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La carga
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La carga

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Sinopsis oficial

Nueva España, a finales del siglo XVI. La intensa y dinámica travesía de un indígena tameme y una española de la nobleza, que buscan justicia a través de la vasta geografía del Nuevo Mundo. Durante el recorrido las tensiones y diferencias se suavizan, y los lazos afectivos emergen.

8 /10 decine21

Crítica

La dama y el indio

La dama y el indio

Nueva España, 1552. Painalli y Coyolli son dos atléticos indios tamemes, acostumbrados a trabajar de porteadores y a moverse en los intrincados parajes americanos, ya sean selvas o desiertos. Saben salar los pescados, qué frutas dan fuerzas a los miembros corporales y qué cartas es preciso entregar con premura en qué manos. Saben atravesar puentes frágiles, tirarse desde grandes alturas para rescatar personas en los ríos y dormir con un ojo abierto. Conocen la naturaleza que les rodea y, sí, también, la naturaleza humana: la lealtad, la ternura, la envidia, los celos, la tristeza y la rabia.

Su vida pacífica de pies ágiles se ve bruscamente modificada cuando un fraile español solicita que ayuden a transportar al más importante testigo en el juicio a un valeroso dirigente tameme, Francisco Tenamaztle, acusado de rebelión contra las autoridades españolas que regentan las encomiendas, y también de cometer un asesinato. Los religiosos, que en la película tienen fuerte carácter y ninguna malicia, están de parte del indígena y quieren mantener la paz en la encomienda. Ese testimonio, según el religioso, es vital para esclarecer la verdad y que las autoridades españolas de España, el Consejo de Indias, pueda impartir justicia con conocimiento de causa. ¿De quién se trata? Ese testigo tiene rostro terso y triste, manos delicadas y amor truncado en el corazón, pues guarda las pruebas y estas son demasiado verdaderas. Ese testigo es Doña Elisa, la noble española hija del comendador Don Miguel de Ibarra, un hombre aquejado de gota y de ambición.

La película, con ritmo extraordinariamente bien conseguido, es capaz de mantener la atención de principio a fin y de transportar al espectador, por las selvas americanas y por las selvas de los sentimientos y motivaciones humanas. Sin caer en simplezas como “español malo/indio bueno”, muestra la complejidad de la especie humana, especie en la que caben el honesto Painalli, el rabioso Iztmin, el valiente fraile, la digna dama y el lujurioso alférez.

Grandes logros del director y coguionista Alan Jonsson han sido mostrar cómo es la vida en los grandiosos escenarios de Iberoamérica, a pocas décadas de la llegada de los españoles, así como la capacidad de recrear los vestuarios, viviendas, lengua e incluso creencias. No poco importante es el protagonista invisible de la película, una música que acompaña cual sombra sigilosa pero constante el transcurrir de los acontecimientos, con extraña fidelidad y oportunidad. Su cámara nos enseña con fruición y mucho esmero cómo se salan pescados, cómo se coloca uno la cinta sobre la frente para que sujete bien la carga, qué cantidad de información pueden dar unas huellas sobre la tierra o cuántos recuerdos puede guardar el viejo árbol añoso. Y qué conseguidas imágenes aéreas, aquellas que muestran a los jinetes españoles cabalgando, mientras un indígena, corriendo sin montura, es capaz de llevar el mismo ritmo.

Especialmente grata para el público español resulta la estampa humana que el director ha trazado de la protagonista, Doña Elisa, representada con convicción y hondura por María Valverde. Doña Elisa, situémonos, es una dama española del siglo XVI, muy cuidadosa de las formas y sensible a la maldad. Una mujer castellana, educada en la piedad madura y en la fidelidad sincera, que ha de viajar por la selva americana llevada por dos indios, ante los cuales no pierde jamás la compostura y va creciendo en apertura e incluso admiración por su “know how”. Doña Elisa es una joven mujer con enorme rectitud, que sufre en sus carnes ser hija de quien es y que afirma con dignidad que “lo que le da fuerza es su fe”, ante el indio que afirma deber la suya a los frutos de la tierra generosa. Doña Elisa, pues, es una mujer recta pero no tiesa. A lo largo de su viaje va aprendiendo que es preciso tener, además de la fuerza de la fe, la fuerza de los frutos de la tierra.

Así como se agradece la ausencia de demonización facilona, también está muy lograda la manera en que el director evita toda vulgaridad y el fútil sentimentalismo, que sería poco creíble con los parámetros sociales de la época. Qué buen diálogo, aquel en que el indio le hace ver a la dama que no le es ofensivo cargar con ella, es su trabajo, y la dama hace el esfuerzo de no ser, justamente “una carga” para el indígena, pues le hace sentir mal tener que ser transportada como si no pudiera valerse por sí misma y tener que usar a otro ser humano, desde su óptica, como un animal de carga. Este diálogo revela hasta qué punto la mirada española más noble sobre el indígena fue, justamente, la de no poder considerarle como un animal, como un inferior, sino la necesidad de tener que ver en él a un semejante en humanidad.

No es Doña Elisa el único personaje femenino que es retratado con cuidado y mucho acierto: también está siempre en el trasfondo la madre del tameme, quien cuida a su joven nieto en el poblado indígena, y que refleja ser una abuela coraje, un apoyo emocional siempre presente. Qué bellas las imágenes de esta abuela con su nieto.

Ha conseguido Alan Jonsson algo admirable, con este, su segundo largometraje: que tanto mexicanos como españoles nos sintamos unidos por un pasado común nada despreciable, partícipes de una misma historia compleja, en la que se entretejen los personajes admirables y los mejorables. Una historia que aún no ha sido, en grandes zonas, contada en el lenguaje de la pantalla y que está llena de argumentos humanos, complejos, morales.

Quizá hubiera sido deseable una mayor y mejor documentación sobre el siempre controvertido personaje de Fray Bartolomé de las Casas, del cual el tópico dice que hay que idealizar y la historia, tozuda como es, que hay que mirar con ojo bastante crítico, pues ni fue el defensor de los indios -tuvo esclavos él mismo- ni se desvivió por ellos -pasó poquísimo tiempo en su diócesis, pues lo suyo era la bronca y además con poco seso-. También quedan para siguientes largometrajes, sin duda, un trazado más preciso de la personalidad de Francisco Tenamaztle y, si fuese posible, una visión más equilibrada del papel de las encomiendas, que no fueron instituciones en las que el español abusaba y el indígena penaba, sino más bien instituciones complejas, en las que el español, el encomendero, tenía una encomienda –extraordinaria palabra española de fuerte personalidad–: la de cuidar y proteger al indio, que en muchos casos intentaba realizar con responsabilidad, pues ante quien tenía que responder era ante el rey de España; por su parte el indígena, a cambio de esa protección, cuidado y civilización, realizaba ciertos trabajos y aprendía oficios.

Pero sin duda la carga de La carga merece que el espectador, especialmente el hispano, ponga altas las expectativas en las próximas producciones de Jonsson.

Últimos comentarios de los lectores

Juan Manuel - Hace 1 mes

Buen guión. Preciosa fotografía y una visión realista de las relaciones entre españoles e indios. Muy recomendable

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