Mario Bava
65 años ()Maestro de lo macabro
Martin Scorsese, Tim Burton, Quentin Tarantino y otros realizadores reconocen su influencia en su cine, y se adelantó a “Alien, el octavo pasajero”. Mario Bava, maestro del terror italiano y pionero del cine de género, dejó una huella imborrable con su estilo visual único, su ingenio técnico y su capacidad para crear atmósferas inquietantes con recursos limitados. Director, fotógrafo y artesano de la imagen, Bava inventó el giallo (películas tan italianas como un expresso doble que mezclan asesinatos, terror y erotismo), renovando el horror europeo, y su obra, aunque en su tiempo muchas veces subestimada, hoy es reverenciada como esencial para entender el desarrollo del cine moderno de autor y de género.
Nacido el 31 de julio de 1914 en Sanremo (Liguria), en el seno de una familia ligada al cine —su padre, Eugenio Bava, fue escultor, cámara y pionero de los efectos especiales—, Mario Bava comenzó como pintor frustrado —le fascinaba el color, algo que más tarde se convertiría en una de sus señas de identidad como director— antes de abrazar la herencia cinematográfica familiar como ayudante de cámara y responsable de efectos especiales en Istituto Luce. Ya en los años treinta colaboró en dos cortos con Roberto Rossellini, pero fue en los 50 cuando apuntaló su reputación como director de fotografía en éxitos populares como Hércules y El gigante de las cien manos.
Tras rodar el documental L’orecchio y varios cortos, da el salto al largometraje de terror por la puerta gótica. En 1957, con Los vampiros, no sólo demuestra que sabe encender luces, sino que también puede salvar rodajes. El director original, Riccardo Freda, se esfumó misteriosamente a mitad de película, así que Mario Bava, que estaba como director de fotografía, tomó las riendas y terminó la cinta en tiempo récord. Así nació el primer film de horror gótico de la era sonora en Italia. Su eficacia le convirtió en un comodín de oro: años después le pidieron que rodara escenas clave de los peplum Hércules y la reina de Lidia(1959) y La batalla de Marathon (1959), esta última iniciada por el mismísimo Jacques Tourneur. También puso su sello viscoso y brillante en Caltiki, el monstruo inmortal (1959), una especie de masa radioactiva que se comía a la gente con una voracidad digna de buffet libre.
Gracias a estos trabajos, Mario Bava se ganó, por fin, el derecho a levantar su primer proyecto personal, y lo hizo a lo grande con La máscara del demonio (1960), todo un clásico del cine de terror italiano. La historia mezcla brujería, venganza y romanticismo fúnebre. Barbara Steele, icono absoluto del género, interpreta un doble papel: por un lado, la malvada bruja Asa Vajda, ajusticiada brutalmente en el siglo XVII con una máscara de hierro clavada a martillazos en el rostro; por otro, su descendiente Katia, joven inocente sujeto de una posesión demoníaca muy poco piadosa.
La película arranca cuando dos viajeros “curiosos” despiertan accidentalmente a Asa, desatando un aquelarre de imágenes tenebrosas y miradas que cortan más que un cuchillo jamonero. Bava, que venía del mundo de la pintura, ilumina sombras como si fueran brochazos de Caravaggio, y consigue que el blanco y negro se vuelva de todo menos neutro. Según el realizador “en una película de horror, la iluminación es el 70 % de su efectividad”, y en La máscara del demonio esa máxima se convierte casi en ley natural: cada plano rezuma estilo, tensión y un terror que no necesita sobresaltos baratos. A partir de aquí, el director se consagra como maestro de lo macabro.
La muchacha que sabía demasiado (1963) está considerada el primer “giallo” de la historia. Una turista estadounidense llega a Roma, donde presencia un asesinato. Nadie la cree, por supuesto, y ahí empieza un juego de espejismos, pistas falsas y psicópatas con gabardina. Rodada en blanco y negro, es una carta de amor a Hitchcock con una pizca de ironía italiana, y ya anticipa muchas de las obsesiones visuales del género: escaleras de caracol, sombras siniestras y mujeres solas que deberían hacer más caso a su intuición.
Un año después, Mario Bava lo llevó todo un paso más allá con Seis mujeres para el asesino (1964), ya en un glorioso technicolor. En una casa de moda, un asesino enmascarado comienza a eliminar a modelos con una violencia estilizada que, en su día, escandalizó. El cineasta muestra aquí su dominio absoluto de la iluminación artificial y los colores saturados: rojos que sangran, verdes que enferman, azules que hipnotizan.
Con Terror en el espacio (1965), el cineasta demostró su versatilidad, mezclando terror con ciencia ficción. Dos naves espaciales responden a una misteriosa señal en un planeta desconocido. Al aterrizar, la tripulación comienza a comportarse de forma errática, y pronto se desata el caos cuando descubren que una fuerza invisible controla sus acciones. A partir de ahí, Mario Bava transforma lo que podría haber sido un simple relato de serie B en una auténtica pesadilla espacial, cargada de tensión paranoica, colores saturados y decorados de cartón piedra que, sin embargo, logran una fuerza visual hipnótica. Con su atmósfera densa, el film sirvió como inspiración para Alien, el octavo pasajero (1979). De hecho el director de aquél, Ridley Scott y Dan O’Bannon, guionista, reconocieron haber visto la película, y las similitudes entre ambas —el planeta hostil, los cadáveres de una raza alienígena anterior, la descomposición psicológica de la tripulación— son tan numerosas que cuesta pensar en Alien sin evocar esta obra.
