Quentin Tarantino. Mantener fuera del alcance de los niños (Rubén de la Prida, 365 págs, Alianza Pop)
Creo que estoy cerca de haber batido un récord, que consiste en haber reseñado tres libros sobre Quentin Tarantino en poco más de mes y medio. La cosa empezó con "Quentin Tarantino. La novela gráfica", que como su propio título indica, es un cómic biográfico sobre el cineasta al que le queda una película por rodar, antes de colgar la claqueta de director, y continuó con el voluminoso y profusamente ilustrado "Cómo se hizo érase una vez en... Hollywood de Quentin Tarantino", del que nuevamente puedo decir que, como su propio título indica, cuenta con pelos y señales cómo hizo Quentin su novena película, su particular homenaje a Hollywood. Como no hay dos sin tres, ahora llega “Quentin Tarantino. Mantener fuera del alcance de los niños”, donde su autor Rubén de la Prida no se conforma con entregar la típica biofilmografía al uso, sino que entrega una obra personal muy meditada, casi tanto como las "Meditaciones de cine" del propio Tarantino que, sí, también reseñé en su día, pero en esta ocasión hace ya tres años.
Cuenta De la Prida que su deseo era hacer un libro según el modelo del clásico “El cine según Hitchcock” de François Truffaut, donde él trataría de emular al francés, pero hasta donde sé, sin intenciones de ponerse un día detrás de la cámara. El autor cuenta sus gestiones para contactar con Tarantino, a través de su editor, pero también vía Paul Schrader y su agente, pero los esfuerzos no lograron ver maduro su fruto. De modo que lo que entrega es un libro ensayo exhaustivo, donde también están, por supuesto, los rasgos biográficos de Tarantino, pero yendo más allá, a veces con lo que alguno tacharía de divagaciones, pero que no dejan de ser consideraciones que vienen más o menos a cuento. Además ha contado con un prologuista de excepción, Álex de la Iglesia, que conoce a Tarantino, quien aprecia de él de su filmografía principalmente Perdita Durango. Como es sabido, el antiguo empleado de videoclub ha visto mucho, mucho, mucho cine, desde su más tierna infancia, en salas de cine y en el local donde trabajó, y su enciclopédica cinefilia es proverbial.
Advierte el autor con las instrucciones de un antimanual de instrucciones que su libro puede abordarlo el lector en el orden que desee, empezar por delante o por detrás, por uno u otro capítulo, cada uno sabrá hasta dónde llega su ciencia tarantiniana y su capacidad de captar lo que se dice cuando se dice. Y es que sí, se puede empezar tratando de su película seminal Reservoir Dogs y pedalear sobre los señores con apellidos de colores y la salvaje escena de la tortura orejuda, o repetir hasta la saciedad que si “el de Knoxville por aquí” o “el de Knoxville por allá”, y manejar abundantes citas de Tarantino, que está claro que no sólo disfruta escribiendo sino también hablando, a veces con ganas de “epatar” al personal.
Es importante entender el gusto del cineasta por la serie B y el cine de explotación en todas sus variantes, que se traduce en homenajes continuos, desde luego el díptico Grindhouse, pero también los Kill Bill, en volúmenes separados, o juntos y unidos, que jamás serán vencidos. O el entorno familiar tan peculiar en el que se crió, con una madre llevándole consigo a ver películas de mayores con reparos, que ella no mantuvo fuera del alcance del niño Quentin hijo único, y con figuras más o menos paternales de diversa índole como Curt Zastoupil, influencia directa en sus gustos y en su cine en títulos como Django desencadenado.
Tarantino absorbe todo tipo de influencias, y De la Prida intenta identificar y separar esos elementos, sugiriendo que todo hay que agitarlo antes de usarlo. Se habla de cómo dinamita las clásicas estructuras de guión aristotélicas, incluso tomándose a chanza a la gurú de los libretos Linda Seger, entre las transgresiones no faltan largos monólogos que no parecen condensar ideas, como se suele enseñar a los guionistas principiantes. Así que hay guiones que ya son historia como el de Pulp Fiction, o personajes de grandeza sorprendente, el Hans Landa que interpretó Christoph Waltz en Malditos bastardos. El autor pone en valor la osadía de cambiar la historia en este título y en Érase una vez en... Hollywood, de ir un paso más allá de los Scorsese y compañía, o de la capacidad de “resucitar” actores muertos o dados por amortizados, como John Travolta.
En fin, hay espacio para hablar del #MeToo a cuento de Harvey Weinstein y salvando a Tarantino porque más o menos habría entonado el “mea culpa” en lo que tendría de haber hecho piel dura ante los abusos de los que todo el mundo sabía en la meca del cine, él también, pero nadie hacía nada. Uf, es que De la Prida habla de todo un poco, de la fuerza de las imágenes citando al estudioso Román Gubern, de la aplicación de las teorías dialécticas del montaje, de las cinefilias tarantinianas incluidos españoles como Chicho Ibáñez Serrador o Paul Naschy, del rechazo de Godard que hasta bromea diciendo que debería demandar al director por llamar a su productora “Band à part”, de la música de todo tipo que usa Tarantino y de Ennio Morricone. Y hasta nos deja códigos QR para ver algunas escenas de películas de Tarantino, invitando a recortar por la línea de puntos para visionarlas con tranquilidad.
