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Nunca es demasiado tarde
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Nunca es demasiado tarde

El trabajo de John May consiste en encontrar a los familiares de los que han muerto solos. Meticuloso hasta la obsesión, John va más allá del deber en su trabajo y se involucra al máximo. Su vida es tranquila y ordenada hasta que su jefe le da una noticia devastadora: su despido por recortes. Involucrado aún en su último caso, John se libera de las rutinas que lo han gobernado. Y por primera vez siente la vida con su excitante y peligrosa imprevisibilidad.

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Crítica Nunca es demasiado tarde (2013)

Nunca es demasiado tarde foto crítica.

Funcionario ejemplar

John May tiene 44 años y es funcionario en Kennington, Londres. Es un hombre gris, lleva una vida gris y trabaja en un despacho gris. No tiene mujer, ni hijos, ni amigos. Carece por completo de vida social. Pero May es un fiel trabajador en la singular ocupación que desempeña. Metódico y concienzudo, sobre él recae el cometido de tramitar el destino final de las personas solitarias que han sido halladas muertas y de las que se desconocen sus más mínimos detalles. May recoge las pistas que pueden llevarle a localizar a algún pariente lejano, ex marido, ex esposa, hijos o amigos de la persona fallecida, y finalmente se ocupa de que tenga un entierro digno. Un día el muerto resulta ser un hombre que se alojaba en el piso enfrente del suyo y del que él jamás tuvo noticia.

Podría pensarse que el conde Uberto Pasolini es descendiente del famoso cineasta italiano Pier Paolo Pasolini y, sin embargo, aunque no lo es, sí que tiene curiosamente sangre cinematográfica en las venas, porque es sobrino de otro celebérrimo colega, Luchino Visconti. Pasolini es conocido sobre todo por sus labores de producción en películas de gran renombre, como Full Monty. Como director no se ha prodigado demasiado. Comenzó como asistente de dirección en La misión y posteriormente debutó tras las cámaras con la comedia Machan. En su segunda película como director, Nunca es demasiado tarde, demuestra tener una sensibilidad poco común y una mirada tierna y amorosa hacia el ser humano, lo que le permite contar una historia muy minimalista para, lejos de cualquier edulcoramiento, transmitir una gran hondura antropológica.

A través de los ojos y del comportamiento del protagonista, el espectador empieza a ver que las personas muertas no son simples desperdicios, cenizas destinadas a rellenar jardines, material de deshecho al que hay que ir dándole salida. Detrás de cada cadáver hubo una vida, alguien que amó y fue amado, quizá un padre o una madre, personas que tuvieron momentos buenos y momentos malos, con virtudes y defectos. Son personas que merecen un respeto, cuya dignidad está por encima de sus circunstancias, de presupuestos económicos, de frivolidades administrativas.

La película de Pasolini recuerda en cierto modo el fantástico film Despedidas, en donde el respeto hacia el ser humano iba también más allá de la muerte. Como en ese film japonés, Pasolini también sabe ofrecer leves escenas de tono elegiaco, a la vez muy sobrias y logradas, que hacen reflexionar acerca de la dignidad de la vida humana, también en su faceta abierta a la trascendencia. Ayuda una maravillosa banda sonora de la conocida compositora Rachel Portman, a la sazón ex esposa de Pasolini, con quien tiene tres hijos.

Nunca es demasiado tarde es una película con pocos diálogos y contados actores. Un film peculiar, donde todo el protagonismo lo asume un lacónico y excelente Eddie Marsan, con un personaje sólido, rarito sin duda, pero con un corazón enorme para mirar con asombro y responsabilidad la vida y la muerte. Su John May quizá sea despreciable, anodino, a los ojos del mundo, pero resulta admirable y sus actos hablan a las claras de una vida plena, rebosante de grandeza moral.

Últimos comentarios de los lectores

M Dolores - Hace 2 años

Aquejado de una nostalgia excesiva por gente que nunca ha conocido, el protagonista dedica su tiempo y esfuerzo en buscar familiares o amigos de personas fallecidas que, habiendo muerto en soledad y abandono, los allegados ni siquiera saben si todavía están vivos.
Como es de esperar, la decepción y el desencanto del buen samaritano están garantizados.
La intención, el planteamiento y la interpretación es impecable.
Sin embargo, el resultado parece una moraleja que, para un espectador confiado y optimista, es deprimente.

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