¡Todo sobre mí! Mis memorables gestas en el universo mundo del espectáculo (Mel Brooks, Libros del Kultrum, 496 págs)
El colmo de las memorias de un comediante sería que no tuvieran ni una pizca de gracia. Desde luego no es el caso de “¡Todo sobre mí!” sabrosa colección de recuerdos sobre su vida de un lúcido Mel Brooks, que ha publicado su autobiografía con más de 90 años, aprovechando el año de confinamiento por la pandemia del covid, en 2020. El actor, guionista, director, productor y compositor de canciones neoyorquino logra dotar de chispa a cada una de las páginas que componen su relato, y ello con una elegancia suprema, sin dejar nunca mal a nadie, para nada estamos ante la típica narración que se aprovecha para determinados ajustes de cuentas con personajes a los que se guarda rencor. Para todos los que menciona tiene elogios y palabras positivas, y si no puede decir algo bueno, simplemente corre un oportuno y tupido velo para evitar el, demasiado habitual en este tipo de libros, derecho al pataleo y a los lamentos.
Mel Brooks se retrotrae a su infancia y a su familia, tiempos felices a pesar de perder a su progenitor siendo niño, siempre estará muy unido a su madre y hermanos, con los que se crió en Brooklyn junto al resto de su numerosa familia judía. Aunque bajito de estatura, enseguida demuestra ser un “ganso” natural de altura, gritando por ejemplo en un campamento de verano “¡Poned los platos en la basura y apilad las sobras, chicos!”, provocando la carcajada general de sus compañeros. Cuando le preguntaban cuál fue el momento más feliz de su vida, si tal vez ganar el Oscar, respondía “Disfrutar de mi infancia en Brooklyn”. Además fue el momento en que descubrió su talento para la comedia, que “me dio amigos, grandes amigos”, y cuando descubrió los espectáculos de Broadway, y sus estupendos musicales, Cole Porter y compañía. Y en que acudía con frecuencia al cine, a muchos programas dobles.
No explica Brooks si tomaba notas, o si lo suyo es una memoria prodigiosa, pero es capaz de contar mucho y bien, es un grandísimo narrador. Y recorren sus páginas los recuerdos de su participación en la Segunda Guerra Mundial, los años como guionista de televisión para los programas de Sid Caesar o Johnny Carson, su creación de Superagente 86, y su magnífica amistad y colaboración su Carl Reiner, con quien ideó los sketches del hombre de dos mil años, entrevistas con respuestas improvisadas y disparatadas con un hombre de esa edad, el propio Brooks, que era capaz de hablar de cualquier acontecimiento histórico, porque había sido testigo y hablado con sus protagonistas.
Se nota que el artista es un hombre de familia, y habla con amor de sus tres hijos con Florence Baum, pero no la menciona a ella, y se refiere en cambio al gran amor de su vida Anne Bancroft, que le dio un cuarto hijo. En general da la impresión de que el autor ha evitado los episodios dolorosos, o sea, ha preferido dejar más espacio a las risas y sonrisas, al amor, el cariño y la amistad, que al dolor, la enfermedad, el sufrimiento o la muerte, no se menciona por ejemplo el cáncer que se llevó a Anne.
Abundan las anécdotas y los personajes memorables con los que traba amistad o a los que pide favores, que pueden concederle o no, por ahí aparecen Neil Simon, Woody Allen, Cary Grant, Orson Welles o John Wayne. Y el atrevimiento de su humor, plasmado ya en su primera y oscarizada película, Los productores, que quería titular “Espera a la primavera, Hitler”, sobre la concepción de la peor producción posible en Broadway, la idea es ganar dinero con un fracaso, lo que suena a despropósito, aunque no lo es. Seguirá una etapa gloriosa, con un divertido proyecto personal homenaje a los escritores rusos, El misterio de las doce sillas, para luego venir cintas que se mueven entre el homenaje y la parodia, en habilísimo equilibrio, que fueron un auténtico fenómeno en taquilla, sobre todo Sillas de montar calientes, mirada al western, y El jovencito Frankenstein, a las cintas de terror de Universal en blanco y negro. El cine mudo, dará pie a una atrevida cinta sin diálogos, La última locura de Mel Brooks, con cameos de grandes artistas, y el suspense de Alfred Hitchcock, que vio complacido su film, a Máxima ansiedad.
Da gusto leer a Brooks y sus comentarios generosos ante la comicidad y profesionalidad de sus colaboradores habituales, actores, guionistas o de otras ramas del cine, por supuesto hay alabanzas para Gene Wilder, Zero Mostel, Dom DeLuise o Marty Feldman, o para Madeline Kahn o Cloris Leachman. Vemos a alguien encantado de su profesión, que vive momentos de gloria, y también de cierto declive, pero que disfruta con sus películas, e incluso produce otras tan geniales como El hombre elefante, donde actuaba su amada Anne, y apostó por un tal... David Lynch; en cambio decidió dejar su nombre fuera de Fatso, que dirigió ella, para no hacerle sombra de ninguna manera; cuenta cómo prefería que su nombre no sonara mucho cuando respaldaba películas serias con las que no se le asociaría fácilmente, el caso de La mosca, también con director “especial”, David Cronenberg, o La carta final, con Anne Bancroft. También da cuenta de su sueño de producir dos musicales en Broadway, basados en sus películas de Los productores y El jovencito Frankenstein, que también le dieron muchas alegrías, el primero de ellos ganando 12 Tonys, cifra récord para un musical nunca superada; o de su intervención poniendo voz en películas de animación. Quizá falta un colofón, el remate final del libro, eso que debe tener un buen chiste, si se me permite aquí el símil tan adecuado de la comedia, pero en fin... nadie es perfecto.
