Meditaciones de cine (Quentin Tarantino, Reservoir Books, 421 págs)
Nadie duda a estas alturas que Quentin Tarantino es un gran contador de historias, que sabe crear personajes memorables e imprimir gran dinamismo a sus películas. Además es bien conocida su cinefilia desde edad temprana, como habitual de programas dobles y triples de películas en cines de barrio, y también como responsable de un videoclub. Recientemente se destapó como escritor con la novelización de su último film, Érase una vez en... Hollywood, y ahora llega el momento de que se muestre como ensayista cinematográfico, hablando de su pasión peliculera, mostrando una especial deuda de gratitud a títulos que en su gran mayoría son poco apreciados por la crítica más selecta, que en el mejor de los casos reconocerán que albergan algunos valores, pero no hasta el punto de considerarlos obras maestras. Lo hace a través de lo que el título español define como “meditaciones de cine”, aunque en el original se utiliza una palabra en singular, “especulación”, lo cual sugiere cierta intencionalidad unitaria, aunque conste de capítulos que podrían verse como independientes, sobre todo porque los concibe en torno a una película o idea concreta; pero lo cierto es que todo queda bastante bien vertebrado.
Tarantino demuestra no sólo unos conocimientos enciclopédicos de cine, sino un talento especial para comunicar y divulgar, su texto es muy ameno, y engancha incluso cuando el lector desconoce alguno de los títulos mencionados. Porque imprime “color” al relato, te traslada a los cines de barrio, y entiendes el ambiente en el que se crió, y su caso singular, en que siendo niño, su madre y su padrastro le llevaban con ellos a películas “para mayores”, lo que le hizo visionar películas con contenidos sexuales y violentos a edad muy temprana. El motivo principal parece que era no dejar solo al crío, aunque Quentin, o Q, aduce que a Connie no le preocupaba que su hijo viera esas películas, porque tales contenidos tenían un contexto que lo justificaba, y que en el fondo le inquietaba más que viera un telediario con información descontextualizada.
Quizá lo que más se agradece del libro de Tarantino es su sinceridad desbordante, el esfuerzo por compensar sus valoraciones negativas con algún rasgo positivo de lo que analiza, y el empeño por poner en valor lo que es pequeño y modesto, y que es minusvalorado por “la gran crítica”. Lo que supone defender el cine de género, las películas de explotación, a artesanos y actores no muy conocidos por el gran público. Y señalar cómo el público que asistía a la proyección de esos filmes lograba una conexión que lo electrizaba, y a él naturalmente también.
El autor a la hora de fijarse en una estrella, se decanta por Steve McQueen. Transita por el cine de Don Siegel, John Boorman y Sam Peckinpah, explicando el impacto que le causan Harry el sucio, Deliverance y La huida. Y reivindica a John Flynn y su adaptación al cine de Donald Westlake en La organización criminal. En tal sentido tiene gracia la anécdota de cómo contactó con el cineasta, consultando la guía telefónica.
Son valiosas sus consideraciones acerca de lo que aportan los críticos cinematográficos, agradeciendo que hubiera alguien en Los Angeles Times, Kevin Thomas, que analizara los títulos que los estudiosos emblemáticos desdeñaban, y supiera sacar oro de ellos, incluso concediéndole la condición de descubridor para los agentes y ejecutivos a la búsqueda de nuevos valores. O la disección del nuevo Hollywood, la primera hornada, intelectual y de temas deprimentes, y la segunda, cinéfila y más atenta al entretenimiento. Los más fordianos quizá se escandalicen de sus consideraciones acerca de la influencia de Centauros del desierto en Taxi Driver, El ex-preso de Corea y Hardcore, sobre todo por lo fácilmente que habla del racismo de Ethan Edwards, aunque es interesante lo que dice, y aporta su intercambio de opiniones con Paul Schrader. Se agradece la reivindicación de La cocina del infierno de Sylvester Stallone, y cómo Rocky cambió la tendencia pesimista de las películas mediada la década de los 70.
Resulta obligado referirse a la visión limitada del mundo y el ser humano de Tarantino, quien parece tener pánico, como tantos, a ser tachado de moralista, por lo que muchas veces parece que lo único que es siempre condenable sin atenuantes es el fascismo y el racismo. Falta una visión trascendente del ser humano, pero también se echa en falta una consideración de que hay cosas que están bien o que están mal, o que las adicciones al alcohol, las drogas y la pornografía degradan a la persona. Al final existen paradojas y contradicciones, que se notan por ejemplo en su complicidad con las historias de venganza como las de Charles Bronson porque entiende, también, que un espectador de mediana edad desconcertado ante los cambios sociales, encontraba aquí una necesaria vía de escape a sus frustraciones.
