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Una mujer endemoniada (o no) y los vaivenes del amor, otras propuestas del festival

El Festival comienza a tomar carrerilla, ya podemos dar cuenta de tres películas que compiten por la Concha de Oro, incluida la de inauguración, “El amor menos pensado”. Las tres comparten el nexo común de una inmadurez galopante en sus protagonistas. Y da la impresión de que va a haber poco espacio para las risas, visto lo visto.

Quizá sea ese el motivo de que en la gala inaugural, con guión de Borja Cobeaga, Diego San José y Borja Echevarría, se buscara convertir en protagonista al humor, por ejemplo en las alusiones constantes al Festival de San Sebastián como el hermano pequeño del Festival de Cannes. El acto, llevado por Belén Cuesta y Nagore Aranburu, dedicó espacio a las distintas secciones, y presentó a los jurados, incluido el presidente del correspondiente a la sección oficial, Alexander Payne.

Marcos y Ana, una separación

La película inaugural permite algunas risas, pero estamos sin duda ante una tragicomedia, porque se nos habla de matrimonios que naufragan, y la pregunta que subyace al fondo de El amor menos pensado es la de si dos personas que se han dado el “sí, quiero” pueden mantener ese amor toda la vida, un proyecto de vida en común que merezca la pena, o resulta inevitable el aburrimiento y los cambios de pareja.

Marcos y Ana llevan casados más de dos décadas. Su único hijo, Luciano, se marcha a cursar estudios universitarios en España. Se quedan solos, y nada querrían evitar más ellos que el cliché del “síndrome del nido vacío”. La nueva situación les lleva a constatar que se tienen aprecio, se quieren, se gustan, pero… ya no existe la pasión y el enamoramiento de antaño. De un modo un tanto frío y racional, deciden separarse, así podrán emprender nuevas relaciones e introducir un poco de emoción en unas insulsas vidas donde parece que sólo se toleran, lo que desde luego, no les basta.

Estamos ante el debut en la dirección del argentino Juan Vera, más conocido por su faceta de productor, él está detrás de la mayoría de las películas de Pablo Trapero, como Leonera, Carancho o Elefante blanco. Coescrita con Daniel Cúparo, es una larga película, quizá demasiado pues pesan las reiteraciones con situaciones equivalentes e intercambiables, que entre risas y lágrimas quiere ser una agridulce reflexión acerca del amor y de las razones por las que dos personas unidas por el matrimonio puede continuar juntas con el transcurrir de los años. El problema es que al final se reduce a una constatación de hechos, cosas que pasan, y en cambio se encuentran ausentes ideas como la de tener un proyecto común para toda la vida, o la de los sacrificios que se está dispuesto a hacer para sostener dicho proyecto. El amor es lo que vertebra una relación, se viene a decir, pero no se sabe muy bien en qué consiste tal amor.

La descripción de las decisiones, y de otras rupturas de familiares y amigos que ocurren alrededor de la pareja protagonista –dejar a la mujer por una jovencita que podría ser tu hija, o una infidelidad mantenida durante años y descubierta por obra y gracia de Instagram–, sirven para pintar un cuadro demoledor sobre la superficialidad dominante en algunos matrimonios. Pero cuesta si saber si hay crítica mordaz, si se quiere poner en solfa la inmadurez de quien se autodenomina adulto, o simplemente tenemos un dibujo de situaciones donde reímos por no llorar. Sea como fuere, la película se ve razonablemente bien, sobre todo gracias al gran trabajo interpretativo de Ricardo Darín y Mercedes Morán, dos grandísimos actores.

Un poco de agua bendita, por favor

inocente2Una película muy “marciana”. Sintomática de la deriva tomada por cierto sector de Europa occidental, que se diría que navega con rumbo decidido hacia ninguna parte. Al 66, el número de esta edición del festival, le falta un tercer 6 para mostrar el guarismo de la bestia de la que nos habla el apocalipsis. Cualquiera diría que los seleccionadores del festival nos han querido meter a competición a un demonio desquiciado y loco, al que habría que exorcizar inmediatamente, pues estamos ante unos de esa películas que reúne muchos clichés autorales, insoportables silencios, arritmia, metáforas heucas.

El inocente sigue a Ruth, madre y esposa de una devota familia perteneciente a un grupo evangélico cristiano. Algo le pasa a esta mujer, que trabaja en un laboratorio que hace experimentos con monos, confiando un día en trasplantar sus cabezas, el primer paso para hacerlo luego con humanos. Y es que ha salido de la cárcel un tipo con el que tuvo alguna relación en el pasado, y desea averiguar discretamente si fue responsable del crimen por el que ingresó en prisión, motivo por el que recurre a un investigador privado. Pero el antiguo novio muere en la India, donde había ido a buscarse a sí mismo. O no, porque se presenta como una ensoñación en casa de Ruth, y yacerán juntos. Cuando confiesa al esposo su adulterio, el pastor de la iglesia piensa que está endemoniada, pues el antiguo amante está muerto.

Podríamos seguir con la descripción de la trama de este pretencioso y vacío film del suizo Simon Jaquemet, director y guionista, pero me parece que lo dicho resulta más que suficiente. Señalar que su simbolismo busca beber de las mismas aguas que el cine de Ingmar Bergman, o incluso de otros cineastas contemporáneos europeos aficionados a las atmósferas malsanas, como Michael Haneke, Lars von Trier o el bastante discutible Ulrich Seidl, supone mencionar referentes que le vienen grandes, piénsese en lo del mono resucitado, que es de traca por lo risible. Resulta demencial ver a un marido tratar de rescatar a su esposa de las garras del demonio llevándola a un extraño lugar orgiástico. O ver introducida sin que nada aporte, la subtrama de la hija que necesita una vía de escape a la asfixiante y opresiva atmósfera que se respira en el hogar familiar. No hay personajes dignos de ese nombre, sólo un batiburrillo propio de la desorientación nihilista.

Vaivenes del corazón

Un hombre fiel es la segunda película como director de Louis Garrel, de nuevo con su protagonismo dando vida a un personaje llamado Abel, como el de su primer film, Los dos amigos. Consiste en una pequeña pieza de cámara, de estructura impecable, en cuyo guión ha intervenido también un peso pesado de la escritura cinematográfica, el colaborador habitual de Luis Buñuel Jean-Claude Carrière.

hombrefiel1Se trata de una cinta muy francesa, deudora del cine de la nouvelle vague, y muy concretamente del de François Truffaut. Sigue al indolente Abel, plantado por su pareja Marianne, que se va a vivir con quien era su mejor amigo, Paul, está esperando de él un hijo. Ocho años después, Paul muere repentinamente. Y Abel y Marianne retoman su antigua relación, entre las suspicacias del niño Joseph, el hijo de ella, que asegura que la madre envenenó a Paul; y las de Ève, hermana pequeña de Paul, que siempre estuvo obsesivamente enamorada de Abel.

La película no es una obra maestra, pero a pesar de su superficialidad está bien llevada, se sigue con interés, y capta una instantánea de esta sociedad nuestra poblada de adultos inmaduros, los pensamientos de Abel, Marianne (Laetitia Casta) y Éve (Lily-Rose Depp), recogidos con una voz en off, junto a sus decisiones y acciones, impulsivas y poco razonables, son buena muestra de ello.

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