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Escritores de cine

Escritores de cine

Está muy extendida la idea de que la literatura supera al cine, que no dejaría de ser un arte menor. ¿Cuál es su percepción tras escribir este libro?

A mí me parece que hay que huir de las simplificaciones. Son modos de expresión artística diferentes, con sus ventajas e inconvenientes. Es evidente que el cine es un arte colectivo, implica a muchas personas; mientras que tras un libro suele estar un autor único. Ciertamente un libro no está limitado –o no tanto, al menos– por el espacio. Se pueden dedicar cientos de páginas a desarrollar una historia, a sumergirse en la psicología de los personajes. El cine cuenta sólo con un par de horas para hacerlo. A cambio está el poder increíble de la imagen, la frase hecha “Una imagen vale más que mil palabras” tiene su porqué.

Mi acercamiento a los doce escritores que abordo en este libro me ha permitido descubrir sus sentimientos contrapuestos sobre el cine. Algunos, claramente, lo adoran. A Ray Bradbury le fascinó el cine desde chico, le apasionaba saludar a las estrellas de Hollywood, muestra un increíble entusiasmo infantil, en el mejor sentido de la palabra. La llamada de John Huston para colaborar con él en Moby Dick es un sueño hecho realidad. Y no debemos olvidar que Graham Greene, antes de consagrarse como escritor, fue crítico de cine muchos años. Por no hablar de aquellos que han probado la dirección cinematográfica, como Paul Auster, Michael Crichton o David Mamet. Ciertamente su modo de expresión artística originario es la palabra, pero algo les fascinó del cine.

¿Y no fue simplemente el dinero lo que les llevó a Hollywood?

Por supuesto que el dinero tenía su atractivo, nadie hace ascos a un dinero que ayuda a pagar las facturas. Pero creo que sería reduccionista atribuir de modo exclusivo al vil metal su dedicación al cine. Por ejemplo Francis Scott Fitzgerald muestra en sus inicios una pasión por el celuloide que no cabe relacionar sólo con el dinero. Es cierto que, cuando sus guiones no iban a ninguna parte, el alto sueldo que percibía le animaba a perseverar en Hollywood. De algún momento se convertía casi en su único incentivo, sobre todo para pagar el costoso tratamiento médico que seguía su esposa Zelda.

O pongamos el caso del español Enrique Jardiel Poncela. Su entusiasmo después de que lo fiche la Fox yo lo relaciono más con un deseo genuino por vivir la aventura hollywoodiense. Es muy fácil despotricar de la vacuidad del mundo del cine en Estados Unidos, pero hay algo inefable en las películas, y muchos escritores tenían el deseo de formar parte de ello.

Juan Manuel de Prada ha comentado que una de las grandes aportaciones de su libro es mostrar cómo los recursos narrativos del cine acaban contagiando a las obras de los autores

Agradezco mucho a Juan Manuel sus palabras. Uno de mis deseos era señalar precisamente eso. Pongamos el caso de Graham Greene. El novelista miraba un poquito por encima del hombro al cine, y no apreciaba demasiado la producción del húngaro afincado en Gran Bretaña Alexander Korda. Pero cuando le encargó un guión, aceptó el desafío, y vio que las cosas no eran tan sencillas como había pensado. Aquello le sirvió no sólo para afianzar la amistad con Korda, sino para pergeñar su película más conocida, El tercer hombre, que primero fue guión, y luego película y novela. Greene se benefició de su cultura cinematográfica a la hora de acometer la ficción, de eso no cabe la menor duda.

Otro autor muy distinto, Paul Auster, aplica comparaciones cinematográficas a su narrativa. “Si esto fuera una película de Hollywood”, dice en una de sus novelas, “empezarían a pasar las páginas del calendarios…”, describiendo la clásica escena de transición, para señalar el paso del tiempo.

Es muy llamativo el caso de la adaptación de Perdición, según un relato de James M. Cain. El novelista reconoció que Raymond Chandler y Billy Wilder supieron insuflar al film ideas que le hubiera gustado que se le ocurrieran a él. Eran ideas muy cinematográficas, que surgen del dinamismo del medio.

¿Qué empuja al cine a un Premio Nobel como William Faulkner?

No podemos olvidar que cuando Faulkner se al cine, el Nobel aún no está en el horizonte. A Faulkner le movía el dinero, esto es innegable. Pero la amistad que forjó con el director Howard Hawks tuvo mucho que ver con su paciencia en Hollywood. Es muy divertido el primer encuentro de los futuros amigos. Faulkner fue a la oficina de Hawks, y lo primero que dijo fue: “He visto su nombre en un cheque”. Aseguraba Hawks que era verdad y que nunca lo olvidaría “porque en ese momento quería matarle”. A Hawks le sorprendió la capacidad de trabajo de Faulkner, su entrega a los guiones. No era algo menor que podía despachar de cualquier manera, sino que consumía sus energías. Cuando le encargó un guión, el escritor dijo que se verían en cuatro días. Hawks entendió que quería decir que necesitaba cuatro días para decidir si aceptaba el trabajo, pero Faulkner se refería a que pensaba entregar el guión en ese plazo.

