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In memoriam

Protagonizó títulos como "Cristo se paró en Éboli" y "Zorba el griego"

Muere la actriz Irene Papas, a los 96 años

La actriz griega por excelencia, desprendía poderío desde la pantalla. Su belleza mediterránea le sirvió para encarnar a las heroínas de las tragedias clásicas y a mujeres del pueblo de increíble magnetismo. Irene Papas ha fallecido a los 96 años, segun ha informado el Ministerio de Cultura de Grecia. Llevaba años aquejada de Alzheimer.

Irini Lelekou, conocida mundialmente como Irene Papas (o Ειρήνη Παππά, si usamos el alfabeto griego), nació en Chiliomidi, a las afueras de Corinto, Grecia, el 3 de septiembre de 1926. Se trata, sin duda alguna, de la actriz más prestigiosa de su país, con una dilatada y nunca interrumpida carrera fílmica a sus espaldas, un declaradísimo amor a las tragedias de los clásicos griegos, que ha representado en los escenarios, y una dedicación al mundo musical junto a compatriotas suyos de la talla de Vangelis.

Irene se formó en la Escuela Nacional de Teatro Griego en Atenas para integrarse después en el Teatro Nacional de Grecia, con el que participó en representaciones de obras tan poderosas como “Las troyanas” de Eurípides, y “Medea” y “Electra” de Sófocles. Sobre la fuerza de estas obras ha comentado que “son textos imperecederos porque van al fondo del razonamiento, a la existencia del bien y del mal”. En aquella época juvenil conoció a su único marido, Alkis Papas, con el que estuvo casado entre 1943 y 1947; como puede verse, contrajo matrimonio a la temprana edad de 17 años. Ya no volvería a casarse, aunque sí tuvo relaciones amorosas largas y épocas de “viudez”, como ella dice. No ha tenido hijos, y afirma que le ha marcado su experiencia de sufrir la guerra, la ocupación nazi y la lucha interna.

En cine arrancó su carrera en Grecia en 1948 con Hamenoi angeloi. En 1953 rodó dos títulos en Italia como secundaria, uno de ellos la notable Los infieles, de Mario Monicelli y Steno. En la década de los 50 picotearía en diversos títulos europeos de calidad bastante discutible, pero que le permitían estar en la pantalla. Su debut hollywoodiense vendría de la mano de un western, La ley de la horca, título de Robert Wise donde le acompañaba el duro James Cagney. Se atribuye a Elia Kazan que la meca del cine se fijara en Papas, sin duda que el cineasta y director teatral conocía la maestría de la actriz en la representación de las tragedias clásicas griegas. Y en efecto, volverían a acudir a ella para la bélica Los cañones de Navarone (1961) y las disneyana La bahía de las esmeraldas (1964).

Era absolutamente lógico que si Papas era buenísima en los escenarios haciendo grandes tragedias, alguien acabara llevándolas al cine. De modo que la actriz encarnó a las heroínas griegas por excelencia en Antígona (Yorgos Javellas, 1961) y Elektra (Mihalis Kakogiannis, 1962). Si un año debe quedar marcado en la carrera fílmica de Papas, ese año es el 1964. No sólo es el año de Navarone, sino el de Zorba, el griego, donde le volvía a dirigir Kakogiannis, con la inolvidable música de Mikis Theodarakis. Coincidió allí con Anthony Quinn, con quien en 1954 ya había hecho un peplum, Atila, hombre o demonio, y al que volvería a tener como compañero de reparto en Sueño de reyes (1969), Mahoma, el mensajero de Dios (1976) y El león del desierto (1981).

Su rostro mediterráneo, moreno y de labios carnosos, que bien podía dar pie a un clásico busto griego, y su formación teatral, la convirtieron en actriz ideal para películas de época, de modo que estuvo en títulos como las miniseries La odisea (versiones de 1968 y 1997), Ifigenia (1977) y Las troyanas (1971), donde además de dirigirle una vez más Kakogiannis, tuvo como compañeras de reparto a Katharine Hepburn, Vanessa Redgrave y Geneviève Bujold. Otros títulos de corte histórico en que intervino son Ana de los mil días (1969) y La Biblia: Jacob (1994). Verdaderamente era curioso que su porte sirviera para personajes regios o de marcado carácter popular.

Aunque selecta en los filmes que participaba, Papas no despreciaba ningún género, de modo que ha hecho incluso terror como el de Angustia de silencio (1972). E intervino en cine de inquietudes sociales, con títulos tan destacables como Z (Costa-Gavras, 1969) y Cristo se paró en Éboli (Francesco Rossi, 1979). Con Rossi volvería a trabajar en la adaptación imposible de una obra de Gabriel García Márquez, Crónica de una muerte anunciada (1987). 


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Una mujer, Clara Peploe, la dirigió en Temporada alta (1981), agradable y leve film donde aletea la cuestión de la herencia griega europea. Sin duda que compartir inquietudes culturales le ha llevado a repetir con el director portugués Manoel de Oliveira en Party (1996), Inquietud (1998) y Una película hablada (2003). Su último trabajo hollywoodiense fue en la poco resultona La mandolina del capitán Corelli (2001) , donde también se veía a la española Penélope Cruz. Y precisamente en España rodó Yerma (1998), basada en la obra homónima de Federico García Lorca.

A Papas se le ha reconocido su esforzado compromiso con las artes escénicas. Sobre el valor de las obras clásicas, ha dicho que son “alimento de primera mano para jóvenes acostumbrados a recibir respuestas sin plantearse preguntas, están bombardeados por productos que les niegan la lógica de acto y resultado: todo está programado de antemano ”, lo que le ha llevado a involucrarse en la enseñanza teatral. De modo que ya anciana creó una Escuela Internacional de Interpretación con sedes en Atenas, Roma y Sagunto. Además, se empeñó a fondo con el proyecto de la Ciudad de las Artes Escénicas de Valencia, donde incluso compartió la dirección de obras con La Fura dels Baus.

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