Paul Auster, presidente del jurado, presenta en la sección oficial, pero fuera de concurso, La vida interior de Martin Frost. La última producción del artista me recuerda a los esbozos y borradores de los grandes maestros, o a los escritos inéditos, inacabados, del novelista, que se publican de modo póstumo. Rara vez presentan la genialidad de las grandes realizaciones –pienso en las muchas obras póstumas que le han salido a J.R.R. Tolkien, el autor de “El Señor de los Anillos”–, y es lógico, pues por alguna razón su autor no las había entregado para su publicación.
La vida interior de Martin Frost nace de la novela de Paul Auster “El libro de las ilusiones”. Allí el protagonista descubría las películas geniales de Hector Mann, un cineasta cómico de la época muda; a medida que investigaba en su obra, llegaba a conocer una película que se distanciaba mucho en tono del resto de su producción, “La vida interior de Martin Frost”. Y es esta película imaginaria la que Auster se ha propuesto convertir en realidad fílmica.
Estamos ante una película pequeña, con tan sólo cuatro personajes. Martin Frost (David Thewlis) acaba de publicar su última novela, y como es su costumbre, ha decidido retirarse al campo, lejos del mundanal ruido. Le ha prestado su casa un matrimonio amigo, y allí espera encontrar paz y tranquilidad. Pero una mañana se despierta con una mujer en su cama. La sorpresa de ambos es mayúscula. La desconocida se presenta como Claire (Irène Jacob), sobrina de los dueños del lugar, que tenía llaves de la casa y que ignoraba que hubiera un invitado. Martin se siente molesto, pero ella le asegura que no le molestará; ella está escribiendo su tesis en filosofía sobre Berkeley, y también necesita aislamiento y concentración. Así que comienza la convivencia, que termina en pasión amorosa. El misterio surge cuando una llamada telefónica revela que Claire no es quien dice ser.
Quiere ser ésta una exploración sobre la inspiración y la creación artísticas, y los sacrificios que conllevan. Hay detalles bonitos sobre el afecto manifestado en cosas pequeñas, la delicia de una vida sencilla y hasta cierto punto, contemplativa, y las consecuencias del amor. La intencionalidad simbólica permite variadas lecturas, se puede sacar punta a lo que ven nuestros ojos. La declaración de que es más importante el amor que la obra de arte –ésta debería ser de algún modo una declaración de amor, o no sería tal obra de arte– es valiente, más en un artista reconocido como Auster. Pero dicho esto, el film no deja de transmitir la sensación de un trabajo menor, donde su autor da vueltas sin avanzar a lo que ha dicho y hecho otras veces. Es como si ante una casa ya existente hubiera decidido remozar el tejado, o pintar las paredes de los pasillos. La idea de “la musa encarnada”, con la que son tocados los aspirantes a escritores, propicia también la entrada en escena de los personajes de Michael Imperioli (un fontanero, que escribe en sus ratos libres novelas horribles, y que tiene cierta conexión con el personaje de Harvey Keitel en Smoke, como el de Thewlis la tiene con el de William Hurt en ese mismo film) y Sophie Auster. La presencia de la hija del director es algo caprichosa, parece que nos haya querido mostrar lo guapa que es y lo bien que canta. Me recordó a la decisión de Francis Ford Coppola de fichar para El padrino III a su hija Sofia, algo que le valió la acusación de nepotismo, y que frenó algo la carrera cinematográfica de Sofia Coppola, ahora sí, definitivamente catapultada. Espero que no le pase lo mismo a Sophie.
El alemán Hans Weingartner parece haberse abonado a un cine que aboga por la utopía, cambiemos el estado de cosas en un mundo aborregado y tal. Como hacía en Los edukadores, en Reclaim Your Brain (Exige tu cerebro) se sitúa en contra del conformismo y aboga por la loable meta de que las personas piensen por sí mismas. Lo hace tomando pie del mundo televisivo, sembrado de programas-basura, que se supone reclama la audiencia. Rainer es un productor que ha impulsado “reality shows” como el del superbebé, en que una joven escogerá pareja para engendrar el niño perfecto después de que tres “supermachos” demuestren la calidad de su esperma en una lamentable carrera de laboratorio, jaleada por la audiencia. Pero Rainer toca fondo después de que la joven Pegah colisione adrede su vehículo contra el del otro; el motivo es el suicidio del abuelo de ella, causado por una falsa noticia propalada por uno de sus programas. A partir de ese momento Rainer dedica todo su dinero y energías a cambiar los hábitos televisivos; primero lo hace con un programa llamado “Cosas que deberías saber”, pero el público no responde; de modo que intenta un plan más audaz, que empieza por descubrir los domicilios de las personas que tienen instalados en sus casas los aparatos de medición de las audiencias.
La intención de la película de Weingartner resulta evidente, quizás a veces resulta idílico en extremo. Pero cuenta la historia con dinamismo y buenos puntos de giro, tiene una agradecible carga social, y presenta momentos humorísticos muy logrados, a partir del equipo que Rainer forma para lograr su propósito, con personajes tan divertidos como el guardia jurado que ve conspiraciones por todas partes. Es de esas películas que se mete al público en el bolsillo, pero que los jurados sesudos no suelen contemplar como premiables. Ya veremos si me equivoco.
Y otra película más de las muchas por llegar sobre la guerra de Irak, se pudo ver en Zabaltegi. En el valle de Elah está dirigida por Paul Haggis, y aunque no alcanza el nivel de su oscarizada Crash es un título valioso, bien resuelto y con momentos conmovedores. La película sigue a Hank, un antiguo policía militar, al que comunican que su hijo Mike, un marine destinado en Irak que había regresado a Estados Unidos, no se ha presentado de vuelta a su cuartel. Temiendo que se haya metido en algún lío, Hank viaja a Fort Rudd, y una retahíla de dolorosas realidades van a convencerle de que su país está aquejado de una grave dolencia moral.
Haggis entrega una historia inteligente, que inicialmente sigue las convenciones del thriller de investigación en ambientes militares, pienso en títulos como Algunos hombres buenos, Basic, En honor a la verdad, La hija del general… Pero el cineasta sabe dar otra vuelta de tuerca a la cosa, para hablar de los efectos que tiene la guerra en Irak en unos jóvenes que en principio son buenos chicos, pero que terminan convertidos en unos tipos insensibles, embrutecidos, hundidos en la violencia, la droga y el sexo, para los que la noción de que la vida es algo sagrado ha perdido validez. Esa bandera de Estados Unidos izada al revés dice mucho, Haggis se las arregla para, sin aspavientos, criticar la política de la administración Bush en Irak y la indiferencia de sus conciudadanos, y hacer una llamada de urgencia al cambio.
¿Es injusto Haggis en lo que nos dice? El caso terrible que nos cuenta, que se dice inspirado en hechos reales, puede llevar a una generalización. La guerra embrutece siempre, pero se diría que el miedo a los atentados que caracteriza a la actual, la presencia del terrorismo, convierte “impepinablemente” a todos sus protagonistas en desalmados. Y Haggis parece decir que esto es más la norma que la excepción.
Tommy Lee Jones está genial con su rostro rocoso, que cada vez le acerca más a un Clint Eastwood envejecido. Su personaje resulta clave como guía en el descenso a los infiernos que propone el film, porque él es un patriota, ama a su país, cree en Dios, ama a su familia. Es un gran profesional –cuántas chapuzas saca a la luz en el trabajo de la policía, y qué bien construida está la relación con la inspectora–, sobrio –qué bonito el detalle de cómo “plancha” los pantalones, o recomienda la medias contra el frío–, enamorado de su mujer.