Otro premio Nobel que se aborda en su libro es John Steinbeck

Steinbeck tuvo varias incursiones en el cine, y quedó feliz de la versión que hizo John Ford de Las uvas de la ira. Pero el trabajo más representativo de su idilio con el celuloide fue el guión de ¡Viva Zapata!. El escritor estaba fascinado por la figura del revolucionario mexicano, y se entregó con pasión a recopilar información para el film que dirigió Elia Kazan. El material que reunió y lo que escribió podrían haber dado para varias películas. Me parece que es significativo de la confianza que Steinbeck otorgaba a la capacidad del cine para contar historias.

Curiosamente Kazan se vio tan abrumado por la solicitud de Steinbeck que, cuando hizo Al este del edén, maniobró para que el escritor no interviniera en la adaptación. Probablemente la situación más dolorosa a que puede enfrentarse un escritor es a la adaptación de una obra suya concebida como novela. Fue pensada para otro medio, y seguro que contiene pasajes de los que no querría prescindir; y sin embargo, el director puede pensar de otro modo.

Parece un poco atrevido unir en una lista de doce autores a un Nobel con un escritor popular de ‘best-sellers’.

Pues tenía previsto incluir en el libro a Stephen King (risas). Imagino que lo dice por Michael Crichton. Por él siento una simpatía especial porque, siendo médico de formación, terminó dedicado al cine y la literatura. Y ello sin renunciar a procurar estar al día de los conocimientos médicos, y de la ciencia en general. Yo soy ingeniero de telecomunicación, y aquí estoy, dedicado al mundo del cine, al periodismo cinematográfico. Lo que no me impide seguir con gusto los avances de la telecomunicación.

No voy a decir que Crichton haya escrito o filmado obras maestras, pero me fascina su capacidad de divulgación, y la creatividad para imaginar historias. La idea de revivir los dinosaurios a partir de un mosquito fosilizado en ámbar de Parque Jurásico es brillante. Y me gustan sus ideas sobre los robots, plasmadas en Almas de metal, donde aprovecha muy bien, con mucho sentido del humor, la presencia del actor Yul Brynner.

¿Están los escritores de teatro más preparados para enfrentarse al cine?

Bueno, no podemos confundir al escritor de una obra de teatro, con el director de esa obra en un escenario. Pero no será raro que ese escritor haya presenciado ensayos, y sugerido ideas para la traslación escénica. Puede haber existido más participación, y entenderse mejor el trabajo de los actores. Entonces, en ese concepto de traslación, pueden hacerse cargo de lo que es el cine con respecto al papel. Es el caso de Arthur Miller con Elia Kazan. David Mamet tiene además la ventaja de tener una visión muy elaborada de lo que es un guión, quizá sea el autor de los que abordo que mejor entiende los terrenos en que se mueve la novela, el teatro y el cine, sus elementos comunes y sus diferencias. Me gusta mucho además su mente abierta, por ejemplo al hablar de unos premios tan populares como los Oscar, y la parafernalia que les rodea, todo un rito.

Miller tal vez no se habría acercado tanto al cine si no hubiera sido por su esposa Marilyn Monroe

Es cierto que el mejor trabajo de Arthur Miller para el cine fue el guión que escribió pensando en su esposa, Vidas rebeldes. Es una película maravillosa, sobre individuos crepusculares. El personaje de Marilyn es muy tierno, y muchos de sus rasgos están tomados de la propia actriz. La compasión por los caballos, cuya carne va a terminar enlatada, se inspiraba en la pena que daban a Marilyn unos pececillos en el agua, a punto de ahogarse.

El matrimonio del dramaturgo con Marilyn fue problemático, y ella parecía buscar más una figura paterna, que le diera seguridad, que un marido. Miller se dejó llevar por el efecto Marilyn, que no sólo era el del atractivo físico –recordemos que también Truman Capote quedó fascinado por “esa adorable criatura”–, sino el de su fragilidad, una ingenuidad rayana en la inocencia. Varias obras teatrales de Miller se inspiraron después en este matrimonio, que influyó mucho en su vida.

¿No es su libro demasiado para especialistas?

Pienso que no, que cualquier amante del cine y de la literatura sabrá disfrutarlo. Creo que muchos libros se acercan al perfil biográfico de determinados escritores. Yo, sin renunciar a ello, y señalando las notas distintivas de cada uno, me he esforzado en describir cómo fue su relación con el cine. En qué consideración tenían al séptimo arte, los guiones que escribieron, y que se filmaron o no, cómo veían las adaptaciones de su obra… He procurado pintar todo este “paisaje”, las amistades que forjaron en Hollywood y alrededores, y cómo incorporaron esa experiencia a su obra. Menciono, claro está, el ejemplo de Fitzgerald, porque El último magnate, su apasionante obra inacabada, no existiría sin la experiencia hollywoodiense.

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