El próximo viernes se estrena Hombres, mujeres & niños, que recurre a una metáfora –la última foto tomada por el Voyager antes de salir de sistema solar, donde la Tierra es un punto apenas insignificante sobre fondo negro, y aún más pequeño parece el legado cultural en forma de resistentes discos de oro que lleva a bordo para potenciales extraterrestres que se encuentren con ella– para recordarnos que a veces el ser humano se autoconcede excesiva importancia. Citando al científico y divulgador Carl Sagan, que preparó el contenido de esos discos de oro, parece que se nos quiere recordar que somos sólo un puñado de moléculas llamados Mengano, Fulano & Zutano. Y sin embargo, nos resistimos a que sólo seamos eso, la explicación del caprichoso azar no nos satisface, la búsqueda de Dios no ceja, y el cine de los últimos tiempos nos recuerda, incluso con una afirmación bien tajante, que El cielo es real.
No es sólo el cine bíblico, cuya última muestra acaba de llegar a los cines, Exodus: Dioses y reyes, la historia de Moisés con el paso del mar Rojo incluido, según Ridley Scott, o la también pasada por agua, del diluvio, Noé, con Russell Crowe. Lo cierto es que las películas que aterrizan estos días a las salas demuestran con diversos tonos y enfoques que el anhelo de Dios y lo espiritual se encuentra más vivo que nunca. Sin ir más lejos sobrevivir en la miseria de las favelas sería todavía más difícil si un sacerdote católico, interpretado por Martin Sheen, ayudado por una voluntaria, no se ocupara de los más desfavorecidos, sobre todo los niños, y les inculcara sólidos principios, en Trash. Ladrones de esperanza.
Woody Allen es el eterno buscador de Dios, y entre bromas y veras seguimos a su “alter ego” Colin Firth en Magia a la luz de la luna, ese insoportable personaje que disfruta descubriendo las supercherías de supuestos videntes, aunque en realidad, en lo más íntimo de su ser, anhela toparse con alguien que no sea un impostor, y le pruebe que la vida no es sólo un valle de lágrimas, que hay algo más.
Me resulta también muy cercana la idea expresada en St. Vincent de que la santidad es algo que se puede vivir en la vida cotidiana, sin hacer aparentemente algo extraordinario, hasta el punto de que puede ser irreconocible para el no avisado; el film protagonizado por Bill Murray hace este planteamiento de un modo inteligente, con un tipo que, desde luego, no es perfecto –la realidad es que todos los santos han tenido defectos–, pero en el que asoman rasgos de una dedicación a los demás que acaban sorprendiendo, y que es capaz de descubrir, como debe ser, un niño, al fin y al cabo, sólo si nos hacemos como tales entraremos en el reino de los cielos, dice el Evangelio.
El tono es ligero y de comedia en Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho?, pero el desconcierto de unos padres católicos cuyas hijas van concertando matrimonio con personas de otras religiones sirve para transmitir una sencilla idea de que debemos respetar las creencias de los otros. En cambio, Camino de la cruz es una película de enfoque grave, que aborda un caso extremo en un grupo integrista cismático de la Iglesia católica: los personajes son sinceros creyentes, pero los excesos del rigorismo, cierta ceguera en que se ausenta el amor, trae consigo la tragedia. En mi modesta opinión el problema en un occidente muy descristianizado no es en estos momentos el fanatismo religioso, sino la exclusión de Dios, pero en cualquier caso aquí tenemos otro film que aborda la fe de frente como tema principalísimo.
En la película Leviatán, que entrega una apasionante foto de la Rusia de nuestros días, a través de las tribulaciones judiciales y familiares de Kolya, por dos veces se hace la pregunta al abogado Dmitri “¿Crees en Dios?”, a lo que responde “Creo en los hechos”. Las alusiones al Job bíblico y al Leviatán se enlazan con una crítica a la compleja connivencia del poder con la Iglesia ortodoxa, lo que no invalida el sermón final del pope sobre el anhelo de la verdad que libera, aunque en la pantalla cobre tintes cínicos.
No quiero ofrecer una lista interminable de títulos, ni forzar la inclusión de algunos, pero pienso que nunca es demasiado tarde para mencionar Nunca es demasiado tarde, sobre esa estupenda obra de misericordia que es enterrar a los muertos, y en que las despedidas son acompañadas, naturalmente, por los ritos funerarios de distintas tradiciones. U Orígenes, que da vueltas a la idea de que la perfección del ojo humano es una buena prueba de la existencia de Dios. En fin, que visto lo visto, el que ignora a Dios en su vida o en el cine es eso, un ignorante.
