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Crítica

Más allá de las apariencias

Más allá de las apariencias

Hace 50 años Sidney Lumet dirigió un intenso y dramático film judicial sobre las deliberaciones de un jurado, 12 hombres sin piedad, a partir de un argumento ideado por Reginald Rose. El resultado rozaba la perfección, por lo que su revisitación pasado medio siglo a cargo de un cineasta ruso, Nikita Mikhalkov, sonaba a capricho de director con pocas ideas, que trata de agarrarse a una trama sólida, de eficacia probada. Lo cierto es que Mikhalkov, con ayuda de sus coguionistas Vladimir Moiseyenko y Aleksandr Novototsky, conserva el esqueleto de la narración original, pero trasladando el conjunto a la situación rusa actual, que queda enriquecido con múltiples novedades en torno a los personajes.

Así, básicamente, la historia es la misma. Un jurado, compuesto por doce hombres, todos varones, se retira a deliberar acerca de un caso de homicidio: un joven checheno está acusado de haber asesinado a su padrastro ruso. Inicialmente el grupo se toma su misión frívolamente, su deseo es acabar cuanto antes lo que consideran una tarea ingrata, que les roba su valioso tiempo. Todos están convencidos de la culpabilidad del encausado, pero en realidad no se han detenido a considerar las pruebas. Sólo cuando uno de ellos rompe la unanimidad, en un arranque de dignidad que le lleva a hacer la consideración elemental de que están juzgando a un ser humano, comienzan a sumergirse en un caso que no sólo es el del acusado… Aquello les obliga a mirarse dentro de sí mismos y ahondar en tantas heridas del alma no cicatrizadas.

Es sorprendente lo que ha logrado Mikhalkov. Lo que parecía un artificio, situar la historia en Rusia, resulta revelador de este país. Pues se entra a considerar cómo se ha asimilado el sistema democrático, y se habla de los odios étnicos, la corrupción idiosincrática rusa, las desigualdades sociales, la desestructuración familiar… Y todo ello con enorme inteligencia, de modo que la introducción no resulta nada postiza. Todo lo contrario, sirve para indagar en el sentido trágico del pueblo ruso, con una magnífica contraposición de personajes, que sirve para trasladar la atención de unos a otros con gran naturalidad, muchas veces en soberbios duelos actorales que implican a dos o tres intérpretes. El entero reparto está sobresaliente, insufla vida ya sea al tosco taxista, al cirujano de orígenes humildes, al ‘nuevo rico’ empresario televisivo o al tipo que siembra las dudas.

Pero es que Mikhalkov no sólo exhibe un alto sentido dramático, o presenta una encomiable humildad al reservarse un papel pequeño, que sólo brilla hacia el final, sino que entrega un film muy cinematográfico, de perfecta fotografía, fabuloso uso del gimnasio escolar donde está reunido el jurado, e inspirada partitura musical. Los flash-backs acerca del “background” del crimen son muy reveladores y nada torpes, con momentos tan intensos como los del acusado siendo niño bailando con unos soldados chechenos. E imágenes como la pelota de baloncesto atascada en el tablero de la canasta, del pajarillo encerrado, de la tubería vista o de esa imagen de la Virgen olvidada, son muy gráficas acerca de lo mejor y lo peor de los rusos.

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