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Biografía

Jaime López

Jaime López

Jaime López

Filmografía
Intemperie

2019 | Intemperie

Poco después del fin de la Guerra Civil, un niño huye del capataz, cacique que tiraniza a un pequeño pueblo andaluz, pues le tenía recluido en su casa, en teoría con el consentimiento de sus padres, personas muy humildes forzadas a aceptar la situación, pues saben que no volverán a trabajar en las inmediaciones si se oponen a la voluntad del amo. Mientras éste emprende una intensa búsqueda con sus sicarios más fieles, el chico recibirá la inesperada ayuda de un pastor que atraviesa la zona con sus cabras. Cuarto trabajo como realizador de Benito Zambrano, rodado cuando se cumplen veinte años de su ópera prima, Solas, tras la que nunca ha alcanzado el mismo nivel. Ahora tenía una oportunidad de oro, pues adapta la brillante novela con la que debutaba en el panorama literario el extremeño afincado en Sevilla Jesús Carrasco, que se desarrollaba en un país y un tiempo determinados, y tenía muchos puntos en común con La carretera, de Cormac McCarthy, pero con los detalles de costumbrismo rural de Miguel Delibes. Traslada el relato a la inmediata postguerra, que el realizador ya trató en La voz dormida, por lo que el guión de Pablo y Daniel Remón (Casual Day) convierte una potente alegoría del abuso de poder en general, un poco en un nueva denuncia social de la época. Asoman de vez en cuando diálogos con opiniones sobre la guerra y otros temas que parecen extraídos del manual básico del buen comunista. En otro orden de cosas, el cineasta lebrijano ha filmado el largometraje como si de un western se tratara. Este recurso funciona más o menos, pues se han escogido como localizaciones áridos paisajes del Altiplano Granadino, que se distinguen poco del desierto de Arizona y similares. Sin embargo, le falta fuerza a la hora de filmar un tiroteo decisivo para la historia, se nota que Benito Zambrano no tiene ninguna experiencia rodando secuencias de acción. Como cabía suponer, se le da muy bien dirigir a los actores. Luis Tosar demuestra una vez más su versatilidad, convierte en cercano al típico personaje al margen de la sociedad, que se ve obligado a su pesar a intervenir para combatir la injusticia, que tan bien interpretaron Alan Ladd en Raíces profundas o Clint Eastwood en El jinete pálido. No desentona a su lado el jovencísimo Jaime López, que ya resultaba convincente como hijo de Natalia de Molina en Techo y comida. Además, se ha mantenido la elegancia a la hora de abordar los elementos más escabrosos, sugiriendo que late al fondo un caso de pederastia, pero sin mostrarla explícitamente.

6/10
Techo y comida

2014 | Techo y comida

Jerez de la Frontera, Cádiz, 2012. Rocío es una madre soltera, joven, con un niño despierto y vivaracho que acude al instituto local. En el paro desde hace tres años, Rocío vive en un piso de alquiler, que no paga desde hace ocho meses. El propietario le exige el dinero cada vez con mayor vehemencia, mientras que Rocío sólo piensa en salir adelante cada día, en encontrar trabajo, en conseguir algo de dinero para poder dar de comer a su hijo. Juan Miguel del Castillo debuta con personalidad en el largometraje con este durísimo drama social que denuncia la situación de pobreza y desesperación de miles de familias en España. Habla el director sin contemplaciones, alejándose de la ficción lo más posible para retratar con realismo la tragedia de la pobreza, pero no de la carestía de los “pobres” que piden por la calle una limosna y van tirando cada día miserablemente. No. Techo y comida quiere desviar la atención hacia una situación más desesperada, la de miles de personas que poco a poco lo han ido perdiendo todo por culpa de la crisis: el trabajo, el dinero, la alegría, la salud, la dignidad, hasta llegar a carecer de lo más básico (el título ya es suficientemente explícito). Quiere hacer ver Del Castillo que la crisis se ceba en los más débiles, en los menos preparados. Es decir, en la mayoría de la población, en gente absolutamente normal que, pese a sus diarios esfuerzos, no logra salir adelante. Es ésta una pobreza más difícil de reconocer y de aceptar, y por eso más trágica: es la carencia de quien va al supermercado y sólo puede comprar pan, la de quien no puede lavarse porque no tiene jabón, la de la madre que ve horrorizada cómo su hijo se desmaya de hambre. El director demuestra su seriedad a la hora de tratar la cuestión. Por un lado no se distrae con otras líneas narrativas; por otro, lo lleva a cabo con seca sobriedad. Aquí no hay más cera que la que arde, como en la vida. Hay en este sentido algún pasaje significativo, como esa audaz y terrible conversación con el abogado, en fuera de campo, como quien no tiene interlocutor posible. Y, a la vez, aunque evita complacencias, Del Castillo es capaz de reconocer que no es todo negrura, que también hay bondad en las personas, en gentes de bien que no miran hacia otro lado ante el sufrimiento. En este punto tampoco esconde el film la enorme y callada labor que realiza la Iglesia por los desfavorecidos, aunque también haya que lamentar una vez más lo que parece ser una obligación en el cine español: dibujar a las monjas, aunque sea con un detalle, como personas grotescas y desagradables. Cuenta la película con una puesta en escena muy pegada al terreno, nada artificiosa, con localizaciones en un barrio humilde de Jerez de la Frontera. Rodada con cámara a menudo en movimiento, la narración no deja en ningún momento de posarse sobre la protagonista, Rocío, personaje doloroso al que el acento natural y la capacidad interpretativa de una extraordinaria Natalia de Molina (Vivir es fácil con los ojos cerrados) saca una enorme humanidad, una veracidad agobiante, perfecta encarnación de las víctimas de una situación que clama al cielo.

6/10

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