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Yo y Kaminski
6 /10 decine21

Yo y Kaminski

Ich und Kaminski

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Sinopsis oficial

Yo y Kaminski

Todas las vanguardias, los hitos culturales, los grandes iconos y maestros pasaron por él. Se le puede considerar el único artista del siglo XX que no ha sido influido por Picasso. Desde Henri Matisse a Bob Dylan, el arte moderno le pertenece, aunque hoy sea una figura olvidada. Es un pintor ciego que se llama Manuel Kaminski, encarnado en la pantalla por Jesper Christensen. Por supuesto, es una invención, un intruso en la historia de las artes creado por el escritor Daniel Kehlmann con fines literarios y especulativos, cuya celebrada novela adapta a la pantalla el responsable del gran éxito Good bye, Lenin! (2003), de nuevo en alianza con Daniel Brühl.

6 /10 decine21

Crítica

Ciegos

Ciegos

Doce años han pasado desde que el director Wolfgang Becker y el actor Daniel Brühl colaboraran felizmente en la divertida comedia sobre la caída del muro Good Bye, Lenin!. Desde entonces Brühl ha llevado una interesante carrera interpretativa, pero Becker no se ha prodigado demasiado, y desde luego, nada en el largometraje de ficción. Yo y Kaminski supone una interesante mirada a la trastienda del mundo de arte pictórico, a través de los deseos carentes de escrúpulos del periodista Sebastian Zöllner por convertirse en el biógrafo de mítico pintor Manuel Kaminski. Adapta una popular novela en Alemania de Daniel Kehlmann.

Se trata de una historia ficticia, pero a Kaminski, que rima con Kandinski, se le inventa un interesante pasado como discípulo de Matisse, y artista cuya obra interesa sobremanera a Picasso. Zöllner piensa que puede lograr una gran obra si encuentra pruebas de que la idea extendida de que Kaminski pintó gran parte de sus cuadros siendo ciego es una completa superchería. Para ello en primer lugar averigua que el artista, olvidado por muchos en la actualidad, aún vive, y logra introducirse en su círculo íntimo, en una aproximación que se observa resulta demasiado interesada.

Al principio el film, que tiene un guión de Becker y Thomas Wendrich, resulta disparatado en exceso, y hasta cargante, con pasajes algo surrealistas y la presencia de los pensamientos en off de Zöllner. Pero se consigue dar la vuelta a la aparente banalidad de la trama e insuflar algo de humanidad cuando el biógrafo progresa en su averiguaciones, y se lo lleva de su casa un tanto a la fuerza con la idea de propiciar un reencuentro con un antiguo amor. La relación entre artista y biógrafo se vuelve más íntima, y lo que parecen consejos atravesados de palabrería vana –“no tenemos nada, pero hemos de despojarnos de todo”–, cobran un sentido inesperado, lo que propicia un hermoso y sobrio final. Brühl hace un buen trabajo como periodista cínico que puede extraer alguna lección de su triste existencia –tal vez aprenda a ver, está más ciego que el sujeto tema de su biografía–, pero no le anda a la zaga Jesper Christensen, muy convincente como artista en el crepúsculo de la vida.

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