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Nota decine21
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Jimmy's Hall

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Principales intérpretes

Sinopsis oficial

Jimmy's Hall

En 1921 El pecado de Jimmy Gralton fue construir un salón de baile en un cruce de caminos rurales en una Irlanda al borde de la guerra civil. El Pearse-Connolly Hall era un lugar donde los jóvenes podían venir a aprender, a discutir, a soñar... pero sobre todo para bailar y divertirse. Mientras la popularidad de la sala crecía, su reputación socialista y de espíritu libre atrajo la atención de la iglesia y los políticos, que obligaron a Jimmy a cerrar la sala y huir.

Una década más tarde, en el apogeo de la Gran Depresión, Jimmy vuelve a casa desde los EE.UU. para cuidar de su madre e intentar vivir una vida tranquila. La sala se encuentra abandonada y vacía, y a pesar de las súplicas de los jóvenes locales, permanece cerrada. Sin embargo, mientras Jimmy se reintegra en la comunidad y descubre la creciente pobreza y opresión cultural, el líder y activista en su interior resurge. Pronto tomará la decisión de reabrir la sala y afrontar lo que pueda suceder...

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Jimmy's Hall
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Crítica decine21.com

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5
Pánico comunista
Pánico comunista

Leitrim, Irlanda, 1932. Terminada la guerra civil, los campesinos y la gente humilde de una comunidad rural viven una vida casi de esclavitud, y se les niegan los derechos más elementales. Cuando James Gralton (Barry Ward) regresa de sus diez años de exilio en Estados Unidos, (a donde tuvo que huir por motivos políticos), la esperanza de los pobres recobra ánimo. Se reencontrará con su antiguo amor, Oonagh (Simone Kirby), ahora casada, y volverá a poner en marcha un antiguo local social que fundó diez años antes, un lugar para reunirse y charlar, para dar clases pintura, de poesía, para bailar y escuchar jazz, una música prohibida... El local de Jimmy pronto será visto con malos ojos por las fuerzas vivas, la policía y la Iglesia local, una provocación que ha de ser sofocada, pues puede ser el comienzo de peligrosas conspiraciones comunistas.

Una película social cien por cien Ken Loach, para bien y para mal. Para bien, en cuanto a la calidad de la narración y la humanidad de los personajes, con una mirada tierna y solidaria al acercarse a sus sufrimientos y su situación social; para mal, en cuanto a la falta de matices a la hora de enfrentar política y socialmente a las personas, un maniqueísmo un tanto superficial y simplista que reduce la entidad de la historia y su objetividad. A partir de una obra teatral de Donal O'Kelly, y con su guionista habitual, Paul Laverty, Loach vuelve a acercarse en este film a la historia de Irlanda, un país por el que el director británico parece sentir un sincero afecto y afinidad. En efecto, aquí recrea una etapa de su historia que ejemplifica la injusticia ancestral que ejercieron los poderosos hacia los más humildes.

Inspirada en hechos reales, durante la época del “terror comunista”, Jimmy’s Hall puede verse como una continuación de El viento que agita la cebada, en donde Loach contaba la guerra civil en Irlanda entre pro-ingleses y partidarios de la independencia. Justo después, en 1932, Loach coloca la llegada de su protagonista, un hombre caído entonces en desgracia y que ahora llega del exilio. Jimmy Gralton es así como un “mesías” secular que puede devolver la esperanza a los irlandeses que se han alineado al margen de los que han preferido acomodarse bajo el paraguas de la poderosa Inglaterra. Entre estos últimos están los terratenientes y la Iglesia, claro, que se convertirán en los grandes enemigos de todo lo que representa Jimmy, enemigos por tanto de la vida auténtica, libre, bucólica. En este sentido, Laverty y Loach retratan a una Iglesia y a unos sacerdotes mezquinos y oportunistas, situados al margen de los que sufren las más flagrantes injusticias, clérigos anquilosados y asustadizos para los que cualquier reunión sin el visto bueno de la parroquia es sinónimo de contubernio comunista, una Iglesia que se atribuye el derecho exclusivo de dispensar la educación y la cultura, impidiendo el desarrollo de quienes no comparten sus opiniones. Al margen de que plasme una época donde estas cosas pudieran suceder, no deja de ser un enfoque tan increíblemente reduccionista que hoy en día resulta burdo, chusco. Y ese sesgo ideológico se apuntala por el retrato que Laverty hace de ambos bandos, unos absolutamente perfectos y buenos, gente maravillosa y sin fisuras, y los otros malvados, insensibles y crueles. Los actores, poco conocidos, hacen buenos trabajos, y la banda sonora a cargo de George Fenton es meritoria.

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