Los escalones (Sylvester Stallone, Plaza & Janés, 347 págs)
Un estupendo libro de memorias de Sylvester Stallone, que no abarca toda su trayectoria, la intención es mostrar “los escalones” que le permitieron ascender “la escalera” de Rocky, la película que concibió contra viento y marea logrando su control, pese a mil y una presiones, y que logró la hazaña de triunfar en los Oscar, aun teniendo detrás a quien entonces era un desconocido recién llegado. Y eso que competía con otras producciones de 1976 de indudable categoría y calado político, como eran Todos los hombres del presidente, Network. Un mundo implacable o Taxi Driver. Curiosamente la publicación del libro coincide con el estreno de la película Yo soy Rocky, aunque salvo error mío, no se basa en el libro de Stallone.
Una de las cosas que se notan nada más iniciar la lectura de “Los escalones” es que Sylvester Stallone es escritor. Ha escrito muchos guiones, sabe estructurar una historia huyendo de convencionalismos puramente lineales y previsibles, conoce los recursos narrativos que ayudan a que el lector enganche. Así que, ¡sorpresa!, su autobiografía empieza en España, donde ha viajado el joven Sly como mochilero en busca de sí mismo. La lectura de las líneas de su mano por parte de una adivina, Madame Pilar, augura éxito en arte dramático, recomienda nada de comedia o cantar, y predice fortuna para 1976. Cualquiera que conozca mínimamente la trayectoria de Sylvester Stallone como actor, guionista, director o productor, sabe que algo de eso ha ocurrido a lo largo de sus 80 años de vida. De modo que logra que te pique la curiosidad. Y lo que viene a continuación no defrauda.
Nuestro autor maneja un estilo directo y comprensible, con algunas ideas curiosas, como la de entregar a veces algunas líneas como cortadas, podría ser poesía urbana, o que se ha puesto en modo balbuceo, tan característico en él. Y cuenta la vida dura que precede a la subida de los escalones vitales, empezando por la realidad de que fue un hijo no deseado, o que su parto fue difícil y tuvo secuelas, parálisis y desfiguración parcial del rostro. Sus estudios iniciales en Miami, sus primeros pasos como actor, el regreso desde España a Nueva York para empeñarse en serio en sus esfuerzos interpretativos, viviendo en cuchitriles infectos, se cuenta de un modo que no suena a alardear en plan “qué mal lo ha pasado”. Hay un empeño por mirarse a sí mismo honesto, y de mostrar lo mucho qué le afectó la distancia con unos padres de los que no recibió todo el amor que hubiera deseado. Pero sin reproches o ajustes de cuentas, expone los hechos, y cómo le afectaron. Habla además de su hermano Frank; y de su primera esposa Sasha, con la que tendría dos hijos. Lo hace con delicadeza, refiriendo la ayuda mutua que se prestaron en momentos clave de sus vidas, cómo ella le mecanografiaba sus guiones, y fue un apoyo esencial, sin duda el referente de Adrian en Rocky. Aquí, a la hora de casarse, «no era una decisión pasional», consigna que no tenían una adscripción religiosa concreta, y que acudieron a una reverenda de la Asociación de Todas las Religiones.
El joven aspirante a actor debe buscar agente, y experimentar muchas humillaciones. Pero no se cansa, y a la vez pasa por múltiples oficios, uno el de acomodador de The Baronet and Coronet Theater, en la esquina de la calle Cincuenta y nueve con la Tercera Avenida, donde vería muchas películas y prestaría mucha atención a los diálogos, tratando de entender qué convertía en buena a una película. Explica Stallone cómo leyó mucho en la Biblioteca Pública de Nueva York, que describe como «el Vaticano de las Palabras», y cómo también escribió mucho, experimentando las bondades y limitaciones de aquello tan manido de “escrib sobre lo que conoces”, que puede estar muy bien, pero no interesar a casi nadie. Todas las vivencias, señala, le ayudarían a entender y componer su personaje de John Rambo en Acorralado, esa sensación de que el sistema y la sociedad a veces no ayudan, pero eso no supone que haya que rendirse.
Son muy disfrutables todas las anécdotas que jalonan las más de 300 páginas del libro, cuando acude a los “castings”, en que puede encontrarse comentarios como el de «no eres lo bastante intimidatorio», algo que no aceptó fácilmente, lo que se tradujo en que Woody Allen lo aceptara en Bananas, en un papel de minuto y medio sin diálogo. No tiene precio enterarse de que Francis Ford Coppola entró en su cine para ver Llueve sobre mi corazón y la reacción del público, y él no tuvo valor para decirle que tal vez habría ocho personas en la sala, como mucho: al salir hecho polvo «se le caían las lágrimas (…) y pasó rápidamente junto a mí». Como luego vendría el éxito de El padrino, Stallone no dejó de extraer valiosas lecciones del sucedido, hay que perseverar y no tirar la toalla a las primeras de cambio. Y sí, Talia Shire, la hermana de Coppola y hermana de Michal Corleone en El padrino, sería la inolvidable Adrian de Rocky.
Resulta apasionante toda la parte del libro dedicada a cómo concibe el guión de Rocky. Por supuesto hay mucho de él en Rocky Balboa, pero advertir que convertir su personaje en boxeador podía ser una gran idea, cambia las cosas. Él tiene claro que su guión es el de una historia de amor, que el boxeo no es lo más importante, pero convencer de ello a sus productores no es tan sencillo. El creer en su historia y poner como condición de una película que él debía ser el protagonista demuestran su fuerza de voluntad y su compromiso con lo que tenía entre manos; resulta apasionante la puja creciente en dólares por el guión, que él no acepta aunque se trata de cifras que nunca habría soñado, y que le sacarían de su indigencia, no puede haber otro actor que haga de Rocky Balboa que no sea él. El cineasta neoyorquino tan ligado a Filadelfia sabe contar todo el proceso creativo, la importancia de entrenar, y de conceder un realismo nunca visto a sus combates, pero concibiendo una coreografía que tiene que ver con la personalidad de Rocky y su rival Apollo Creed. Pienso que sabe consignar todo lo importante en relación a esta película, pero sin volverse prolijo con detalles que no interesan a casi nadie. Tiene la virtud de entregar lo relevante, lo que tiene mucho mérito.
