los académicos eran gente mayor, con gustos conservadores, chapados a la antigua, y bla, bla, bla... Tal vez, no sé, pero ahora son un grupo que se ha abierto internacionalmente a todas las latitudes, con exageradas ínfulas de “connoiseur” del arte y la belleza, y que acaban inclinándose por premiar títulos que a veces ya han sido distinguidos en festivales, su lugar natural, que destacaban precisamente por “descubrir” nuevos autores, estilos vanguardistas, etcétera.
Casi con complejo de inferioridad, se diría que la Academia rejuvenecida apuesta por títulos “rompedores”. Hay hasta quien piensa que es una vergüenza que esté nominada F1 como mejor película, cuando precisamente es un estupendo ejemplo de buen cine de estudio. Y da la impresión de que títulos relativamente más “tradicionales” (y mejores, añado yo, ante el uso ambiguo del término), como Hamnet, Valor sentimental, Marty Supreme o Frankenstein, se quedarán en premios testimoniales ante lo que toca premiar, que es, Una batalla tras otra y Los pecadores.
