Fríamente, sin motivos personales. Para ellos, la muerte es sólo un negocio. Asesinan a sus víctimas con la frialdad de un charcutero que corta el salchichón. Son asesinos a sueldo que por un puñado de dólares, eliminan a quien haga falta. Ignoramos si estarán inscritos como autónomos, pero el cine no ha dudado en recurrir a sus servicios en numerosas ocasiones, porque son los mejores en otro tipo de trabajo: atraer gente a las películas.
Lo más común es que presten su servicio a los capos del hampa, como Vincent Vega y Julius Winnfield, de Pulp Fiction, los más ilustres representantes del gremio. Amantes de las conversaciones surrealistas sobre las diferencias entre las hamburguesas estadounidenses y europeas, estos dos hombres de negro fueron interpretados por John Travolta y Samuel L. Jackson. A veces las cosas se tuercen, como comprobó Michael Sullivan (Tom Hanks) perseguido por los hombres de su ex jefe en Camino a la perdición. Algunos son tan profesionales como el duro y silencioso Alain Delon en El silencio de un hombre, o como el protagonista de Ghost Dog, el camino del samurái, que sigue un código de honor oriental; pero otros son un poco desastre, como Tom Cruise, que fracasa por la absurda ocurrencia en Collateral de ir al `trabajo´ en taxi. Y para evitar sospechas, se ha llegado a contratar a tipos corrientes enredados a su pesar, como al fabricante de marcos de El amigo americano, que sigue una novela de Patricia Highsmith, luego versionada en El juego de Ripley. Algunos tienen su corazoncito, como Chow Yun-Fat, incapaz de matar a un niño, en Asesinos de reemplazo, o Jean Reno, que en León, el profesional, cuida a una niña huérfana. Entre asesinos de la mafia puede surgir el amor, como en El honor de los Prizzi, que demuestra que la mujer de tu vida puede ser tu enemiga mortal. Los yakuza orientales también contratan asesinos, como a los protagonistas de The Killer e Ichi the Killer. En Latinoamérica pagar por quitarse a alguien de en medio está a la orden del día, como demuestran Sicario y La virgen de los sicarios.
Llegar a ser número uno no se soluciona como en el tenis, ganando partidos, sino a tiro limpio, como bien sabe Antonio Banderas, decidido a liquidar al mejor asesino del mundo, Sylvester Stallone, y así heredar su posición, en Asesinos. Para entrar en el negocio, es necesario empezar como aprendiz: se puede ver en Fríamente, sin motivos personales y Jerry y Tom. Como no existe la jubilación en el sector, el personaje de La memoria del asesino seguía ejerciendo, aunque padece síntomas de alzheimer.
El camino de la venganza
Lo peor de ser asesino a sueldo son los compañeros de trabajo de armas tomar, que a veces juegan malas pasadas. De asesinos que eligen el camino de la venganza están las pantallas llenas, aunque la más famosa es la novia de Kill Bill, decidida a exterminar al jefe y a los componentes de DIVAS (Deadly Viper Assassination Squad), su antigua organización. Jack Carter intenta redimirse de su pasado criminal, vengando la muerte de su hermano, en Asesino implacable, con Michael Caine, sustituido por Sylvester Stallone en Get Carter un remake inferior. Un lacónico asesino de la mafia interpretado por Bruce Willis ayuda a vengarse al personaje de Josh Harnett, que perdió a su padre, en El caso Slevin.
A veces el protagonista es la víctima, como en Forajidos, joya del cine negro de Robert Siodmak, en que un resignado Burt Lancaster espera a los asesinos profesionales que van a por él, sin tratar de huir. En Fielmente tuya, Cher descubre que su marido en lugar de hacerle un regalo de aniversario, le ha enviado a un profesional para matarla. En La sentencia, Pierre Brossard, antiguo criminal de guerra encarnado por Michael Caine, es perseguido por asesinos profesionales. En Las tribulaciones de un chino en China, Philippe de Broca adaptaba libremente una novela de Julio Verne, en que Arthur (Jean-Paul Belmondo), un millonario arruinado, contrataba a su criado para darle pasaporte, al tiempo que se hacía un seguro de vida a beneficio de su prometida. Lo malo es que una vez zanjado el trato, cambiaba de idea con respecto a su muerte. Algo similar le ocurría a Henri (Jean-Pierre Léaud), que recuperaba las ganas de vivir justo tras llegar a un acuerdo con su asesino, en Contrate a un asesino a sueldo, tragicomedia del finés Aki Kaurismäki. También acude a un servicio similar el político desilusionado que encarna Warren Beatty en Bulworth.
Espías que matan
Las organizaciones dedicadas al espionaje recurren en numerosas ocasiones a este tipo de asalariados. Se podría discutir si James Bond, agente en nómina de la corona británica, con licencia para matar, podría considerarse uno de ellos, pero sí lo es James Caan, freelance al servicio de la CIA, en Los aristócratas del crimen, de Sam Peckinpah. En Nikita, de Luc Besson, una vagabunda es reconvertida cual My Fair Lady en toda una dama del asesinato, al igual que en La asesina, remake con Bridget Fonda. Otra mujer homicida era Angelina Jolie, que en Sr. y Sra. Smith desconocía que su marido, Brad Pitt, compartía su siniestro oficio, hasta que a ambos les ordenan acabar con su cónyuge. El personaje de Max Von Sydow en Los tres días del cóndor es uno de los más peligrosos, pero el más original es Sam Rockwell, que en Confesiones de una mente peligrosa encubría sus actividades camuflado como famoso presentador televisivo. Tampoco parece un mercenario El Chivo, vagabundo de Amores perros que en lugar de matar a su presa, le ata junto al tipo que le ha contratado para que resuelvan sus problemas entre ellos.
