El Festival hace un primer alto para recuperar fuerzas y para recordar que celebra su 60 aniversario. Una película excepcional –Chacun son cinéma–, firmada por treinta y cinco directores mundialmente reconocidos, crea el acontecimiento. Pero no hay que olvidar que la competición no se interrumpe por el aniversario. Así, entra en liza una película de Israel, “Tehilim” (Los Salmos), de Raphaël Nadjari.
“Tehilim”, de Raphaël Nadjari
La carrera de Raphaël Nadjari le coloca en una posición particular, como lo es su recorrido. Francés de origen judío, Nadjari nació en Francia, pero se instaló en Nueva York en 1999, donde realizó, en inglés, su primera película, inspirada de una novela corta de Dostoievski: “The Shade”. Vienen después otras dos películas, “I am Josh Polonski’s brother” y “Apartement
Con todo, no puede decirse que la reputación del director tenga todavía una dimensión mundial. Quizá la razón hay que buscarla en una cierta limitación de sus temas, siempre relacionados con la mentalidad judía y más en concreto con las polémicas, dentro de Israel, entre religiosos y laicos. “Tehilim” presenta una familia judía en la que ocurre un hecho insólito. El padre de familia acompañado de sus dos hijos tiene un accidente, y Menachem, el hijo adolescente, parte en busca de ayuda. Cuando la ambulancia llega, todo el mundo constata que el padre ha desaparecido. No, no se trata de un filme policíaco. Como Aventura, de Michelangelo Antonioni, la desaparición de un personaje es sólo un punto de partida, que terminará por olvidarse. No le interesa a Nadjari qué es lo que le ha ocurrido en realidad al padre, sino la repercusión que esta desaparición tiene para la familia. Los hijos han recibido una doble herencia: la religiosa ortodoxa del padre, la laica de la madre. Frente a estas dos posturas, los dos hijos tratarán de comportarse como mejor puedan. La película evita tomar partido y el director se comporta más como espectador que como parte interesada, de modo que no existe una verdadera conclusión al dilema. Ello supone también –y ásta es la limitación de la película– que sea difícil entrar verdaderamente en los conflictos, demasiado particulares, que Nadjari plantea.
“Chacun son cinéma”, caleidoscopio del cine mundial
La idea y el montaje es de Gil Jacob, actual Presidente del Festival. Y se trata de reunir a treinta y cinco realizadores para componer una película de treinta y tres “fragmentos” (hay dos pares de hermanos) de tres minutos sobre un tema obligado: los cines (no el cine, sino las salas, o sea, los lugares donde se exhiben las películas. Y Dios sabe, después de ver la película, la variedad de lugares que hay. En todo caso, son sitios donde las gentes se reúnen, venidas de horizontes diversos, para vivir una cierta comunión de sensaciones y sentimientos.
Una cuarentena de invitaciones se habían lanzado con la doble imposición del tema y de la duración. Los directores recibían 25.000 euros y una fecha límite de entrega de la obra. Pese a algunas negativas por razones de trabajo o de falta de interés (olvidemos los nombres) se completó una lista impresionante, que será preciso citar por orden alfabético. Theo Angelopoulos, Olivier Assayas, Bille August, Jane Campion (la única mujer), Youssef Chahine, Chen Kaige, Michael Cimino, los hermanos Coen, David Cronenberg, los hermanos Dardenne, Manoel de Oliveira (el decano), Raymond Depardon, Atom Egoyan, Amos Gitai, Hou Hsiao-hsien, Alejandro González Iñárritu, Aki Kaurismäki, Takeshi Kitano, Andrei Konchalovsky, Claude Lelouch, Ken Loach, Nanni Moretti, Roman Polanski, Raoul Ruiz, Walter Salles, Elia Suleiman, Tsai Ming-liang, Gus Van Sant, Lars von Trier, Wim Wenders, Wong Kar Wai y Zhang Yimou. Naturalmente su punto en común no podía ser otro que el Festival de Cannes (Palmas de Oro, Jurados, o simple selección). Curiosamente no hay ningún español. Almodóvar estaba ocupado, y el otro habitual de Cannes, Carlos Saura, no parece que haya sido invitado.
La empresa, un poco descabellada, se ha concretizado en un claro éxito. Quizá dos o tres sketches decepcionan, pero el resto ofrece una variedad y una riqueza de invención extraordinarias. A veces son los mismos realizadores los que evocan recuerdos personales, como Chahine o Lelouch, a 47 y 30 años de distancia. Otras veces es el humor devastador de Lars Von Traer, que ataca a golpes de martillo a un espectador que representa la sociedad de consumo, sin olvidar la visión de la última escena de “Romeo y Julieta” que Abbas Kiarostami nos ofrece a través de una serie de rostros de personajes femeninos, solamente sobre el texto de Shakespeare. Es imposible citar todos los hallazgos de esta película, que no sólo los cinéfilos apreciarán, sino todo tipo de público. Y aunque el cine se difunda cada vez de forma más variada, no debe olvidarse que Chacun son cinéma es una apología de los cines populares, que en muchos lugares están en vías de desaparición. En cuanto a la “figura impuesta” de la brevedad, no debe confundirse con la facilidad. Andrei Konchalovsky ha utilizado una cita oportuna de un poeta ruso que después de haber escrito una larga carta , se justificaba diciendo que no había tenido tiempo suficiente para hacerla mas corta.
