“Monumental Book”. No se me ocurre mejor expresión para definir este completo e inteligente estudio acerca de uno de los grandes e indiscutibles genios que ha dado el Séptimo Arte, el maestro en humanidad John Ford.
John Ford. El hombre y su cine. (Tag Gallagher, Akal, 767 págs)
Existen muchos y valiosos libros sobre John Ford. Desde el clásico del francés Jean Mitry, al “Print the Legend” de Scott Eymann, pasando por los trabajos de Lindsay Anderson, Jim McBride y el propio hijo del director, Dan Ford, además de las apasionantes conversaciones-entrevistas de Peter Bogdanovich y Bertrand Tavernier. Pero la obra de Tag Gallagher bien cabe de calificarla de monumental, como el valle donde Ford rodó muchos de sus inolvidables westerns. O de suma, pues maneja todas las fuentes citadas, y muchas más como los John Ford Papers de la Universidad de Indiana, aparte de su propia sabiduría, para ofrecer una completísima visión, foto completa de un cineasta al que resulta difícil abarcar en todo lo que vale.
Gallagher ya demostró de lo que era capaz al estudiar a un director de cine, con su gran libro sobre Roberto Rossellini. Aquí se supera a sí mismo. Se nota una afinidad entre el autor y el sujeto de su estudio, ambos comparten las raíces irlandesas, el catolicismo, el humanismo, la sensibilidad lírica, el amor por las pequeñas grandes historias y el poder del cine para contarlas.
Gallagher nos advierte que Ford, el hombre, es una personalidad compleja. Que pocos llegaron a conocerle, tal vez nadie, ni siquiera él mismo. Y el autor no pretende ser quien va a entregar esa imposible cuadratura del círculo, pero me atrevo a decir que, casi, la consigue. Hay una aguda mirada a la biografía del cineasta, con especial atención a su difícil carácter, que resultaba cautivador y a la vez asustaba. Se arroja luz sobre sus ancestros, y su marcha a Hollywood, impelido por su hermano Francis, que dirigía películas en los pasos mudos del cine. John, empezando desde abajo, acabaría dirigiendo sus propias películas, superando al hermano, con el que contaría como actor en 29 de sus películas, en pequeños papeles. Hay un sabor agridulce, algo de misterio delicadamente insinuado por Gallagher en la relación fraterna, con un Francis que había perdido su estatus superior, y que hacía mínimos pero perfectos personajes de “mimo”, con apenas un par de frases y, eso sí, sus célebres escupitajos a larga distancia, tal vez pertrechado con su barba y su gorro de piel de mapache.
“Descubrir lo excepcional en lo corriente, el heroísmo en la vida cotidiana, exaltar al hombre que hay 'dentro de cada cual', ése es el recurso dramático que me gusta, como también encontrar humor en la tragedia, porque la tragedia nunca es absolutamente trágica. A veces es absurda. (...) Lo que me interesa son las consecuencias de un momento trágico en diversos individuos, observar cómo se comportan cuando han de hacer frente a un acontecimiento crucial o a una aventura excepcional.”. Esta declaración de Ford a Mitry expone bien las intenciones del director en sus películas, y ayudan a barrer estereotipos o visiones estrechas acerca de las posibilidades del western, la aventura, el drama, la comedia, según los abordaba Ford. Estamos ante un cineasta hondo, que conocía los pliegues y repliegues de la naturaleza humana y sabía plasmarlos en la pantalla. Según Gallagher, “'¿Quién soy yo? ¿Qué clase de persona soy?' Los personajes de Ford no dejan de hacerse estas preguntas en su búsqueda (o en su intento de comprensión) de los conceptos de virtud y de sentido de la vida.”
Gallagher analiza toda la filmografía de Ford, aunque concediendo más importancia a unos títulos que a otros. Algunas disecciones de escenas, bien apoyadas en imágenes de los planos implicados, son lecciones magistrales de interpretación de cine, véase la parada y los prejuicios junto a la delicadeza que se desatan en La diligencia, el reconocimiento del retrato de su abuela por parte de Lucy, en presencia del juez, en El sol brilla siempre en Kentucky, o la confrontación bestia-ser humano, antropología de primera división, sugerida en Mogambo, cuando Vic salva la vida a Don. También se atreve a desafiar ideas como la de que Ciudadano Kane es casi el primer film que utiliza creativamente la profundidad de campo, mostrando con ejemplos concretos que Ford recurre a él con gran soltura mucho antes que Orson Welles, quien por cierto visionó repetidamente La diligencia antes de acometer su obra maestra.
El autor logra que incluso el estudio de películas desconocidas como las del período mudo, se sigan con interés por la claridad de la exposición y la riqueza de lo sugerido. Por supuesto que se alude a la influencia del expresionismo de F.W. Murnau, de modo especial Amanecer, o al catolicismo de Ford, que Gallagher considera fuertemente influenciado por san Agustín. Puede sorprender la disposición a destacar algún título de Ford que otros considerarían menor -La mascota del regimiento, María Estuardo, o Cuna de héroes, por ejemplo-, o a restar importancia a otros siempre bien considerados -El delator, y, algo más sorprendente, Las uvas de la ira-, mientras que se encuentra en disposición a sacar saludable y formidable punta a la genialidad de El joven Lincoln, y, por supuesto, a El hombre tranquilo.
