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Festival de San Sebastián 2015 Reflexiones galas sobre hacia adónde vamos

Festival de San Sebastián 2015, día 20 de septiembre: la evolución y las noches del cine francés, y las películas españolas fuera de concurso

Copa la sección competitiva el cine francés con dos cintas de muy diverso corte, pero que exhiben a la luz la desorientación vital de la vieja Europa, que duda sobre su futuro y su presente. Mientras, el cine español sigue ofreciendo películas que aspiran a triunfar en la taquilla –un saludo, Álex de la Iglesia–, apoyado por el escaparate del Festival.

Festival de San Sebastián 2015, día 20 de septiembre: la evolución y las noches del cine francés, y las películas españolas fuera de concurso

Evolution es lo que comúnmente se suele describir con una sola palabra, “marcianada”. Película críptica e hipnótica, de hermosas imágenes oníricas de dudoso significado, probablemente también para su director Lucile Hadzihalilovic, francés de origen marroquí quien no dirigía un largo desde el lejano 2004, Innocence. La película principia con Nicolás, un chaval de diez años buceando en el océano, y que asegura a una mujer, que suponemos es su madre, que ha visto en el fondo el cadáver de un niño con una estrella de mar. Paulatinamente nos enteramos de que viven en una isla donde viven otros chicos, también varones, de la edad de Nicolás, en compañía cada uno de una mujer, y todas llevan el mismo vestido, una suerte de uniforme pardoverdoso. También hay un hospital donde se realizan extraños experimentos, parece que los niños están embarazados, y las mujeres tienen en sus espaldas unas raras ventosas.

¿Estamos ante un nuevo paso en la evolución, al modo de 2001, una odisea del espacio? ¿Se está desligando la maternidad de la condición femenina, ahora los chicos pueden ser madres, otra variante más en la omnipresente ideología del género? ¿O se trata de una invasión alienígena? Probablemente Hadzihalilovic ni sabe ni le importan las respuestas a estas preguntas. Su film es una especie de “delirium tremens”, como dice en sus notas de presentación “deja mucho a la interpretación, obligando al espectador a involucrarse en su mundo y sus personajes, para hacerlos suyos”; no puedo estar más de acuerdo en la primera frase, pero desde luego ni me involucra ni consigue hacer mía su hueca propuesta, por muy envuelta de esteticismo vistoso que esté.

La muerte de mamá

De corte muy distinto es la otra película gala que ha entrado en la competición, 21 noches con Pattie, una cinta adscrita al realismo mágico, que mira con un punto de humor muy desinhibido la desazón vital que atraviesan en la actualidad tantas personas. El punto de partida es el viaje de Caroline a un remoto pueblecito de sur de Francia, su madre Isabelle –localmente conocida como Zaza–, con la que apenas tenía relación –la dejó al cuidado de sus abuelos siendo niña, y siempre estaba viajando–, acaba de morir inesperadamente. Mientras está haciéndose cargo de los arreglos funerarios se encuentra con que el cadáver de Zaza ha sido robado, y surgen todo tipo de hipótesis, mientras se ve obligada a prolongar su estancia. Lo que significa una inmersión en un curioso mundo hedonista, que le haría recuperar el gusto por el placer sexual que habría perdido. Su particular guía es Pattie, una mujer que si no es ninfómana le falta poco –altamente promiscua con los hombres, habla de su experiencia sexual con detalle casi pornográfico–, y allí va tratando con distintos personajes que le invitan a fantasear sobre lo ocurrido, como el que parece un antiguo amante de su madre, y tal vez su padre, aunque también podría ser un chiflado necrófilo.

Los hermanos Arnaud y Jean-Marie Larrieu vuelven a armar tras El amor es un crimen perfecto una trama con elementos desconcertantes, que invitan a preguntarse quién está más muerta, si Zaza o Caroline. Aunque no nos engañemos, su propuesta no entra en grandes vericuetos intelectuales, más bien parece una especie de juego o una broma, con abundantes elementos de comedia, que muchos espectadores encontrarán de dudoso gusto, al menos la insistencia en las perversiones sexuales resulta un tanto agotadora.

