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In memoriam

Brilló en títulos como "De dioses y hombres"

Muere a los 89 años el actor de carácter Michael Lonsdale

Pocas carreras invitan a descubrirse el sombrero tanto como la de Michael Lonsdale. Porque es todo un actor de carácter, siempre en papeles secundarios, lo que no le ha impedido trabajar con directores legendarios en películas memorables. De dioses y hombres permitió a muchos espectadores descubrirle. El actor ha fallecido en su ciudad natal, París, a los 89 años.

Michael Lonsdale, nacido como Alfred de Turris, y también conocido artísticamente como Michel Lonsdale, vio la luz por primera vez en París, Francia, el 24 de mayo de 1931. Su padre era inglés y su madre irlandesa, y pasó su infancia en Inglaterra, lo que explica que hable a la perfección francés e inglés. La coronación de su dilatada carrera de actor le ha llegado a punto de cumplir los 80 años, interpretando a un fraile en De dioses y hombres (Xavier Beauvois, 2010), extraordinaria película que le ha dado el César al mejor actor de reparto, premio para el que había estado nominado en otras dos ocasiones. Su papel de hombre de fe que atiende el dispensario de su convento en Argelia es sencillamente conmovedor. Curiosamente, no es el primer sacerdote o fraile que encarna, se trata de un papel que le ha tocado interpretar muchas veces en la pantalla, aunque nunca con un personaje de la hondura y entrega del hermano Luc. Ahí están para demostrarlo títulos como El proceso (Orson Welles, 1962), Un soplo en el corazón (Louis Malle, 1971), El nombre de la rosa (Jean-Jacques Annaud, 1986), Los fantasmas de Goya (Milos Forman, 2006), casos en que los eclesiásticos eran casi siempre unos tipos bastante siniestros.

En cualquier caso, Lonsdale ha hablado siempre con gran claridad acerca de cómo su fe católica le ha iluminado la vida, sobre todo desde que se unió al movimiento carismático en 1987. Pero antes había recorrido un largo camino que incluye la separación de sus padres, y una adolescencia en Casablanca, Marruecos. El estallido de la Segunda Guerra Mundial obligó a Lonsdale y familia a permanecer allí, lo que posibilitó que conociera, de mano de los soldados americanos, el cine de Hollywood. Entre otras películas, y parece una broma, la mítica Casablanca. Cuenta el actor que allí le impresionó conocer a un actor musulmán que le habló de Dios de un modo que podía entender, hasta el punto de que se planteó convertirse al islam. Pero su madre, católica, que se había reencontrado con la fe después de leer a Pascal, le facilitó el encuentro con un dominico, y poco a poco se reconcilió con el catolicismo. Admitía Lonsdale que “he sido un cristiano un poco tibio, que vivía egoístamente”, pero “la religión se convirtió en la parte esencial de mi vida”. Lejos de separarle de su pasión por el arte, “está íntimamente ligada a los otros dos componentes de mi vida, el cine y la pintura”. Cuando se le pregunta si la fe le ha supuesto un obstáculo en su trabajo, afirma que no, aunque desvela que rechazó trabajar en Amén de Costa-Gavras por su retrato denigratorio y falso de Pío XII; había trabajado con ese director en Sección especial (1975).

En 1947 Lonsdale se trasladó a París con intención de llegar a ser un pintor. Pero la vida le llevaría al mundo de la interpretación, y empezó a tomar clases en la escuela de Tania Balachova, de modo que debutaría en los escenarios con 24 años. Fue en una obra de Clifford Odets, en que le dirigía Raymond Rouleau, y no dejaría nunca el teatro. En el cine debutó un año después con Sucedió en Edén, y tuvo la dicha de trabajar con Orson Welles en El proceso (1962), una breve escena que recuerda haber repetido una veintena de veces. Sus papeles en cine han sido casi siempre breves, pero siempre con personajes de carácter, y en películas interesantes. Lo cierto es que repasar su filmografía es repasar una lista de grandes directores y títulos. Con Fred Zinnemann hizo Y llegó el día de la venganza (1964) y la inolvidable Chacal (1973). Con François Truffaut le hemos visto en Besos robados (1967) y La novia vestida de negro (1968). René Clair le dirigió en ¿Arde París? (1966). Ha estado en comedias como El abuelo congelado (1968), junto al inefable Louis de Fùnes.

La relación de directores célebres que han requerido sus servicios es interminable: Alain Resnais (Stavisky, 1974), Luis Buñuel (El fantasma de la libertad, 1974), Joseph Losey (Una inglesa romántica, 1975, y El otro señor Klein, 1976), Marguerite Duras (la experimental Indian Song, 1975), Wojciech Has (Las tribulaciones de Balthasar Kober, 1988), James Ivory (Lo que queda del día, 1993, y Jefferson en París, 1995), Claude Sautet (Nelly y el señor Arnaud, 1995), John Frankenheimer (Ronin, 1998)... Incluso Steven Spielberg lo reclamó para Munich (2005) y Alejandro Amenábar para Ágora (2009). Pocos títulos en los que ha estado pueden calificarse de puramente comerciales, tal vez el más claro es su participación con un Bond que no era el Sean Connery de El nombre de la rosa, sino el Roger Moore de Moonraker (1979). En la pequeña pantalla se codeó con Alec Guinness en la miniserie La gente de Smiley (1982), según la novela de John le Carré.

A las órdenes del italiano Ermanno Olmi Il villaggio di cartone, en que su papel era el de un... sacerdote. Se retiró de las pantallas en 2016 con la cinta de ciencia ficción Sculpt.

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