Como es bien sabido, el mito del progreso sostiene que la sociedad sólo puede ir a mejor, cualquier tiempo pasado fue peor, y el futuro será maravilloso porque nos vamos perfeccionando. Se aplica en todos los ámbitos, también al cine.
De modo que el cine clásico queda relegado al baúl de los recuerdos. Los chavales actuales son unos auténticos analfabetos cinematográficos, y no es sólo culpa suya. Les idiotizamos con Tik Tok, y en vez de reconocer que esos vídeos breves son casi siempre una estupidez, sólo nos llevamos las manos a la cabeza cuando a los que mandan les interesa alertarnos del peligro chino: “¡se van a hacer con todos nuestros datos!”, vociferan alarmados. Hasta he escuchado a alguien asegurar que en China la gente joven ve sólo vídeos inteligentes en Tik Tok, y en cambio en Occidente los seleccionan para idiotizar a los pobres niños y así conquistar el mundo.
Pero no hace falta ser un menor de 18 años necesitado de bono cultural cortesía de un gobierno comprador de votos frescos, para estar preocupados sólo de ver la última película y la última serie, y poder decir que sí, que por supuesto que estamos en la pomada y hemos visto The Last of Us, Bosé o The Mandalorian, el último Avatar, el último Marvel, el último DC, o bien un rato, “no la vi entera”, “no se entiende nada”, de Todo a la vez en todas partes, que ha triunfado en los Oscar. Y que conste que no me parece mal que uno quiera estar al tanto de las novedades, y ver las que nos despiertan más interés, pero no al precio de renunciar a la realidad de que hay películas que se hicieron en el milenio pasado, y que que son la mar de interesantes, dignas de ser vistas. Cuando me encuentro gente joven que considera Pulp Fiction, de 1994, una película vieja –de El padrino, ni hablo–, o que se niega sistemáticamente a ver una película en blanco y negro, por el puro hecho de serlo, tengo más que claro que, “Houston, tenemos un problema”.
Un problema de cultura, un problema de educar el gusto, un problema de apertura de mente, un problema de conocer la historia, un problema de ignorar que hay historias maravillosas en forma de cine y serie contadas hace muchos años, y que merece la pena sumergirse en ellas.
Pongo un ejemplo, mi ejemplo Netflix. Si entro en la plataforma de streaming, me fríen en primer lugar con una oferta de novedades. Y la verdad, la mayoría no valen un pimiento, están compradas al peso, o casi, miro de lo último y carecen de interés Ya era hora, Ruido mental, Luther: Cae la noche, ¿Encontró lo que buscaba?, 10 días de un buen hombre, Un fantasma anda suelto por casa, Eres tú... Y me detengo para no aburrir. Son películas modernas, desconocidas y malas.
Lo curioso es que, también en Netflix, he encontrado un filón de películas británicas de los años 30, 40 ó 50, probablemente compradas al peso también, con copias impolutas, quizá restauradas recientemente, y que tienen mucho interés. Por ejemplo, alrededor del actor Alastair Sim me he encontrado con películas que nunca se habían podido ver en España, o casi, que son muy buenas, o al menos interesantes, el caso de Geordie, Un inspector llama, The Green Man o Folly to Be Wise. O también me han cautivado las películas de los hermanos gemelos Roy y John Boulting, Luna de miel en familia, La profesora francesa y El pasante. Son películas antiguas, desconocidas y buenas.
Pues bien entre películas antiguas buenas y películas modernas malas, no hay dilema para el amante del cine. O no debería haberlo. A no ser que seamos tan superficiales como para guiarnos sólo por el afán de novedad recién cocinada. Aunque el plato ofrecido sea infame.
