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In memoriam

Director de títulos como "Un día de furia", "El ciente" y "El fantasma de la ópera"

80 años: tiempo de morir para Joel Schumacher

No ha sido tiempo de matar, sino de morir. Joel Schumacher ha recibido la última llamada y ha atravesado definitivamente la línea que separa la vida de la muerte. Enfermo de cáncer, murió en su ciudad natal, Nueva York, a la edad de 80 años. Deja como legado un buen puñado de películas, bendecidas por el éxito comercial, aunque nunca logrará desprenderse del sambenito de haber hecho las peores peliculas de Batman.

Joel Schumacher no dirigió una película hasta que cumplió los 42 años, nunca es tarde si la dicha es buena. El cineasta nació en Nueva York en 1939, de padre baptista que murió cuando él tenía solo cuatro años, y madre judía de origen sueco, que no sobrevivió muchos más años a su marido. La orfandad le haría mella, y aseguraba haber pasado por todos los vicios que uno pueda imaginar, “excepto el asesinato”; se veía como un superviviente. Hijo único y sensible por la belleza desde pequeño, estudió diseño y moda en la Nueva Escuela de Diseño Parsons y en el Instituto de Tecnología de la Moda en Nueva York. Sus primeros trabajos fueron de escaparatista de tiendas de moda. Y como le encantaban las películas, vio que esta formación era el cauce ideal para empezar a trabajar en ellas, cosa que hizo a las órdenes de Woody Allen como diseñador de vestuario en El dormilón (1973) e Interiores (1978). Aseguraba que el director fue determinante en su decisión de intentar hacer sus propias películas.

Porque Schumacher no se conformó con vestir las películas. Quería contribuir a las historias que ahí se contaban. Y, por qué no, dirigirlas. El proceso que le llevó a convertirse en exitoso director de un gran estudio como la Warner fue lento pero en clara línea ascendente. Escribió los libretos de varias películas, como Sparkle y Un mundo aparte, de 1976, y El mago (1978), la fallida versión musical de “El mago de Oz” de Sidney Lumet con Diana Ross y Michael Jackson. En cuanto a la dirección, tras curtirse con dos tele-movies, debutó en la pantalla grande con una cinta de serie B, La increíble mujer menguante (1981), que adaptaba a Richard Matheson, y contaba con el protagonismo de Lily Tomlin.

El punto de inflexión de la carrera como cineasta de Schumacher se produce en 1985 con St. Elmo, punto de encuentro, cinta de estudiantes que van a ingresar en la vida adulta, y que puso en el candelero a actores como Rob Lowe, Demi Moore, Emilio Estevez y Andie MacDowell. Warner apostó por él enseguida y para el estudio hizo una cinta juvenil de vampiros, Jóvenes ocultos (1987) de nuevo con intérpretes que se esforzaban por dar la campanada, como Jason Patric o Kiefer Sutherland. Y así continuaron títulos populares con jóvenes actores como una “mujer preciosa”, Julia Roberts, una de las intérpretes de Línea mortal (1990), y que luego hizo Elegir un amor (1991), abordando ambas cintas, de modo diverso, el tema de la mortalidad, no tenemos aquí abajo morada permanente.

Quizá la mejor película del director neoyorquino sea Un día de furia (1993), porque supo atrapar las frustraciones y el desquiciamiento de un urbanita en una sociedad cada vez más deshumanizada, en que estamos todo el día permanentemente enfadados y con los nervios a flor de piel. De ritmo impecable, logró además maravillosas interpretaciones de Michael Douglas y Robert Duvall. Además, en la época en que el escritor de best-sellers thrillers judiciales John Grisham estaba en la cresta de la ola, entregó dos de las mejores adaptaciones de sus obras, El cliente (1994) y Tiempo de matar (1996).

En aquel momento, Schumacher era el niño bonito de la Warner, que no dudó en entregarle el testigo de la saga Batman, que hasta ese momento había sostenido Tim Burton. Y ahí llegó un momento complicado en su carrera. Con Batman Forever (1995) aún se le concedió el beneficio de la duda a su mirada kitsch, pero con Batman y Robin (1997) fue vapuleado sin piedad. George Clooney, que hizo de Batman, consideraba que era la peor cinta de su carrera, y de pronto Schumacher se cayó del guindo, vio lo fácilmente que se podían desvanecer los laureles del reconocimiento; incluso llegó a pedir disculpas por la película. De todos modos no se arredró y conseguiría enderezar el rumbo. Se trataba en realidad de alguien muy estimado en la procesión y seguiría rodando sin dificultades. Abiertamente gay, trataría el tema en la imperfecta Nadie es perfecto (1999), con Robert De Niro y Philip Seymour Hoffman, mientras los listillos de turno asegurarían que había sugerido algo más que amistad entre Batman y Robin en la segunda cinta del hombre murciélago.

Empezó el siglo XXI descubriendo a un joven actor, Colin Farrell, con el que hizo su película sobre la guerra de Vietnam, Tigerland (2000), y el angustioso thriller deudor –o eso se diría– de La cabina Última llamada (2002). Aún tendría tiempo rodar títulos notables como Veronica Guerin (2003), con una espledorosa Cate Blanchett como periodista irlandesa que investiga el mundo de las drogas, y la versión fílmica del popular musical de Andrew Lloyd Webber El fantasma de la ópera (2004). A partir de aquí su estrella decae, con películas de escaso interés, pero sus amigos no le olvidarían, y David Fincher le reclamaría para rodar en 2013 un par de capítulos de la popular serie televisiva House of Cards, su último trabajo tras la cámara.

Kiefer Sutherland se mostraba apenado por la muerte de quien señalaba como "uno de mis amigos más queridos", que "me dio oportunidades y lecciones de vida", aprendidas a lo largo de 4 películas compartidas.

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