Decine21
El triángulo de la tristeza
6 /10 decine21
El triángulo de la tristeza

Triangle of Sadness

Premios

Oscar
2023
Nominada a 3 premios
Festival de Cannes
2022
Ganadora de 1 premio
Contenidos (de 0 a 4 ¿qué es esto?)
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Sinopsis oficial

Una pareja de modelos es invitada a un crucero de lujo.

6 /10 decine21

Crítica El triángulo de la tristeza (2022)

In den wolken / En las nubes

In den wolken / En las nubes

El sueco Ruben Östlund es uno de esos directores que le ha caído en gracia a la crítica, al menos a la que otorga galardones en los festivales más prestigiosos. Es de los pocos cineastas que puede presumir de haber ganado dos veces la Palma de Oro en el Festival de Cannes, que se dice pronto. Lo logró en 2017 con The Square, una mirada enormemente crítica al arte moderno y a la vaciedad de ese mundo, tantas veces impostado, y la volvió a ganar cinco años después con su siguiente película, El triángulo de la tristeza. Por medio de esta comedia vitriólica prosigue Östlund con su intento de desenmascarar la hipocresía de las sociedades opulentas, capitalistas, nihilistas y superficiales, donde la gente lo tiene todo y sin embargo una gran nada ocupa sus vidas, a menudo patéticas y ridículas.

Estructurada en tres partes que tienen lugar en tres escenarios distintos, El triángulo de la tristeza es sin duda una película que da que pensar, lo que no es poco en los tiempos que corren. Eso no significa que estemos ante una historia perfecta, pues por momentos acumula escenas sin ton ni son, que no agregan nada nuevo, por lo que, siguiendo la línea de moda, el metraje se extiende desmesuradamente. Ya desde el inicio de la primera parte, “Carl y Yaya”, se explicita en un desfile de moda la reflexión de fondo que barniza todo el film, cuando sobre una pantalla se proyecta la frase “Cinismo disfrazado de optimismo”. A partir de ahí, Östlund tira del hilo para mostrar las disputas de dos novios triunfadores, ambos modelos profesionales, pero cuyas vidas en realidad no son tan armoniosas y felices como pueda pensarse. Todo es bonito por fuera, pero nada más. La relación y las vivencias de Carl y Yaya serán por lo demás el hilo conductor de las tres secciones del film.

La segunda parte, “El yate”, es desde luego la más impactante por la concepción de fondo: una serie de millonarios se dan cita en un crucero de lujo por el Egeo. La mirada de Östlund se abre aquí a otros personajes para ofrecer trozos de sus vidas y dejar ver el aburrimiento existencial en que están sumidas. Sale a relucir de todo, desde la falsedad de las “influencer” a propósito de las redes sociales –muy gráfico lo de la pasta–, hasta la hipocresía casi terrorífica –el matrimonio anciano–, pasando por la soledad supina, la incoherencia entre la vida y las ideas, la frivolidad, la huida desesperada, etc. Para impactar, Östlund sabe cómo influir en el espectador, ya sea con el revoloteo de esa mosca que sugiere la podredumbre que hay más allá de la superficie o con la actuación del borracho y alocado capitán. Pero entre los momentos reseñables ninguno como la delirante cena en la tormenta, una gran vomitona que es el plato fuerte –nunca mejor dicho– de la película, en donde el director se lo pasa en grande para ridiculizar hasta el extremo a la alta sociedad, nuevos ricos de pacotilla, donde el lujo y la alta cocina no son a la postre más que el envoltorio de una repugnante porquería, inmundicia –dice el director– que no es más que la sociedad posmoderna a la que pertenecemos.

Probablemente la tercera parte, “La isla”, sea la menos lograda. Se hace innecesariamente larga para, al fin, poner sobre el tapete el viejo tema de los convencionalismos y las clases sociales, donde “servidores” y “señores” intercambian papeles porque sencillamente los roles son puras invenciones artificiales. Pero, a decir verdad, aunque tiene elementos de “El señor de las moscas”, la cosa se parece más a un “Supervivientes” televisivo que a la parábola de Golding y además aquí el director da la sensación de no saber muy bien qué contar, se repite y parece dar palos de ciego hasta el desenlace.

Por lo demás, Östlund crea para El triángulo de la tristeza una poderosa ambientación de fondo, con imágenes y planos muy cuidados (¡ese recibimiento oblicuo en el salón comedor!) y un uso retumbante de la banda sonora, con la clara misión de despertar al espectador y hacerle “abrir” los ojos a esta sátira desmadrada. Se apoya en un elenco de actores que están muy bien en sus papeles. Es difícil no estremecerse ante las imágenes de Charlbi Dean (fenomenal como Yaya), fallecida repentinamente después del rodaje a los 32 años. Y entre los demás cabría destacar a Zlatko Buric como el millonario ruso y también a su compañero de juergas, un Woody Harrelson que se lo pasa en grande con su papel de capitán chalado, perpetuamente ebrio, desmitificador y de vuelta de todo.

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