Dios es mujer y se llama Petrunya - decine21
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Dios es mujer y se llama Petrunya
5 /10 decine21

Dios es mujer y se llama Petrunya

Gospod postoi, imeto i' e Petrunija

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Sinopsis oficial

Dios es mujer y se llama Petrunya

En Stip, un pequeño pueblo de Macedonia, cada mes de enero el sacerdote local arroja una cruz de madera al río en una ceremonia en la que cientos de hombres se lanzan al agua para intentar conseguirla. Quien se haga con ella tendrá garantizada la buena suerte durante todo el año. Pero esta vez la cruz la ha cogido Petrunya. El resto de competidores están furiosos ¿cómo se atreve una mujer a participar en este ritual masculino? Pero Petrunya no está dispuesta a devolver la cruz que ha ganado.

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Crítica

Un año de suerte

Un año de suerte

Petrunya es una treintañera que vive en el pueblo de Shtip, Macedonia. Es una mujer triste, arrastra una indolencia que es fruto de un futuro sin alicientes. Vive con sus ancianos padres, no se cuida físicamente, no tiene trabajo pese a ser licenciada en Historia. Una día, de camino a casa tras un vano intento de conseguir un empleo, es testigo de una tradición del lugar, en donde unos jóvenes se lanzan al río para recuperar una cruz de madera lanzada por el pope. Quien la consiga tendrá un año de suerte. Petrunya siente el impulso de arrojarse al río y será ella quien logre la proeza de coger la cruz. Como nunca antes una mujer había participado en el evento, el revuelo se adueñará de la comunidad hasta el punto de que Petrunya será detenida por la policía.

Una mínima historia, casi una anécdota, sirve a la directora y guionista macedonia Teona Strugar Mitevska a hacer una inteligente y severa crítica social de su país o mejor de un sector de su país aferrado a viejas tradiciones. En este caso, es un evento local de la iglesia ortodoxa el que provoca la intolerancia de algunos seguidores, el sacerdote incluido, que no aceptan que una mujer entre en escena, pero únicamente porque nunca antes lo habían hecho. La oposición se debe por tanto al estupor causado por los hechos más que a cualquier razonamiento medianamente sensato, desconcierto al cual se suma la policía, incapaz de manejar la insólita situación.

Dios es mujer y se llama Petrunya denuncia, claro, está el inmovilismo social y religioso, y, por ende, el fanatismo estúpido que puede generar en mentes poco cultivadas. Por extensión se ofrece un marco más amplio de la inferior posición social de la mujer, especialmente desagradable en el abuso y desprecio machista que sufre la protagonista en la fábrica, pero también en las reivindicaciones y cuitas de la periodista que quiere dar voz pública a la noticia. Al final, de todas maneras, hay detrás algo mucho más humano y enternecedor en las vivencias de Petrunya (buen trabajo de Zorica Nusheva), pues el mero azar la convierte por una vez en una mujer visible, por fin es considerada alguien aunque sólo sea para ser vituperada y odiada. Llega así un momento en que la propia Petrunya disfruta de su detención pues se siente renacida, querida (esa madre, ese policía), capaz de contar en una sociedad que le había negado prácticamente su existencia. Por eso tiene tanto sentido el gesto final, sencillísimo y adecuado colofón a la historia.

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