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Spencer
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Sinopsis oficial

Un retrato de la princesa Diana. Lo que debería ser un maravilloso respiro navideño con sus hijos en la finca de Sandringham, en cambio, se convierte en una sucesión de obligaciones no deseadas. Mientras tanto, el Príncipe Carlos de Inglaterra está retozando abiertamente con Camilla Parker-Bowles, lo que obliga a Diana a interpretar el papel implacable de la amada y fiel esposa delante de los paparazzi que siguen cada uno de sus movimientos. ¿Aceptará su posición o se revelará y por fin vivirá su vida tal y como desea?

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Crítica Spencer (2021)

La princesa está triste

La princesa está triste

Pablo Larraín ha cogido gusto a presentar al público su personal visión de los famosos, con los riesgos que eso conlleva. Es el caso de Neruda o Jackie y ahora el de Spencer, en donde aborda la angustiosa convivencia de la princesa Diana con la familia real británica. En este caso se centra en los tres días de Navidad que Diana ha de pasar con su familia en el castillo de Sandringham, en Norfolk. Allí se siente una extraña y únicamente es feliz con sus hijos, los aún pequeños William y Harry. Queda claro desde el inicio que se trata, en palabras del director, de “una fabula sobre una tragedia verdadera”. Estamos, pues, ante una invención, pero es también una invención singular, porque no se cuentan grandes hechos sino que sobre todo se transmite una insostenible situación familiar, una atmósfera donde se exterioriza el triste estado interior, infeliz y depresivo, de Lady Di.

Spencer hace hincapié en la opresión de las etiquetas, las normas, las prohibiciones y las falsas fachadas derivadas de la realeza, imposiciones formales que asfixian a la protagonista casi hasta la locura. Diana anhela utópicamente recuperar los años de infancia –cuando era una Spencer y no una Windsor– y era feliz jugando libre en sus tierras con su padre y su familia. El desagrado que le supone su nueva situación –en ese momento una mujer cornuda y despreciada– tiene hasta consecuencias somáticas, ataques de ira, vómitos, llantos y una enfermiza reticencia a acudir a los actos familiares. La princesa se siente como Ana Bolena, traicionada vilmente por un marido adúltero. No es que no sienta el cariño de sus allegados, perfilados casi como autómatas por Larraín, es que ni siquiera parece haber un mínimo con lo que consolarse y, a excepción de la cercanía de algunos sirvientes, una mortal rigidez británica lo impregna todo. En ese ambiente, pocos hechos acontecen como tales en el desarrollo del film, no es eso lo que interesa Larraín y a su guionista Steven Knight, sino –como ya se ha apuntado– trasladar al espectador el estado de ánimo que debió de tener Diana en aquella etapa de su vida, un retrato que desde luego mueve a compasión.

Aunque, como es habitual en él, Larraín pinta un panorama verdaderamente amargo de la vida, incluso retorcido, visualmente Spencer es una soberbia experiencia estética, un cénit expresivo sin duda entre la filmografía del director. El cineasta chileno crea una atmósfera densa, atrayente, misteriosa, opresiva, apoyada prioritariamente en una extraordinaria fotografía de Claire Mathon, que sabe embellecer tanto las horas de la mañana como las de la noche, con un uso formidable de la luz natural o artificial aportando en ambos casos algo similar a un capa de aire que parece tener tersura, sobre todo en exteriores, una especie de levísima neblina que emparenta los fotogramas con lienzos, envueltos en tal impresión vintage que convierte el rostro de Diana en pura nostalgia. En los pasajes más oníricos, Larraín parece haberse inspirado por momentos en el estilo de Terrence Malick, con esos largos movimientos de cámara mientras el sonido toma protagonismo, a menudo con poderosos acordes envolventes de chelo y el contado y sutil uso de los metales. Quedan en la retina algunas imágenes de la protagonista bailando solitaria por pasillos y estancias, donde luce sobremanera el exquisito vestuario de Jacqueline Durran.

Aunque Diana interactúa durante esos tres días con algunas personas –su marido, sus doncellas, el mayor Gregory, la reina, sus hijos, el chef–, en realidad todas ellas son meras comparsas del protagonismo absoluto de la Princesa de Gales, presente en todos los fotogramas. Kristen Stewart brilla espléndidamente en su mimesis de Diana, con esos reconocibles movimientos de su cabeza y de su caminar, y cada una de sus respiraciones transmite una honda tristeza.

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