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Zona friki

Harry Potter... ¡Al final voy a tener que rectificar!

Es habitual que los medios de comunicación aireemos lo malo a los cuatro vientos, porque tiene más audiencia que todo aquello que sea

Harry Potter... ¡Al final voy a tener que rectificar!

Es habitual que los medios de comunicación aireemos lo malo a los cuatro vientos, porque tiene más audiencia que todo aquello que sea positivo. A veces es una costumbre nefasta, pues por ejemplo, ¿acaso se le va a dedicar los medios a Marta Domínguez tantísimo espacio como cuando supuestamente formaba parte de una trama de dopaje ahora que el juez ha llegado a la conclusión de que es inocente? Pues posiblemente deberían lavar su buen nombre...

El caso es que después de diez años despotricando contra las adaptaciones cinematográficas de los libros de Harry Potter (contra más malo he sido más visitas tenía), sería absurdo que me desdijera ahora. La saga contaba con los mejores actores del cine y el teatro británico incluso para papeles nimios: Maggie Smith, Fiona Shaw, Julie Walters, Timothy Spall, Gary Oldman, Richard Harris (que falleció antes de acabar la saga), Julie Christie, Bill Nighy, Ralph Fiennes, Emma Thompson y hasta Kenneth Branagh ha pasado por allí-, mientras que los chavales protagonistas estaban bien escogidos. Además, la ambientación era bastante convincente, y los efectos especiales de primera, por lo que se reconocían las líneas de J.K. Rowling en las imágenes.

Y sin embargo, nada era capaz de emocionar. Conforme los libros se hacían más complejos -las críticas salían en la sección de adultos de los periódicos, y lectores bastante talluditos los devoraban-, había que ir reduciéndolos cada vez más para que el libro cupiera en una película de dos horas, por lo que todo parecía demasiado apresurado y a veces esquemático.

Hasta ahora, la única cinta de Potter que me había interesado mínimamente, al menos a nivel visual, era Harry Potter y el prisionero de Azkaban, dirigida por un realizador de primera, Alfonso Cuarón (Hijos de los hombres), pero el salto temporal del final me sacaba de la película, porque si se puede solucionar cualquier desgracia y a los guionistas les vale todo, ya nada me resulta dramático.

Pues bien, a pesar de todo esto, tengo que decir que he ido a ver el final de Harry Potter con todos los prejuicios del mundo, y hasta me ha gustado. ¿Cómo es posible? Creo rotundamente que ha sido un acierto que se dividiera el último libro en dos mitades, pues aunque esto sólo ha sido un pretexto para cobrar dos entradas, lo cierto es que el realizador David Yates -artífice de la imprescindible serie La sombra del poder (2003)- ha dispuesto de margen para contarlo todo con tranquilidad.

Las películas deben estar contadas con el ritmo apropiado, aunque muchas veces se confunde dinamismo con apresuramiento, o con meter muchas imágenes, y sino que se lo cuenten a Michael Bay, que piensa que sus películas son trepidantes, porque bate todos los records de edificios destruidos y explosiones por minuto, pero eso no quiere decir que la trama avance ya que desde el principio hasta el final no ha ocurrido nada que tenga trascendencia.

En Harry Potter y las reliquias de la muerte (2ª parte) el director se permite el lujo de detener la narración, y que por ejemplo el protagonista hable sobre la muerte con personajes relacionados con su pasado, en una secuencia que tiene el “tempo” de una película de Bergman. Como resultado de este ritmo relajado, cuando Potter decide enfrentarse a su destino, la tensión dramática es brutal (por primera vez en la saga).

No le ha quedado nada mal a Yates tampoco la evocadora narración de la historia del profesor Severus Snape (por fin se justifica un poco que el gigantesco Alan Rickman haya sido escogido para interpretarlo, porque hasta ahora era mera comparsa). Total, que reconozco que la cosa funciona. Sin duda, un buen broche de oro a una saga que nos ha acompañado exactamente durante una década. ¡Parece que fue ayer cuando empezó!

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