Una monumental estatua de Alfred Hitchcock domina la playa de Dinard, la ciudad más “british” de la Costa Esmeralda. Sobre sus espaldas, dos pájaros forman parte del grupo escultórico que evoca una de sus películas más famosas. Por un momento se puede dudar, pues los pájaros se animan y emprenden el vuelo. Pero no, no son el resultado de efectos especiales, sino pájaros de pluma y hueso, se podría decir, que vienen a posarse sobre la estatua. Una forma –ecológica– que nos anuncia la agitación que Dinard vive durante unos días a causa del 23 Festival de Cine Británico.
Una manifestación que ha adquirido sus cartas de nobleza gracias al esfuerzo de Sylvie Mallet, Alcaldesa de la ciudad y Presidenta del Festival, y de Hussam Hindi, director artístico. “Dinard es victima de su éxito”, ha dicho Sylvie Mallet un día, frente a una sala de mal humor que había esperado mucho tiempo para poder acomodarse. La Alcaldesa ha cambiado los ánimos con sus palabras de comprensión, y obtiene al fin una salva de aplausos. En efecto Dinard, como Cannes, son víctimas de su éxito y hoy con cinco salas de cine en funcionamiento no da abasto para recibir a los miles de profesionales, críticos y cinéfilos que se enfrentan a un programa muy cargado.
Mucho donde elegir
A las seis películas en competición es preciso añadir una docena de preestrenos, varias sesiones especiales y los obligados homenajes. Estos últimos estaban este año dedicados al director británico John Schlesinger y al actor Tom Courtenay, con proyecciones de las películas de ambos. Sir Tom Courtenay, presente en Dinard, está lejos de la figura de dirigente soviético de Doctor Zhivago (1965) o del soldado condenado a muerte en Rey y patria (1962) de Joseph Losey, pero no pierde ni su humor ni su simpatía.
Otras conmemoraciones de género diverso han animado Dinard 2012. Así en el capítulo de fechas redondas, una sección estaba dedicada al bicentenario del nacimiento de Charles Dickens (1812), quizá el mejor novelista británico, cuyas obras han inspirado a menudo el cine, baste recordar las diversas versiones de Oliver Twist.
Otra conmemoración ha sido la de los cincuenta años de James Bond, pues el estreno de la primera película de la serie –Agente 007 contra el Dr. No– tuvo lugar el 5 de octubre de 1962. Un documental proyectado en Dinard y en otros muchos lugares del mundo –Everything or Nothing : The Untold Story of 007– de Stevan Ridley – relata la génesis del personaje creado por Ian Fleming. Un coloquio convocaba a varios especialistas, entre ellos, Frédéric Brun, autor del libro James Bond Girls que acaba de aparecer y que analiza la evolución de los personajes femeninos de la serie a lo largo de medio siglo. Daniel Craig no ha venido a Dinard, en la promoción de Skyfall, pero se recuerda que ha venido varias veces a Dinard y que incluso en una ocasión fue Presidente del Jurado.
Astérix en Bretaña
Todos estos homenajes, ilustrados con numerosas proyecciones, no hacen palidecer otros acontecimientos, el más llamativo ha sido la premiere de Astérix y Obélix al servicio de su Majestad, de Laurent Tirard, que para muchos sería la mejor película con actores. Gérard Depardieu vuelve a ser Obélix, Edouard Baer, Astérix, Fabrice Luchini, César, pero otros personajes entran en juego en una Bretaña qui pide ayuda a los resistentes galos para defenderse de las legiones romanas.
Así Catherine Deneuve será una reina de Inglaterra que recuerda a la actual, mientras que Valérie Lemercier et Guillaume Galliene serán representantes de la nobleza inglesa. No hace falta decir que se intenta siempre transformar los dibujos en gags visuales con buenos resultados, aunque la “poción mágica” es tan eficaz que tiene dificultad para dejar ver sus efectos, incluso con la ayuda de los trucos visuales. Será preciso tener en cuenta al doblar la película que buena parte de los elementos cómicos provienen de que los personajes de origen ingles hablan el francés con un delicioso acento británico. Sobre su presencia en Dinard, baste el titulo para justificarla.
¿Hacia dónde va el cine británico?
