Decine21
Kakeru
7 /10 decine21
Kakeru

Hako no naka no hitsuji

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Violencia

Reparto

Sinopsis oficial

En un futuro cercano, una pareja marcada por la pérdida de su hijo acepta acoger en casa a un niño humanoide creado a su imagen con inteligencia artificial. Lo que empieza como un intento desesperado de aliviar el dolor se convierte en una nueva vida familiar, tan luminosa como inquietante. ¿Puede la tecnología devolvernos a quienes amamos?

7 /10 decine21

Crítica Kakeru (2026)

Kakeru foto crítica.

Hijo 2.0

Un futuro no muy lejano, en que los drones reparten las compras realizadas en internet, muchos desplazamientos se hacen en patinete y otros vehículos de tecnología limpia, y en que la Inteligencia Artificial avanza que es una barbaridad. En esta tesitura, la arquitecta Otone y el constructor Kensuke, un matrimonio que no ha sido capaz de superar la muerte de su hijo Kakeru, un niño, en un accidente, reciben información de una empresa llamada ReBirth que ofrece humanoides para reemplazar a seres queridos, y así sobrellevar mejor la etapa del duelo. La apariencia externa de estos robots es la de un ser humano idéntico al reemplazado, aunque no come ni realiza otras funciones fisiológicas, y puede dañarle el agua; en cambio, previa entrega de vídeos y recuerdos, reproduce fielmente gestos y reacciones del fallecido, y aprende para parecerse cada vez más a él. La llegada a casa de este hijo 2.0 sin coste, es un prototipo, produce reacciones encontradas, pues desde luego aparta el duelo, y despierta el amor durmiente, pero racionalmente no puedes dejar de considerar que estás ante una máquina.

El prolífico y todoterreno cineasta japonés Hirokazu Koreeda, director, guionista y montador, vuelve a demostrar su sensibilidad humanista al proponer una trama en forma de fábula que pone en primer plano la cada vez más omnipresente Inteligencia Artificial, que debería recibir una respuesta concorde a la magnífica humanidad de la que León XIV ha hablado recientemente en una encíclica. Desde luego el film da para mil debates, sobre la aceptación de la muerte y el progreso tecnológico, y late todo el tiempo la idea de si en la progresiva deshumanización del ser humano, distraído con frecuencia en tantas tonterías y perdido en su laberinto existencial, una máquina programada puede desarmar con unas acciones que, parafraseando a Blade Runner, son “más humanas que las de los humanos”.

En ese sentido tienen fuerza las reacciones de la madre –que ve en el robot un reemplazo perfecto de lo que ya tenía, hasta que algo empieza a descuadrarse– y del padre –que del firme rechazo inicial, empieza a establecer una suerte de complicidad, pero también instrumentaliza al chico, a quien ve como una herramienta para descubrir algún “culpable” de la muerte de su hijo–. Y la abuela, con su visita inesperada, introduce también un interesante elemento disruptivo a cómo se ha aceptado ese nuevo estado de las cosas. Es verdad que en la trama hay algunos puntos no resueltos o un tanto opacos, pero el conjunto es tremendamente sugestivo.

Funciona bien el recurso a la arquitectura sostenible, y a las materias de madera y acero, como subtexto de cómo el ser humano debe convivir con las máquinas. O la lectura de “El principito” de Antoine de Saint-Exupéry, con el dibujo de la oveja que nunca acaba de satisfacer hasta que está encerrada dentro de una caja. Quizá es algo forzada la idea del grupo de niños, robots y humanos, que conforman una especie de idílica Tierra de Nunca Jamás en el último tramo del film, que quiere ser muy lírico y que da pie a un último tramo excesivamente largo y abierto a interpretaciones. Y la idea de la comunión con la naturaleza, ecología pura, da qué pensar además de que es muy del gusto oriental.

Haruka Ayase y Daigo Yamamoto hacen un trabajo magnífico como los padres, está lleno de matices y con su concurso se evita en todo momento el acaramelamiento. También resulta natural el niño Rimu Kuwaki, que bien dirigido traslada la impresión de un robot muy humano, pero robot, sin la absoluta perfección de imitar las maneras de un crío. Y tiene mérito el diseño de producción, porque nos introduce en un futurismo cercano y cotidiano, que no busca alardes, de modo que los humanoides y su funcionamiento se aceptan con completa naturalidad.

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