La ética de las formas. Estilo, discurso y moral en el lenguaje cinematográfico (Carlos F. Heredero, Cátedra. col. Signo e Imagen, 432 págs)
El contenido y la forma. Los cineastas tienen algo que contar y lo hacen de un determinado modo. Hay un proceso creativo y la intención cobra vida, aquello acaba plasmado en la pantalla. Y tenemos al espectador que lo contempla y disfruta, y al crítico y al estudioso que lo analizan para discernir si el artista ha conseguido su propósito, al menos en algún grado. Carlos F. Heredero nos ofrece un valioso ensayo que invita a considerar cuál es modo más honesto de acercarse a la disección de una película, donde las buenas intenciones sobre lo que se desea transmitir no bastan, toca ver su coherencia formal, el esfuerzo por encontrar un camino de expresión para ceñirse a él y entregar algo bello, y que pasa por la fidelidad a un código ético y a un modo de ver las cosas que huye del capricho manierista o del sometimiento a la dictadura de lo políticamente correcto, del qué dirán.
En este sentido la larga introducción de Heredero proporciona algunas de las claves que debería tener en cuenta el analista de películas para lograr algo parecido a la justicia en su apreciación de los logros o el señalamiento de lo que resulta fallido. Es nuestro autor exigente, porque considera que algunas películas se limitan a ilustrar, cuando lo realmente meritorio y artístico consiste en crear, una acción casi divina y metafísica. Y aquí cabría preguntarse si en tal caso las obras que merecen ser criticadas son pocas, porque sin duda la mayoría de los filmes se conforman con entregar una historia más o menos entretenida, plasmar en imágenes lo que está sugerido en un guión, donde el director viene a ser un simple artesano. O sea, parece que hay que discernir lo valioso, que reclama más atención y el estudio académico, de lo que se puede despachar rápidamente como producto industrial y de consumo rápido.
De todos modos, hay que decir que para el crítico “La ética de las formas” es un libro desafiante y que invita a ser riguroso de verdad. Porque le reclama no limitarse a salir del paso con un texto subjetivo en que básicamente uno diría que esta película me ha gustado, o no, sino que le pide fundamentar la supuesta disparidad entre lo que se pretendía contar y el resultado final, reconocer los motivos de una determinada planificación, de un encuadre, de un movimiento de cámara, explicitar las claves de un estilo, relacionar lo que se entrega con el resto de la filmografía de un autor, reconocer o no, la coherencia.
Heredero coincide con el aforismo de Jean-Luc Godard de que “un travelling es una cuestión moral”. Resulta muy ilustrativo el ejemplo que menciona en la introducción de Pier Paolo Pasolini advirtiendo que para imprimir sacralidad a El evangelio según san Mateo, debía despojarlo de la intención sacralizadora, porque sólo rodando la cotidianidad de la vida de Jesús y sus seguidores, lograba que aquello adquiriera la anhelada cualidad sagrada. Y lo mismo cabe decir de tres modos de filmar la muerte, con la mirada puesta en la dialéctica entre contenido y forma, en las películas Kapo, La emperatriz Yang Kwei-Fei y Pat Garret y Billy the Kid, sugiriendo que en la primera la simbología de los brazos en cruz no casa con el suicidio, la dignidad y diferencia de clase, y el uso del fuera de plano en la segunda, el pudor de la cámara que se aleja al final de la escena en la tercera.
En el análisis de películas, el autor señala la influencia en su caso de muchos especialistas en la crítica artística, no necesariamente cinematográfica, y en efecto menciona muchos nombres, como George Steiner, Ernest Gombrich, Claudio Magris, Umberto Eco y Susan Sontag, y ya en lo relativo al Séptimo Arte, André Bazin, François Truffaut, José Luis Guarner, Santos Zunzunegui, Jean-Michel Frodon, por referir al menos unos pocos. Se trata de encontrar en las formas escogidas para plasmar los contenidos una ética de la que forman parte la moral, la ideología, una visión del mundo, y constatar si en el film tenemos finalmente algo bello, emocionante, catártico, con sentido. Y admitir, sí, que todos los artistas son hijos de su época, pero que en la forma final de la obra algo queda allí imperecedero y disfrutable, podríamos decir, “en todas las estaciones”.
Una vez señalada una suerte de "método ideal" para desentrañar una película, vienen entonces 20 casos, análisis concienzudos de una selección que no pretende ser especialmente representativa de nada, si acaso de obras que sí merecen ser miradas con detenimiento. Y sin duda que desde La mirada de Ulises de Theo Angelopoulos a El irlandés de Martin Scorsese, se pasa por otros 18 títulos valiosos de Víctor Erice, Céline Sciamma, Orson Welles, Éric Rohmer, Sofia Coppola, Aki Kaurismäki, Jacques Becker, Georges Franju, Joanna Hogg, Joseph Losey, Manuel Gutiérrez Aragón, Chloé Zhao, Juan Antonio Bardem y Luis García Berlanga, Joseph L. Mankiewicz, Kelly Reichardt, José Luis Guerín y Paul Thomas Anderson, todas son “obras extraordinariamente idiosincráticas de creadores” que constituyen “una nómina ciertamente heterogénea” en que asoman temáticas bien sintetizadas en los sugerentes títulos de los correspondientes capítulos, en que asoman la historia reconfigurada en el presente, los viajes entre el realismo y el fantástico, o el silencio, tan necesario en este mundo tan lleno de ruido y furia.