El Festival de Dinard se propone en primer lugar hacer un balance de los grandes temas que interesan el cine británico, centrándose sobre todo en los nuevos valores. Cuando se pregunta a Hussan Hindi cuál es la evolución del cine en el Reino Unido, pues el Festival se interesa no solo por Inglaterra, nos responde que el cine británico abandona poco a poco la realidad social o política que inspiró por ejemplo a Ken Loach, para interesarse más por la ficción. Los grandes temas de la lucha social se han terminado. Todo ello cristaliza en cierta nostalgia del pasado, que no se percibe en forma de lucha violenta aunque no hayan cicatrizado completamente sus heridas. Hay que señalar, y la nota no es nueva, la importancia de evocación de la música con relatos que se sitúan en los años setenta con conflictos, como el de Irlanda del Norte, que hoy parecen definitivamente resueltos.
Esta nostalgia de la música la encontramos en la película de inauguración fuera de concurso Hunky Dory, de Marc Evans. Durante la canícula de 1976, la profesora de un Liceo (Minnie Driver) desea montar una representación de "La tempestad" de Shakespeare como espectáculo de fin de año. Para ello debe lidiar con un grupo de adolescentes, víctimas de problemas diversos. Concebida como una comedia “casi musical”, la película se sirve de las canciones de David Bowie, Lou Reed, The Beach Boys, etc. Todo posee un buen ritmo narrativo y, sobre todo, permite descubrir una gama de jóvenes actores que, estamos seguros, no tardaremos en volver a ver en otras producciones.
La idea del descubrimiento de jóvenes autores es una de las características de Dinard. No debe olvidarse que fue en Dinard donde vimos las primeras obras de Danny Boyle (1994), Michael Winterbotton (1996), Paul Greengrass (2002) o Christopher Nolan (1998), que se han trasformado después en cineastas de fama mundial. Por esta razón, ya lo hemos dicho, prácticamente todas las películas en competición son primeras películas. De nuevo pues una idea de nombres nuevos destinados a una gran carrera. Con todo, la novedad no es suficiente que el éxito sea inmediato.
La marginalidad
Un miembro del Jurado decía antes de voto final, secreto naturalmente, “sólo estamos de acuerdo en lo que hay que eliminar”. Sin que existan confidencias especiales puede suponerse que este acuerdo concernía a la primera película de Laura Hypponen, Live East Die Young, donde se cuenta la historia de una modelo que se droga y un transexual acribillado a puñaladas por su amante, periodista de la prensa amarilla. Si la extrema marginalidad de los personajes sorprende, sorprende aun más que una película mal filmada, sin coherencia psicológica, sin verdadero guión, haya llegado al Festival.
Sin salir de la marginalidad, podemos citar el caso de The Comedian, de Tom Skolnik, también una primera película que queda acantonada en los conflictos relacionados con la identidad sexual. Aquí es Ed (Edward Hogg) el que va a debatirse entre dos pasiones, la de Elisa (Elisa Lasowski), y la de un joven de color, Nathan, encontrado un día por azar. A pesar de una buena interpretación se hace difícil creer en un conflicto entre heterosexualidad y homosexualidad que parece fabricado con vistas a una demostración: la de la coexistencia de las dos realidades en la misma persona. El protagonista promete que deberá elegir entre las dos posibilidades, pero comprendemos rápidamente que no habrá elección, una forma de contentar a todo el mundo en una película que revela así su carácter de apología de una sexualidad indefinida o a definir, en la línea de la ideología de género.
Del cine social a la ficción
El cine social desaparece, la realidad deja su lugar a la ficción. En esta línea se encuentran otras películas seleccionadas. Es el caso de Ill Manors, de Ben Drew y de Wasteland, de Rowan Athale. La primera es la obra de un cantautor, un rapero conocido en este mundo por el nombre de “Plan B”. Como ha crecido en Fores Gate, un barrio difícil del Este de Londres, desea testimoniar las carencias de allí, sobre todo en el ámbito familiar. Su película da una importancia capital a la música, de forma que la acción es interrumpida por canciones que apoyan los acontecimientos dramáticos del relato. El método seguido da buenos resultados y contribuye a la originalidad de la obra.