En Kill, Baby... Kill! (1966), se lanza al terror gótico más onírico con una historia situada en un pueblo maldito donde una niña muerta lanza su balón desde el más allá. El protagonista es un médico racional que, como es tradición, acaba perdiendo el juicio ante lo inexplicable. La atmósfera es irreal, casi de pesadilla, con escaleras que no llevan a ningún sitio, relojes que retroceden y puertas que no deberían abrirse jamás. Mario Bava confesó que esta película nació como resultado de una apuesta con “algunos americanos” que aseguraban que era imposible rodar una película decente sin el respaldo de un gran estudio. Bava no solo la filmó, sino que lo hizo con un presupuesto irrisorio, reutilizando decorados, niebla prestada y efectos ópticos artesanales que todavía sorprenden. Según él mismo, “la libertad creativa solo la encuentras cuando no hay nadie detrás diciéndote lo que tienes que hacer”. Y vaya si lo demostró.
El fantasma infantil con vestido blanco y balón se convirtió en una imagen icónica. Federico Fellini se inspiró en esa figura para su mediometraje Toby Dammit y muchos años después, el cine de terror japonés y surcoreano —en títulos como The Ring o La maldición— encontró en esa mezcla de infancia y ultratumba una veta inagotable.
En lo personal, se conocía a Mario Bava por su carácter reservado, incluso tímido, poco amigo del bullicio de Cinecittà. Rara vez concedía entrevistas, pero cuando lo hacía, solía minimizar sus logros con modestia y un humor socarrón. Su sentido del deber profesional contrastaba con una vida privada que se mantuvo casi siempre fuera del ojo público. Nunca fue un director de alfombra roja ni un personaje mediático, lo que contribuyó a cultivar un aura casi mítica en torno a su figura. Estaba casado con Iole Sergio desde el 9 de enero de 1938, y permaneció junto a ella hasta que murió en 1980. El matrimonio sólo tuvo un hijo, Lamberto Bava, que siguió sus pasos como director, en un principio también en el terreno del terror, con títulos como Demons (1985).
Con Danger: Diabolik (1968), adaptaba un cómic criminal que en sus manos se convirtió en un festín psicodélico de colores chillones, planos imposibles y villanos con más estilo que remordimientos. Esta joya de culto, a medio camino entre el “pop art” y el “eurotrash” elegante, influyó notablemente en directores como Roman Coppola, que la cita como una de sus referencias visuales clave, y fue objeto de un remake dirigido por el maestro del terror moderno, James Wan, responsable de Expediente: Warren (2013).
Poco después, Mario Bava abrió la puerta —a machetazo limpio— al “slasher” moderno con Bahía de sangre (1971). Una sucesión casi lúdica de asesinatos creativos en torno a la disputa por una herencia sirve de excusa para una película que, sin saberlo, se convirtió en el manual de instrucciones que luego seguirían sagas como Viernes 13. Muchos de sus planos y muertes fueron directamente replicados, y no es casualidad: aquí el asesino ya no es un monstruo sobrenatural, sino alguien muy humano, armado de resentimiento y herramientas de jardinería.
Su trayectoria sufrió numerosos reveses, especialmente en la etapa final. Uno de sus trabajos más personales, Lisa y el diablo (1972), protagonizado por Telly Savalas, fue ignorado por distribuidores durante años debido a su carácter onírico y experimental, alejado del terror convencional. Solo décadas más tarde sería recuperado y valorado como una de sus obras más ambiciosas, aunque en su momento se vio mutilada y remontada como El diablo se lleva a los muertos (1975), con metraje añadido para parecer una copia más de El exorcista.
Tampoco tuvo suerte con Rabid Dogs (1974), un thriller seco y tenso ambientado casi íntegramente dentro de un coche, que marcaba un viraje radical en su estilo visual y narrativo. La quiebra del productor paralizó el proyecto antes de su finalización, y la película permaneció inédita durante décadas. En los años 90 se estrenó por fin, en distintas versiones, bajo el título Kidnapped, convirtiéndose en una obra de culto que hoy se considera precursora del cine de Tarantino y del “neo-noir” europeo.
Regresó al terror con Shock (1977), codirigida con su hijo Lamberto, quien ya había trabajado como asistente en varias de sus películas. Aunque más convencional, la película supuso su despedida como director. A partir de entonces, su actividad en el cine fue residual. Su última contribución al séptimo arte fue como responsable de efectos visuales en Inferno (1980), segunda entrega de la Trilogía de las Madres de Dario Argento. Allí, Mario Bava puso su talento al servicio de secuencias de pesadilla, contribuyendo discretamente al impacto visual del film, sin recibir el crédito que merecía.
Mario Bava falleció de un infarto el 27 de abril de 1980 en Roma, justo cuando estaba inmerso en la preparación de un nuevo proyecto de ciencia ficción, Star Riders, con el que pretendía lanzarse, una vez más, al terreno de lo inexplorado. Irónicamente, su corazón —tan crucial para un director que rodaba con el pulso firme de un cirujano visual— se detuvo en un momento en el que todavía tenía mucho que ofrecer. Su muerte fue tan inesperada como algunas de sus escenas más inquietantes: unos días antes, su médico le había asegurado que gozaba de buena salud.
