La última película de Pedro Almodóvar, “La habitación de al lado”, no contiene escenas tórridas. Explica el manchego en una entrevista a “Vanity Fair” que ya ha servido suficientes en sus películas anteriores, aunque añade que “me gusta mucho ver películas de directores jóvenes que son sexualmente explícitas”.
Puede que sus deseos se hayan hecho realidad, pues directores jóvenes, y no tan jóvenes, vienen entregando en los últimos tiempos muchas películas con abundante carnalidad. Digo lo de no tan jóvenes, porque octogenarios como Francis Ford Coppola en Megalópolis y Ridley Scott en Napoleón, no han sido precisamente recatados a la hora de incluir contenido sexual explícito en los citados filmes, lo que, por cierto, no ha redundado en aplausos de público y crítica hacia esos trabajos.
Más joven es la cuarentona Audrey Diwan, que inauguró el Festival de San Sebastián con la muy denostada Emmanuelle, nueva versión de una película escandalosa de la década de 1970, resulta un tanto vergonzante que se le concediera ese honor en Donosti, y me confirma la impresión de que el único mérito para que su film El acontecimiento ganara el León de Oro en Venecia fue su discurso proaborto. Ya lo dije, ni siquiera hubo pase de prensa, eso que me ahorro, consulto que la metapuntuación de la crítica le concede 38/100, cifra bastante significativa.
Pero en fin, detecto una tendencia grande a incluir escenas de sexo bastante gráficas en películas y series que plantean temas de interés, lo que no impide que se acuda a este discutible recurso. Me parece, por ejemplo, éticamente reprobable, que se incluyan este tipo de escenas con el protagonista de The Apprentice. La historia de Trump, siendo como es Donald Trump un político vivo, y con grandes posibilidades de volver a ser presidente de Estados Unidos. No imagino que se denigre por ejemplo a Barack Obama con el mismo recurso, mostrándole retozando con su mujer Michelle, del modo en que se hace en este film con su primera esposa Ivana. Y mira que se han hecho películas con el presidente demócrata. Por supuesto, sería impensable en España una cinta con Pedro Sánchez y Begoña haciendo ñacañaca, y me parece bien, aunque me viene la memoria la portada de pésimo gusto de “El jueves” con Felipe y Letizia de hace unos años, pero en fin, que me voy del tema.
A estas alturas, y más que consagrada, Nicole Kidman se ha metido de lleno en Babygirl, que se comenta que es su cinta más tórrida desde los tiempos de Eyes Wide Shut, realizada hace ya 25 años. No fue el único título de alto voltaje en la última edición del Festival de Venecia, ahí también se proyectó Queer, de un director, Luca Guadagnino, que no suele escatimar en escenas escabrosas. También se despachó a gusto Alfonso Cuarón con Disclaimer, no dejan de salir en su serie unas fotografías escandalosas, además del muy explícito juego de seducción de un jovencito y la madre de un niño. En fin, si nos vamos a Cannes, la ganadora de la Palma de Oro Anora tampoco ahorra en sexo, y si anda de por medio Yorgos Lanthimos, ya sabemos lo que toca, en Kinds of Kindness repite la explicitud de Pobres criaturas.
En fin, son ejemplos, no quiero aquí ofrecer un catálogo exhaustivo de títulos antropológicamente paupérrimos, en que el deseo, el folleteo, la carnalidad, la búsqueda turbada de la propia identidad sexual, domina la escena, tenemos en la pantalla a personajes de cortas miras, narcisistas, egocéntricos, turbados, heridos, con su espíritu lastrado por las pasiones y las miserias, sólo a veces asoma el amor, lo único que nos salva.
No deja de ser irónico que vivamos los tiempos del “sí es sí”, en que hay que garantizar el consentimiento en las relaciones de pareja, y en que asoman los especialistas de intimidad en el cine, y observatorios que seguro que son geniales, como el auspiciado por la Academia de Cine y el Ministerio de Cultura, nada menos que la Unidad de Prevención y Atención Contra las Violencias Machistas en el Sector Audiovisual y Cultural, nombre pomposo donde los haya, pero que son sintomáticos de que algo no funciona en una atmósfera social saturada de sexo. Los psiquiatras y psicólogos advierten seriamente de la adicción a la pornografía, una fea realidad, y entretanto sigue el festín de material perverso que nos empobrece como personas, con la libertad como coartada y mucha frivolidad y mucha pasta de por medio. En fin, hay mucho que hacer para poder mirar al otro limpiamente, y no devorándole con el deseo.