Esta, en la primera parte se limita a seguir las aventuras de varios personajes que se debaten contra las influencias negativas del ambiente social y moral del medio humano escrito. Hay una profusión de acciones que se mezclan al ritmo, cada vez más acelerado de la música. Esta parte coral deja paso a una acción más intensa, sobre un niño abandonado por su madre en un tren a causa de la persecución de la que es objeto. Son las peripecias en torno al niño, vendido y recuperado, las que animan la última parte de la película mucho más clara y emocionante. Como de costumbre, el cine británico sigue ofreciendo interpretes de gran calidad (Riz Ahmed, Ed Skrein, Anouska Mond, etc.) La película ha recibido el premio a la calidad de la imagen, dotado por Technicolor
Un grupo de excelentes actores (Luke Treadaway, Iwan Rheon, Matthew Lewis, Gerard Kearns y Vanessa Kirby) representan también a una generación de jóvenes en busca de un futuro mejor en Wasteland. El director y guionista, Rowan Athale, cuenta la historia de un joven, Harvey, que sale de la cárcel y se reúne con sus amigos y a su novia. La culpa de su condena es de un mafioso local, Steven Roper. Para vengarse, Harvey concibe un robo de su caja fuerte, ayudado por sus amigos. Cuando la película comienza, Harvey, cubierto de sangre, aparece como la victima frustrada de un robo que no ha salido bien. Sin embargo, las cosas no han ocurrido como parecen evidenciar los hechos, y el inspector que interroga a Harvey (el gran Timothy Spall) se encuentra en un mar de dudas.
No diremos nada más puesto que Rowen Athale opta por una historia que se desvela en fases sucesivas y que juega hábilmente con los giros argumentales. No todo es igualmente verosímil, pero la película funciona apoyándose en varios resortes, desde la historia de amor y la apuesta social hasta el suspense de un robo lleno de astucias del guión. Todo es prometedor pues estamos, una vez más, ante una primera película.
Irlanda: conflictos entre católicos y protestantes
Todavía mas música y mas nostalgia vamos a encontrar en Good Vibrations, segunda pelicula de Glenn Leyburn y Lisa Barros D'Sa, que producen conjuntamente Reino Unido e Irlanda. La acción transcurre en los años setenta, cuando Irlanda del Norte se encuentra en pleno conflicto entre católicos y protestantes. En este ambiente Terri Hoonley, militante de izquierdas y pacifista no sigue el camino de sus amigos, que se enrolan en el IRA, y decide abrir en la avenida central de Belfast una tienda de discos que bautiza “Good Vibrations”. Terri, apasionado por la música, continua su combate contra viento y marea, y se transforma en editor de primeros grupos de punk underground locales.
La utopía musical se transforma en aventura política de la no violencia. “Good Vibrations” se cerrará y abrirá varias veces, mostrando la tozudez pacifista de su inspirador. Quizá la nota más sensible de la película, su originalidad, es que contrariamente a los relatos de este tipo, que terminan en triunfo final, aquí este triunfo, al menos en su versión musical, no llegará nunca. Pero como los personajes existen y como la aventura de esta tienda de viejos discos es auténtica, la película adquiere un valor suplementario a través de un guión que ha sido justamente recompensado. No cabe duda que si el Jurado ha dudado un momento entre dos películas, une de ellas ha sido Good Vibrations.
Pero ha sido finalmente Shadow Dancer la que ha ganado el Hitchcock de Oro, el gran premio del Festival. El dilema de las “películas de Festival” consiste en que, cuando interesan al Jurado, no interesan al público, y viceversa. Esta vez todo el mundo debe estar contento puesto que la preferencia del Jurado ha coincido con la de los espectadores.
Volvemos otra vez al pasado y a una coproducían anglo-irlandesa que evoca la guerra entre facciones católicas y protestantes en Irlanda del Norte. James Mars, su director, que se ha destacado sobre todo en el documental, se sirve del guión de Tom Bradby, que adapta su propia novela. Se trata esta vez de una producción importante que transcurre en los medios de la guerra de servicios secretos.
Collette (Andrea Riseborough), una viuda joven republicana que vive con su familia y su hijo, todos activistas del IRA, es detenida tras un atentado fallido en el corazón de Londres. Mac (Clive Owen) agente secreto de los servicios británicos, ofrece a Colette una alternativa: 25 años de cárcel o la liberación si acepta informar a los servicios secretos de las acciones futuras del IRA. La joven viuda acepta colaborar, el comienzo de un largo proceso que tiene todas las características de una película de suspense, llena de falsas pistas y de apariencias engañosas.
Una vez más pasamos de la realidad a la ficción, incluso si el recuerdo de la realidad no desaparece nunca. Shadow Dancer es una película lograda, llena de sorpresas hasta el final, en la que cada espectador es invitado a rehacer el orden de los acontecimientos, lo que puede alimentar las discusiones sobre la película. Y no faltará el debate moral que este tipo de acciones suscita, puesto que se pone en juego la libertad de seres humanos. El 23 Festival de Cine Británico de Dinard se termina así con una nota grave, pero al mismo tiempo, apasionante.