Sin duda que los guionistas y realizadores se muestran habilidosos a la hora de hilar su discurso, conviven el realismo y la fantasía, el humor y el punto dramático, en cuidadoso equilibrio. E Isabelle Carré aguanta el protagonismo, y eso que acechan sobre todo dos actores, André Dussollier y Karin Viard andan al acecho para robarle las escenas en que sus personajes cobran peso con sus respectivos excesos. Destaquemos también el trabajo de Laurent Poitrenaux, el gendarme, de breve presencia pero con indudable personalidad.

Cine español fuera de concurso

Una de las fórmulas para programar más cine español en sección oficial sin que tal presencia abrume, ha pensado la organización del Festival, es incluir unos cuantos títulos fuera de concurso. Uno de ellos es Mi gran noche, de Álex de la Iglesia. El cine de este cineasta podría describirse como una larga broma gamberra que no cesa, al menos en lo que se refiere a sus películas más claramente adscritas al género de la comedia. Y en este terreno alcanzó su cota más alta hace ya veinte años, con El día de la bestia. Luego ha entregado títulos con destellos, buenas ideas no perfectamente resueltas.

Mi gran noche hace pensar en Muertos de risa, aquella película sobre dos cómicos televisivos que se llevan fatal. Aquí tenemos un programa para la pequeña pantalla, un canal está grabando en octubre su programa especial de fin de año, para el que cuenta con un divo de la vieja escuela, Alphonso –el cantante Raphael que ha aceptado el envite de De la Iglesia de ofrecer una versión pasada de rosca de sí mismo–, y con una estrella juvenil emergente, Adanne. Además seguimos las andanzas de múltiples personajes, algunos ligados a los dos citados por cuestiones de paternidad, otros son los figurantes del programa, en especial el parado José, que ha encandilado a una joven guapísima por misteriosas razones, y que está pendiente de su algo extravagante madre. En las proximidades del programa, en clave de crisis, protestan trabajadores despedidos, mientras el sinvergüenza productor televisivo piensa sólo en llenar su bolsillo.

El director da muestras de una gran pericia técnica en su manejo de un reparto coral y en el endiablado ritmo de la narración, aunque de vez en cuando uno tiene la sensación de estar en medio de un confuso barullo. Pero los chistes orquestados con su coguionista habitual Jorge Guerricaechevarría no son la repanocha en lo que a gracia se refiere, quizá por su diverso tono, algunos de física brutalidad, otros de tipo sexual o de guerra de sexos. Hay muchas referencias cinematográficas, la más clara es la espuma de jabón que remite a El guateque de Peter Sellers, una cinta bastante más lograda, o las menciones no nuevas a La guerra de las galaxias y a Darth Vader padre. Sólo ver a Mario Casas con su pelucón, a Raphael estando, o Terele Pávez con su cruz de Caravaca producen hilaridad, pero esto no basta para armar una buena película.

Por su parte Fernando Colomo ofrece en Isla bonita, además de un film promocional de Menorca, una cinta ligera y sin excesivas pretensiones, que exhibe cierta frescura dentro de su frívola celebración del hedonismo, tan típica del cineasta de Navalcarnero. El propio director hace un poco de sí mismo, al igual que el resto de actores, que conservan su nombre auténtico y profesión, y presenta con agilidad diversos enredos. La excusa argumental la aporta Fer, director de spots publicitarios en horas bajas, acogido en Menorca por su amigo Miguel Ángel para que ruede un documental sobre gentes de la isla. Lo que le permite conocer a su amiga Nuria, escultura, y a su hija, en plena crisis sentimental, porque mantiene relaciones con dos jóvenes.

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