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Mea Máxima Culpa
4 /10 decine21
Mea Máxima Culpa

Mea Maxima Culpa: Silence in the House of God

  • Duración: 01h 47 min
  • Género: Documental
  • Público apropiado: Adultos
  • Valoraciones: decine21 (4) | usuarios (2.5)
  • 2.5
    Votos usuarios ( 2 votos ) Comentarios
  • Título original: Mea Maxima Culpa: Silence in the House of God
  • Año: 2012
  • Países: EE.UU., Irlanda
  • Dirección: Alex Gibney
  • Guión: Alex Gibney
  • Música: Ivor Guest
  • Fotografía: Lisa Rinzler
Contenidos (de 0 a 4 ¿qué es esto?)
0
Acción
0
Amor
2
Lágrimas
0
Risas
2
Sexo
2
Violencia

Sinopsis oficial

Mea Maxima culpa (Silence in the House of God)

El cineasta Alex Gibney, ganador de un Oscar, investiga la figura de un sacerdote que abusó de más de 200 niños sordos en la escuela que dirigía.

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Crítica Mea Máxima Culpa (2012)

Mea Máxima Culpa foto crítica.

Escándalo pedófilo en la Iglesia: los malos pastores

Durísimo documental que aborda los casos de pedofilia protagonizados por sacerdotes católicos en la segunda mitad del siglo XX, que conocidos con décadas de retraso por el gran público provocaron escándalo, también entre los fieles, por ser las víctimas niños inocentes; darían lugar a largos procesos judiciales, que en algunos casos todavía se están dirimiendo en los tribunales, con enormes costes económicos y emocionales. Lo dirige el especialista en el género Alex Gibney, responsable de Enron: los tipos que estafaron a América y la oscarizada Taxi al lado oscuro.

Mea máxima culpa está vertebrada por un caso concreto, los abusos realizados por el padre Murphy en la escuela de sordomudos de Saint John, en St. Francis, Milwaukee, donde permaneció entre 1950 y 1974, y donde las cifras bailan, aunque se habla de un número de víctimas superior al centenar. La cinta cuenta con el testimonio de tres de las personas que sufrieron esos abusos, y que narran con una crudeza difícilmente soportable -ponen voz a su lenguaje de signos en la versión americana conocidos actores- sus padecimientos, que les marcarían de por vida y acabarían llevándoles a la decisión de hablar -es una forma de decir- alto y claro.

Al igual que han tratado de hacer tribunales civiles y eclesiásticos cuando se han denunciado los hechos, y también los medios de comunicación, resulta loable el deseo de Gibney por arrojar algo de luz a crímenes tan deleznables como los que ocupan a Mea máxima culpa, y buscar responsabilidades, también en el posible encubrimiento o negligencia para impedir nuevos abusos por parte de la jerarquía. Y desde luego cuenta con material sobrado para golpear fuerte en la sensibilidad del espectador. Otra cuestión es si logra ofrecer un cuadro equilibrado sobre el problema pedófilo y el modo de encararlo en la Iglesia en general, y en el caso Murphy en particular, que es sobre el que maneja más datos. Pues otras referencias (Irlanda, Marcial Degollado, otro caso italiano de sordomudos) no dejan de ser bastante someras, menciones para hacer ver la gravedad de la situación.

Lo cierto es que el documental de Gibney peca de parcial, con ideas preconcebidas y bastante afirmaciones no suficientemente fundamentadas. Hablar de que la pedofilia en la Iglesia se remonta al siglo IV, presentar el celibato sacerdotal como un problema, o atacar el estatus de país soberano del Vaticano asociándolo con el fascismo de Mussolini, son, en el mejor de los casos, enormes simplificaciones, cuando no muestras de mala fe. Algunas cuestiones como las supuestas prisas en la beatificación de Juan Pablo II, o los pactos de silencio a cualquier precio, pueden añadir un elemento novelesco a lo ocurrido, pero no parecen muy rigurosas ni se aportan datos que las corroboren.

Como sostiene el analista Sean Murphy (nada que ver con el padre Murphy) en un riguroso estudio del caso vertebrador, que se puede consultar aquí en inglés, las cosas no son tan simples como las muestra Mea máxima culpa, que da a entender que el Vaticano nunca quiso investigar los abusos sexuales -acusa gravemente y sin pruebas de que ahí se conocían los hechos desde 1974, cuando parece claro que no hubo constancia en Roma hasta 1995, haciendo responsables finales a Juan Pablo II y Benedicto XVI-, buscando proteger a los sacerdotes pederastas.

Está claro que ha podido haber errores e incluso momentos de insensibilidad pastoral y humana con las víctimas, pero llama la atención que Gibney acuse globalmente a la Iglesia de silencio consciente ante graves crímenes desde tiempo inmemorial, y al mismo tiempo trate de exonerar al obispo Weekland -que ha hablado para la película-, bajo cuya autoridad permaneció Murphy durante dos décadas, y que para enredar más las cosas tuvo varias aventuras homosexuales durante su mandato en la diócesis de Milwaukee. No es éste el lugar para un análisis en profundidad de los pormenores del caso, pero sí resulta necesario advertir que la baraja con la que Gibney juega su “partida peliculera” está marcada en gran parte por los prejuicios.

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