Fidelidad o innovación, ahí no está el dilema. Puede un cineasta ajustarse a ambos conceptos, "¡ferpectamente!", si se me permite la broma de Goscinny-Astérix. Sin traicionar al autor de la obra original.
Hace unos pocos días he visionado en Filmin, en una estupenda copia recién restaurada, Testigo de excepción, que en francés se tituló simplemente Les misérables, o sea, que tomaba prestado literal el título de la célebre obra de Victor Hugo, repetidamente llevada al cine y al formato de miniserie televisiva, y que incluso ha dado lugar a un musical. Es de 1995, la dirige Claude Lelouch, que logró descollar con Un hombre y una mujer, y ofrece una aproximación a “Los miserables” muy original, que tiene lugar en la primera mitad del siglo XX. No se ha limitado Lelouch a cambiar la época en que transcurre la acción, algo que hemos podido ver en algunas adaptaciones de Shakespeare, ocurre en el Hamlet de Kenneth Branagh, el Romeo y Julieta de Baz Luhrmann, o el Mucho ruido y pocas nueces de Joss Whedon. Hace algo más, y lo hace muy bien.
Lelouch sugiere que la obra de Hugo está sembrada con semillas de situaciones universales que se repiten una y otra vez en la historia de la humanidad desde que el mundo es mundo, con ese rasgo particular de fijarse en los miserables, que ante la pobreza, la injusticia y la contradicción pueden reaccionar de forma mezquina, devolviendo mal con mal, o bien ajustándose a los principios más sagrados, que saben ver en el prójimo alguien necesitado, sobre todo, de amor. Y en fin, con la idea de variaciones sobre los mismos temas y desafíos, y la mención directa de la obra de Hugo recreando algunos pasajes que se están leyendo, o mostrando algunas versiones fílmicas proyectadas en una sala, el cineasta entrega una película “excepcional” como sugiere el título español, con una puesta en escena exquisita, el baile de arranque hace pensar inevitablemente en Luchino Visconti y El gatopardo.
Jean-Paul Belmondo compone de modo soberbio a Henri Fortin padre e hijo, variaciones de Jean Valjean, además de al propio Valjean, y le vemos injustamente encarcelado, y en los años de la Segunda Guerra Mundial, ayudando a una familia de judíos, los Ziman, con la esposa obligada a complacer a los oficiales nazis al más puro estilo Fantine, y el marido escondido por un matrimonio de granjeros que le ocultan la realidad de lo que pasa fuera, y que tienen rasgos de los Thénardière. Y su hijita, refugiada en un convento de religiosas, es por supuesto un trasunto de Cossette. No falta además un comisario cumplidor de reglas pero que traiciona su conciencia, jugando a varias bandas, también como colaboracionista, y que por supuesto tiene trazos de Javert. En fin, no voy a hacer la relación completa de elementos que te hacen gozar con estos miserables, pero no quiero dejar de mencionar la inclusión del desembarco de Normandía, el comienzo de la liberación de Francia durante la Segunda Guerra Mundial, situación en la que resuena la revolucionaria llamada a las barricadas. Y ya que el Pisuerga pasa por Valladolid, aprovecho para recomendar una película sobre el desembarco de Normandía, que juega con la presión y el tiempo en que tiene lugar, Tiempo de victoria, que se estrena este fin de semana, es estupenda.
¿Hasta dónde puede llegar la adaptación al cine de una obra previa para que pueda decirse de ella que “es fiel al original”? Me parece una cuestión que merece reflexión, sobre todo porque en los últimos tiempos he visto a muchos blandir el hacha de guerra para despedazar a Christopher Nolan, pues según ellos habría traicionado vilmente a Homero y “La Odisea”. Lo cual me parece una visión cuando menos simplista. La Odisea no me parece la mejor película de Nolan, pero desde luego es una estupenda versión del poema de Homero. Fiel. Sí, fiel. Porque fiel no significa que conserve todo lo que se puede leer en esos versos, 12.110 hexámetros épicos en griego entregados en 24 cantos, algo imposible. Tenemos los elementos, el viaje del héroe Odiseo y su regreso a casa, los obstáculos en el camino, la huella que ha dejado la guerra, la intervención de los dioses, la espera de la esposa Penélope y el hijo Telémaco, con sus propios desafíos. Todo eso está ahí revestido de grandeza, contándolo a nuestros coetáneos (y a los que vengan después) de un modo cinematográfico que impacta, sugiriendo el modo en que todo eso tiene vigencia hoy en día, aunque de un modo diferente, porque somos diferentes. No mejores ni peores, diferentes, con un desconcierto vital que no es el de otras épocas.
Me encanta que nuevos artistas sean capaces de tomar obras clásicas e interiorizarlas, para que el nuevo público pueda degustar sus reflexiones, y mirar también al original. Pero el purismo insoportable de quien se queja de que falta tal o cual personaje, o el egocéntrico “yo lo había imaginado de otra manera”, si son la excusa para descalificar algo sin juzgarlo por lo que vale, me parece terriblemente injusto, y a veces un modo narcisista de tratar de llamar la atención, sobre todo cuando se quiere discrepar del sentir general por la sola razón de discrepar, de ser el “visionario” que ha visto lo que los otros no. Otra cosa muy distinta es aprovecharse de una obra inmortal para ser el geniecillo perverso que, porque en el fondo la odia, o al menos no la conoce de verdad, inventa otra cosa que no tiene nada que ver con el original, e incluso lo contradice o lo traiciona, y encima se cree un crack.
