Reportajes
El cine mira la tele
TV o no TV, ésa es la cuestión. La relación entre el cine y la tele recuerda en cierta forma a la de dos hermanos. Primero vinieron los celos del hermano mayor, que sintiéndose príncipe destronado, trató de hacer frente a su supuesto `enemigo´. Pero la cosa no llegó a repetir el modelo de Caín y Abel, sino que finalmente, ambos hermanos comprendieron que la familia unida es lo mejor para todos, e iniciaron una feliz relación beneficiosa para ambos.
Las primeras transmisiones experimentales de televisión comenzaron en 1928, y al año siguiente, BBC inicia una programación regular. La pequeña pantalla empieza a difundirse en los hogares tras la II Guerra Mundial y a principios de los 50, cuando surgen las primeras cadenas estadounidenses, ABC, CBS y NBC, en los años del `boom´ de los electrodomésticos. Los grandes estudios cinematográficos presienten un enemigo difícil de batir, por lo que los ejecutivos compran acciones para controlar el mayor número posible de cadenas locales. Como una sentencia del Tribunal Supremo les impidió concentrar ambos negocios, aplicando la ley antimonopolio, los productores de cine terminaron declarándole la guerra a la tele.
Para mantener espectadores, los estudios recurrieron a pantallas de gran formato, con sistemas como Cinemascope, Vistavisión y Cinerama. Al mismo tiempo, mejoró el sonido estéreo, y dejó de utilizarse, casi por completo, el blanco y negro. En cualquier caso ambos medios han coexistido. La televisión ha sido siempre considerada el hermano pequeño, pero cada vez influye más en el cine. En la actualidad, ambos se llevan mejor que nunca. Estrellas televisivas saltan al cine siguiendo los pasos de Bruce Willis y George Clooney, al tiempo que se versionan en la gran pantalla series de éxito. Además, la televisión está presente en las películas, porque los guionistas, que siempre han tratado de reflejar la realidad social, no podían permanecer ajenos a ella, omnipresente en la vida cotidiana. Muchas veces aparece como elemento secundario, por ejemplo cuando el fugitivo entra en un bar y sale su imagen en las noticias. Pero también ha habido numerosas películas que tratan directamente el mundillo televisivo.
En busca de la noticia
Los chicos de los telediarios han copado filmes como Al filo de la noticia, comedia romántica de James L. Brooks, protagonizada por el presentador, la productora y un veterano reportero. A Howard Beale, presentador de informativos, le despiden por los bajos índices de audiencia, hasta que anuncia que se suicidará en directo, y recupera a los espectadores perdidos. Sucedía en Network, un mundo implacable, donde Sidney Lumet critica la falta de escrúpulos de algunas cadenas. No han faltado aguerridos reporteros que cubren accidentes nucleares (El síndrome de China), conflictos bélicos (Territorio Comanche, En tierra de nadie), enfrentamientos entre policías y delincuentes (Breaking News), y hasta el mundo de la moda (Prêt-à-porter) o del deporte (El reportero, Un domingo cualquiera). A veces informar sobre un acontecimiento sencillo puede convertirse en tarea interminable, como en Atrapado en el tiempo y Un día sin fin, el remake italiano. En la tele puede surgir el amor, como les pasó a Robert Redford y Michelle Pfeiffer en Íntimo y Personal. En Interferencias, versión en una cadena televisiva de Primera plana, el jefe no quería dejar escapar a Kathleen Turner, su mejor reportera. Algunos pasan grandes apuros como Renée Zellweger, deslizándose por la barra de los bomberos en El diario de Bridget Jones, mientras que otros acaban despedidos por meter la pata, como Jim Carrey en Como Dios. En España hemos tenido alguna que otra intrépida reportera, como Verónica Forqué en Kika, de Almodóvar.
De bailarines, realizadores y meteorólogos
Otros profesionales de lo más variopinto de las cadenas han sido retratados en cine, como el meteorólogo de El hombre del tiempo, en la que Nicolas Cage emulaba a Mariano Medina. Un documentalista que rodaba imágenes submarinas protagonizaba Life Aquatic, mientras que Smoochy, seguía los pasos de un presentador de programas infantiles sustituido por el muñeco de un rinoceronte fucsia. En Ginger y Fred, Marcello Mastroianni y Giulietta Masina eran una pareja de bailarines. En Bocados de realidad, Winona Ryder era ayudante de producción, mientras que Woody Allen encarnaba a un realizador hipocondríaco, en Hannah y sus hermanas. Spencer Tracy era un ingeniero que trataba de informatizar el archivo de un canal televisivo, a las órdenes de Katharine Hepburn, en Su otra esposa. Hasta los ejecutivos y jefazos han sido parodiados en Los fantasmas atacan al jefe y Un ejecutivo muy mono, mientras que el último `mono´, el tipo que instala la televisión por cable, protagonizaba Un loco a domicilio.
No podría haber tele sin anuncios, como el que rueda Bill Murray en Japón, en Lost in Translation. Almodóvar solía parodiar anuncios televisivos, como el de la madre del asesino que lavaba las manchas de sangre de su hijo con detergente en Mujeres al borde de un ataque de nervios. Dos ejecutivos publicitarios iniciaban una guerra de sexos que derivaba en romance en Pijama para dos, con Rock Hudson y Doris Day. Y por último, es necesario recordar la importancia de los espectadores, como Ellen Burstyn, ama de casa obsesionada por los concursos, en Réquiem por un sueño. También se hacía adicto, a una telenovela, uno de los protagonistas de Caro diario, de Nanni Moretti, mientras que la anciana vecina de Ben Stiller y Drew Barrymore, en Dúplex, no les deja dormir porque pone la tele muy alta, hasta que éstos instalan un sistema para desconectarla dando palmadas. El caso más extremo es el de Peter Sellers, que sólo conocía el mundo a través de la tele, en la memorable Bienvenido Mr. Chance.
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